El pueblo turco ha hablado. Supuestamente. El Sr. Erdogan, que lleva 2 décadas al frente de Turquía, continuará en el poder durante los próximos cinco años, tras la segunda ronda de las elecciones presidenciales, celebrada el pasado domingo, 28 de mayo. La oposición, que obtuvo un 47,9 % del voto, frente al 52,1 % de Erdogan, aseguró que, aunque no disputaría los resultados, las elecciones no fueron justas.
Yo, si tuviera que quedarme con una imagen de las elecciones turcas, escogería la de Erdogan repartiendo billetes entre la gente en el colegio electoral donde depositó su voto el domingo. No es la primera vez, ni mucho menos, que se ve al presidente entregando dinero o regalos a la población. Un insulto a la inteligencia de la gente, en mi opinión. Pero, en cualquier caso, Erdogan suele entregar estos “obsequios” a los niños para evitar, al parecer, que pueda considerarse un soborno. El vídeo del domingo, sin embargo, parece mostrar a Erdogan dando dinero a personas adultas, en violación flagrante de la normativa electoral.
El presidente debió calcular que, con la votación ya en marcha, nadie se atrevería a intervenir. Sí, estoy comprando votos a la vista de todos y no podéis hace
El pasado mes de noviembre, un grupo de activistas lanzó sangre y petróleo falsos contra una vitrina del Museo Egipcio de Barcelona. La acción, llevada a cabo por la plataforma Futuro Vegetal, perseguía llamar la atención sobre la inacción de los Gobiernos en relación a la emergencia climática.
Ahora, como informaban los medios el pasado 23 de mayo, se ha sabido que, además de los activistas, una joven periodista que cubrió la protesta ha sido imputada también por la jueza. Al parecer, la imputación se basa en un informe de los Mossos d’Esquadra —la policía autonómica catalana—, que asegura que la joven no actuó como informadora… sino como activista.
Según parece, la joven, además de como periodista, en las redes sociales se presenta como “activista por la justicia climática”, y ha compartido informaciones sobre el calentamiento global. Además, ha trabajado gestionando la presencia online del colectivo Scientific Rebellion, que hace campaña, entre otras cosas, por la mitigación del cambio climático. Ello, junto con el hecho de que la periodista conociera de antemano cuándo se iba a producir la protesta en el Museo Egipcio, hizo concluir a los Mossos que la joven es “coautora de los h
Me pregunto si, la noche antes de asistir a la gala anual de PEN America, el escritor Salman Rushdie tendría algún sueño. Quizá, incluso, alguna pesadilla. Al fin y al cabo, el acontecimiento, celebrado el pasado jueves 18 de mayo, era su primera aparición pública tras el violento ataque que, en agosto de 2022, casi le costó la vida.
Al parecer, el verano pasado, unos días antes del ataque, Rushdie había soñado que alguien lo atacaba con un “objeto afilado”. Pero, si la fatua promulgada en 1989 por el ayatolá Jomeini, que puso precio a su cabeza tras la publicación de Los versos satánicos, no logró detenerlo, ¿cómo iba a hacerlo un simple sueño?
A estas alturas, está muy claro que nada va a acallar a Salman Rushdie: ni los sueños, ni las fatuas, ni tan siquiera las cuchilladas. Y, sin embargo, uno se pregunta qué debió sentir el escritor al regresar a la vida pública. El anfitrión de la gala de PEN America, Colin Jost, bromeaba hace unos días sobre los peligros de compartir sala con Rushdie. No es, desde luego, la primera vez que se escucha un comentario así.
Contaba recientemente el New Yorker que, hace años, mientras Rushdie cenaba en un conocido restaurante neoyorquino, se acercó a
Quizá fuera el año anterior al inicio de la pandemia. Se acercaba un puente y, no habiendo hecho planes, a última hora se me ocurrió ir a Alemania a visitar a unos amigos. Y, tal vez, hacer un poco de excursionismo por la Selva Negra. Para mi decepción, encontrar alojamiento me resultó imposible. Mis amigos, poco sorprendidos, me explicaron que los alemanes suelen reservar sus vacaciones con meses de antelación. Es más, que no pocos hacían planes para todo el año.
Confieso que, en aquel momento, sentí un cierto alivio por vivir en un país diferente. Un país que improvisa. O quizá debiera decir “improvisaba”, porque, tres o cuatro años después de aquel fallido viaje a Alemania, en España las cosas están cambiando.
El pasado 22 de mayo, eldiario.es dedicaba un artículo al fenómeno de la “hiperplanificación” del ocio en nuestro país: hojas de cálculo circulando entre grupos de amigos para organizar las reservas del fin de semana: restaurantes, discotecas, incluso algún “after”; un festival poco conocido de música en Asturias que pone las entradas a la venta y, sin tan siquiera haber anunciado el cartel, las agota en menos de 24 horas; una sala de fiestas de Barcelona que, en abril, ya h
La siesta: uno de esos estereotipos sobre España que siguen provocando fascinación entre quienes se interesan por nuestro país. Motivo, imagino, por el que creo percibir cierta decepción cuando turistas y visitantes se dan cuenta de que, en realidad, a día de hoy, muchos españoles ya no tenemos tiempo de hacer la siesta.
Maldita modernidad, porque… echarse la siesta es saludable, ¿verdad? Eso llevamos pensando toda la vida los españoles. Una creencia popular que —al igual que, por ejemplo, los supuestos beneficios de un consumo moderado de alcohol— ahora la ciencia está poniendo en duda. En concreto, un estudio publicado recientemente en la revista Obesity no ha encontrado muchos beneficios de salud asociados a la siesta… más bien al contrario.
El estudio, disponible online, fue llevado a cabo sobre 3.275 personas adultas del Mediterráneo español, con el objetivo de examinar la relación entre la siesta y diversos indicadores de salud asociados a la obesidad. Los participantes se distribuyeron en tres grupos: quienes no hacían la siesta, quienes hacían siestas cortas (de 30 minutos o menos), y quienes hacían siestas largas (de más de 30 minutos).
El estudio descubrió que, entre quienes