La extrema derecha acaba de alcanzar su mayor cuota de poder en España desde la recuperación de la democracia. El sábado pasado, tras dos semanas de negociaciones, se constituyeron los más de ocho mil ayuntamientos elegidos el 28 de mayo. En casi 200 municipios, el conservador Partido Popular necesitaba el apoyo de Vox para poder gobernar. A cambio de dicho apoyo, el Partido Popular ha incluido a miembros de extrema derecha en sus Ejecutivos locales y regionales.
Es una tendencia europea. El viernes conocimos el último pacto entre conservadores y ultraderechistas para gobernar Finlandia. La extrema derecha ya manda en Italia, Polonia y Hungría; en Suecia es decisiva para aprobar leyes. Va cayendo el cordón sanitario impuesto al extremismo tras la Segunda Guerra Mundial.
En España ese germen arraigó en 2022 –en la región Castilla y León– con el primer pacto de gobierno entre el Partido Popu
Han pasado casi 20 años desde que vi el documental Super Size Me y todavía me alarma recordar aquella secuencia en la que el protagonista –quien durante un mes se pone a prueba comiendo tres veces al día solo alimentos de la cadena McDonald’s– describe lo que siente tras engullir un menú completo, sentado en su coche: sudores, pulso acelerado, pequeños espasmos en los brazos. Y placer. Como si hubiese consumido alguna droga.
En 30 días, el protagonista de esa película ganó más de 11 kilos de peso. Su salud se deterioró tanto que a los 21 días, cuando le quedaban nueve para completar el reto, los médicos le pidieron que parase. Todo esto pasó en 2004, y desde entonces las cosas no han cambiado demasiado en lo que respecta a los alimentos ultraprocesados.
Cuando pensamos en estos productos, nos viene a la cabeza hamburguesas, aperitivos, helados, bollería, galletas o refrescos, pero también
Una inolvidable comedia española titulada Atraco a las 3, estrenada en 1962, retrataba a un grupo de trabajadores bancarios cuyas condiciones laborales son tan precarias que deciden asaltar su propia sucursal. Uno de los personajes, el actor José Luis López Vázquez en el papel del cajero Fernando Galindo, emplea una forma de saludo a una de sus clientas que ya se ha convertido en un cliché humorístico del habla cotidiana: “Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo” —una forma de retratar a esa España servil, honrada por tener un trabajo de mínimo prestigio, que se deshacía en piropos a los clientes para poder conservar su puesto—.
Ese servilismo que se esperaba del español medio se triplicaba en el caso de los jóvenes que aspiraban a su primer puesto de trabajo. En la mente de varias generaciones existe aún la idea de que el esfuerzo desmedido y la asunción de humill
Hace años viajé en ferry desde Barcelona a Génova. Desembarqué de noche y un cartel pegado en la pared de un edificio del puerto llamó mi atención en la penumbra. Era una foto de Silvio Berlusconi, candidato en una de tantas elecciones. El eslogan decía: “Por una Italia segura”. Alguien con mucho ingenio había decidido dibujar unos gruesos barrotes sobre la figura del político, que ahora parecía estar encarcelado. Esos brochazos habían bastado para darle la vuelta a la intención del lema “por una Italia segura”
Tras la muerte del magnate y político, el pasado 12 de junio, muchos analistas intentan explicar su trayectoria. Es casi una tarea imposible sintetizar su extenso historial político, empresarial, amoroso y delictivo. Berlusconi fue, con seguridad, un referente y un precursor del populismo europeo e incluso mundial. Hay quien lo considera un ‘trumpista antes que Trump’.
La verdad es
Hace unas semanas dieron la vuelta al mundo los insultos del público de Valencia hacia Vinícius Júnior, uno de los jugadores del Real Madrid. Gritos de “mono” y ruidos simiescos proferidos por cientos de personas. No era la primera vez, pero nunca antes se había desatado un debate nacional tan intenso en torno a una pregunta sencilla: ¿es España racista?
Que hasta el año 2023 el debate no haya sido tan amplio (opinaron desde políticos a periodistas, celebridades y otros deportistas) es un síntoma de que algo no va bien. En general, los españoles no se consideran racistas; pero el periodista y activista negro Moha Gerehou, de padres gambianos, lo ve de otra manera: simplemente no somos conscientes del racismo en la sociedad, un racismo que él describe como algo “estructural” y que está presente en el acceso a la vivienda, el trabajo o la educación.
El racismo en España no surge de la nada,