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El diario de Ernesto Madero
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La pregunta colgaba en el aire como una neblina . Itzel y yo esperábamos en silencio que desvaneciera . Pero con cada segundo que pasaba—segundos que parecían interminables —la pregunta se hacía más pesada para finalmente caer sobre nosotros con todo su peso . No había forma de escapar, estábamos atrapados en ese sillón de la sala, acusados de conspiración . Al menos así nos sentíamos … y la acusación vino de la persona más inesperada : la modesta y tímida Artemisa Granda.
Su melodiosa voz que usualmente llena las mañanas en el mesón con canto , ahora sonaba fría y amenazadora . Y ella, parada en el umbral que separa el comedor de la sala, esperaba nuestra respuesta pacientemente. Pero en nuestros rostros no habían respuestas, sólo incredulidad , porque nuestra pequeña misión de pronto ya no era secreta .
“Ahora están mudos , pero hace unos segundos hablaban con confianza … ¿o me equivoco? ” preguntó Artemisa, pero nosotros no sabíamos que decir.
“Decían que Consuelo es una chismosa . De eso no hay duda . Pero había algo más, algo acerca de Mirta…”
“Artemisa,” dije yo finalmente, “no es lo que piensas, bueno no sé que estás pensando, pero te aseguro que no estamos haciendo nada malo.”
“Si no es malo, debe ser bueno. ¿Dime, es bueno ocultarle cosas a tu tía? A Mirta quien te ofrece su hogar aquí en la ciudad, además de su cariño .”
“No, supongo que no,” dije. Ella tenía razón.
“Mirta confía en ti plenamente Ernesto. ¿Qué necesidad hay de secretos?”
“Tenemos una buena razón.”
“Para buscar a Manuel Castañeda? Mirta también tenía una buena razón cuando te pidió que te olvidaras de él . Y tu se lo prometiste Ernesto.”
“Muéstrasela ,” dijo Itzel, animándome.
De mi bolsillo produje el diario de mi abuelo. Saqué la foto que estaba guardada detrás de la cubierta y se la di a Artemisa quien la miró confundida.
“¿Y esto qué es?”
Yo empecé a explicarle sobre la expedición de mi abuelo en la amazonía , sobre su desaparición y que el diario, aparentemente fue lo único que emergió misteriosamente de la selva . Le conté de mis encuentros con el gordo Castañeda y también sobre el pendiente que cuelga del cuello de mi abuela. Luego dije: “Esta imagen de mi abuelo es una de sólo dos restantes , tal vez en todo el mundo, y yo quiero saber por qué la encontré en esa tienda de antigüedades, acumulando polvo en lugar de estar con su familia.”
Por un momento Artemisa no dijo ni una palabra hasta que subió la mirada y vimos que algo había cambiado. La frialdad había sido reemplazada por simpatía y una pequeña lagrima en cada ojo .
“Mi marido era un marinero mercante . A veces se marchaba por un mes o dos y sus viajes lo llevaban muy lejos de mi, al lado opuesto del mundo . Pero todo el dolor y la angustia que me causaban la distancia y el tiempo no se comparaban con la felicidad de verlo llegar al puerto . Ese instante cuando nos mirábamos por primera vez después de tanto tiempo… esa primera sonrisa era mi razón de vivir .
Hasta que un día de noviembre, hace muchos años, el barco no llegó . Yo esperé en el puerto junto a otros familiares preocupados , por horas. Poco a poco los demás se fueron retirando , pero yo no, yo me quedé hasta que cerraron el puerto y me echaron . Unos días después recibí una carta de la compañía que decía que el barco y toda su tripulación se habían perdido en el pacífico… Eso fue todo. Yo les confié mi vida y ellos me devolvieron sus condolencias sobre un pedazo de papel.
Sé lo que significa querer respuestas , y sé como se siente cuando no sabes donde buscar . Te voy a ayudar Ernesto pero con una condición : Tienes que ser honesto con tu tía Mirta y si encuentras lo que buscas, debes compartirlo con ella . ¿De acuerdo?”
“Por supuesto” dijimos Itzel y yo al mismo tiempo.
“Yo no tengo las respuestas pero sí sé a quien le deben preguntar. Su nombre es Alfonso Queirolo, pero aquí lo conocemos como ‘El General’.”
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