¿Por qué no nos quieren?
Muchísimas personas de buen corazón en Europa y en Estados Unidos se encuentran confundidas y desorientadas. Tras cada nuevo acto terrorista islámico perpetrado en sus países, se preguntan con dolor: ¿pero por qué nos odian? ¿Qué les hemos hecho exactamente?
El posible deseo oculto de Donald Trump
Todas las alarmas saltaron con el tuit que Donald Trump hizo público el pasado 5 de febrero. Bueno, lo de “saltar las alarmas” es un decir. Ya nos estamos acostumbrando. Todas las alarmas vienen saltando desde que Trump se postuló como candidato republicano, y desde entonces no han parado de saltar. Pero este último tuit ha traspasado según muchos, incluido yo mismo, todos los límites.
En este mensaje, Trump manifestaba lo siguiente: “Simplemente no puedo creer que un juez ponga al país en tal peligro. Si pasa algo malo cúlpenlo a él y al sistema judicial. La gente está entrando. ¡Malo!”. Luego, siguiendo con la constante avalancha de tuits, el presidente recalcó: “¡La gente mala está feliz!”.
Se mire por donde se mire, hay demasiada gravedad en el mensaje a distintos niveles. No es sólo que Trump arremeta contra los jueces y la independencia del sistema judicial norteamericano. No es sólo que esté alentando al rebaño de fieles seguidores enceguecidos a tomar la justicia por su mano si algo malo sucede en el futuro. Tampoco se trata solamente de dividir, una vez más, a las personas en dos bandos: los buenos y los malos. Lo más grave de todo, según mi opinión, es que se puede
Un terremoto de pura corrupción sacude Latinoamérica
Sostiene el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky que vivimos en los tiempos hipermodernos. En la hipermodernidad todo es, como no podía ser de otra manera, “hiper”. Los supermercados ahora son hipermercados y los centros comerciales se han transformados en hiper-centros. Allí desarrollamos nuestro afán hiper-consumista para intentar alcanzar la inmediata hiper-felicidad. Pues a mí, que me gusta mucho este escritor, se me acaba de ocurrir un nuevo término con el que el filósofo seguro estaría de acuerdo: la hiper-corrupción.
América Latina, casi al completo, se encuentra ahora mismo patas arriba tras destaparse el mayor caso de corrupción de su historia. Pocos son los países que se han logrado librar, por el momento, del gigantesco escándalo denominado “caso Odebrecht”. Vayamos a los orígenes:
Todo se inició en junio del 2015, cuando la policía brasileña se encontraba investigando la trama corrupta de la petrolera estatal Petrobras. A raíz de las investigaciones, se arrestó al empresario Marcelo Odebrecht. En ese preciso momento, todo el mundo empresarial y político del continente americano se puso a temblar.
Marcelo Odebrecht es el dueño de la mayor constructora
¿Amigo o enemigo?
Me parece que fue el gran estratega Sun Tzu quien en su “Arte de la Guerra” escribió aquello de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. De lo cual se puede deducir que el amigo de mi enemigo no puede ser mi amigo. Y a su vez podríamos afirmar que el enemigo de mi amigo tiene que ser mi enemigo… y también que obviamente el amigo de mi amigo es mi amigo… ¿y qué ocurre entonces con el enemigo del amigo de mi enemigo? Bueno, mejor no nos sigamos enredando, porque un lío muy similar es el que ahora se está presentando en Venezuela.
Tanto el gobierno del presidente Maduro como la oposición venezolana están en estos momentos descolocados y confundidos. ¿Qué demonios es Trump para Maduro? ¿Un aliado hipotético o un posible enemigo? La misma pregunta es válida para el bando opositor: ¿podemos contar con Trump para oponerse a Maduro, o por el contrario significará un respiro para el Gobierno?
La figura del presidente norteamericano, sea cual sea, ya sea demócrata o republicano, siempre ha representado el símbolo del enemigo exterior sobre el que se puede echar la culpa de todos los males que ocurren dentro del país. Esto es algo que Venezuela, desde tiempos de Chávez, ha aprendido
Evo se rinde homenaje a sí mismo
Creo que para nadie es ya una sorpresa que el populismo está de moda en el mundo entero. No importa que sea de izquierdas o de derechas, o que se desarrolle en el Primer Mundo o en el Tercer Mundo: el populismo en sus más diversas manifestaciones parece expandirse por todo el planeta sin nada que lo detenga. Podríamos pasarnos la próxima media hora intentando definir con exactitud qué es el populismo. Pero como hemos venido a escuchar noticias y no a recibir una aburrida charla sobre política, voy a centrarme en una única característica que es común a todos los populismos: el culto a la personalidad.
Un líder populista necesita que lo adoren y lo idolatren. Pero no necesita aquello únicamente por ego o por simple salud mental. Debido a que el gobierno entero prácticamente descansa sobre sus espaldas, el líder populista se ve forzado a alimentar el culto a su propia personalidad para así poder continuar gobernando con mano de hierro. Muchas veces necesita obligar al pueblo a amarlo. Y en ocasiones, por supuesto, el gran líder supremo cae en el ridículo.
Evo Morales, el presidente de Bolivia, es un ejemplo perfecto de todo esto que estoy diciendo. El pasado 2 de febrero, Morale