Los defensores de los derechos humanos también temen por su vida
24 January 2018
Latinoamérica es, sin ninguna duda, la región más violenta del planeta. Año tras año encabeza todas las estadísticas que analizan los datos de asesinatos y homicidios según el número de habitantes. Aunque pueda parecer sorprendente, las cifras de muertos por armas de fuego en países como México, El Salvador, Honduras o Venezuela --si tomamos en cuenta la proporción de habitantes-- superan con creces a las de cualquier otro país del mundo inmerso en conflictos bélicos o guerras civiles. Porque la violencia cotidiana surgida de la delincuencia, en la mayoría de los países latinoamericanos, no sólo no necesita de conflictos bélicos, ya sean internos o contra países vecinos, para batir todos los récords mundiales; también es inmune al progreso económico regional. Todo indica que es un mal endémico del que es imposible librarse. Corrupción generalizada, deficiencia educacional, pobreza extrema, impunidad judicial, lucha entre carteles de la droga… muchas parecieran ser las causas. Sin embargo, ninguna de estas condiciones pareciera ser exclusiva de los países latinoamericanos. Innumerables naciones de otras latitudes deben encarar los mismos problemas, y otros mucho peores, y sin embarg