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Muchas veces se ha dicho que los deportes, y en especial el fútbol, fungen como sucedáneos de la guerra. Los encuentros deportivos en grandes estadios han venido a suplantar, de una manera mucho menos violenta, a los sangrientos combates que enfrentaban en el pasado a las naciones entre sí. A medida que se han ido pacificando nuestras sociedades tras tantos siglos de guerras ininterrumpidas, ha ido cobrando mayor importancia el fanatismo que despiertan los diversos equipos deportivos, ya sean a nivel local como nacional. Es como si de alguna manera el ser humano, en especial el varón, necesitara exteriorizar la violencia innata que lleva por dentro y, a falta de una espada o una metralleta, encontrara una vía de escape en el odio que puede descargar sobre el equipo deportivo rival. Sin embargo, el problema al que se están enfrentando hoy en día las naciones suficientemente desarrolladas, en especial las europeas y las latinoamericanas, es que los encuentros deportivos, que en un principio debían suplantar a la guerra ancestral, se están transformando poco a poco en la “guerra” en sí. Y es que a veces tengo la impresión de que el hombre no puede vivir en paz consigo mismo sin disfru

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