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Desde hace meses, Brasil es una noticia corriente vinculada a su inestabilidad política, su crisis económica y su gran producto nacional y de exportación: la corrupción. Hace unas semanas, la noticia fue otra: el estado de Espirito Santo ha sido protagonista de protestas muy particulares y oleadas de violencia, digamos, un poco más comunes.

Durante siete días, del 5 al 12 de febrero, la policía del estado hizo una huelga y se negó a trabajar. Demandaban lo de siempre: cumplimiento en el pago de los salarios, respeto a los ascensos, dignidad laboral. De esta forma, Vitoria, la capital, y muchas otras ciudades, estuvieron sin patrullaje ni presencia policial. Y en consecuencia, hubo innumerables saqueos y 144 muertos.

En muchos países las huelgas de policías no son permitidas por la ley y Brasil no es la excepción. Lo interesante, entonces, es que esta huelga de policías, “en realidad”, fue orquestada por sus esposas, quienes acordonaron las estaciones y no le permitieron salir a sus maridos. Así, me encanta la posibilidad de imaginar a todas estas esposas reunidas, asignándose funciones, tomando liderazgos, planeando el ataque y escribiendo en consenso las peticiones.

La

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