Londres se rinde ante las exigencias de la Unión Europea
En tiempos de posverdades y de versiones alternativas de la realidad, gran parte de las personas ya no están interesadas en sopesar las diversas perspectivas de un hecho para tomar una posición individual al respecto. Por el contrario, la mayoría busca, entre el gran abanico de informaciones disponibles, aquellas versiones que se amolden a sus ideas preconcebidas. O mejor dicho, a sus emociones más íntimas. Porque de eso se trata todo hoy en día: de estimular las emociones más básicas y primitivas. Los creadores de información lo tienen siempre presente. Por ello, los hechos son simplificados al máximo, preferiblemente hasta el tamaño de un tuit, puesto que lo importante no es analizar la realidad, sino ofrecer respuestas simples y mágicas que movilicen a una población cada vez más desinformada. El Brexit fue un claro ejemplo de todo esto. La mayoría de la ciudadanía británica votó a favor de abandonar la Unión Europea sin tener la más mínima idea de cuáles podrían ser las consecuencias reales. Sencillamente, los líderes populistas, una vez más, estimularon los miedos y las fobias de la población. Prueba de todo ello es que, un día después de la votación en el Reino Unido, el término más buscado en Google fue “Unión Europea”. “¿Pero qué es lo que acabamos de hacer?”, parece que se preguntaron muchos ciudadanos británicos tras haber depositado su voto. Por desgracia, ya era algo tarde para comprender un poco el asunto.
Un difícil viaje al interior de la mente de Donald Trump
Resulta bastante difícil analizar, mucho más prever, los movimientos estratégicos de Donald Trump. Sería completamente inútil dialogar con él ante un mapamundi o algún libro de historia para intentar sacar algo en claro acerca de sus intenciones. No, lo más conveniente sería recostarlo en un diván y solicitar la ayuda de un psicoanalista. Porque lo que guía los pasos de Trump, a pesar de cuanto afirme con ardor ante las cámaras de televisión, no son los intereses de Estados Unidos, sino los suyos propios. Por tanto, más que estudiar el panorama geopolítico mundial, habría que meterse en su cabeza y desentrañar sus traumas, complejos, fobias y temores. Por ejemplo, su excesivo narcisismo, su necesidad incontrolable por siempre llamar la atención, y su envidia desmesurada hacia su predecesor, Barack Obama.
¿Qué otra cosa podría explicar la decisión de Trump tomada el pasado 6 de diciembre? Ese día, el presidente de Estados Unidos decidió reconocer, de forma unilateral y saltándose todos los acuerdos y precauciones de la comunidad internacional, a Jerusalén como capital de Israel. La mítica ciudad, símbolo eternamente disputado por las tres principales religiones monoteístas del planet
La soterrada pugna en el interior del independentismo
Resulta bastante complicado intentar hacer un breve repaso de la situación política de Cataluña, sobre todo porque ésta varía día a día. La inmediatez y la caducidad parecen ser la norma en esta extraña y singular campaña electoral. Las certidumbres que eran válidas ayer, ya hoy vuelan por los aires. Sin embargo, hay algo que se mantiene bastante estable dentro de todo: la división casi al 50% de la sociedad catalana entre independentistas y unionistas. Por tanto, los matices hay que buscarlos en el interior de estos bloques separados e irreconciliables, puesto que hay pocas posibilidades, de aquí a las elecciones del jueves de la semana que viene, de trasvases de votos entre ambos bandos. Y la lucha más enconada y apasionante que se está desarrollando en estos momentos ocurre en el interior del bloque independentista.
El sorpresivo anuncio de Mariano Rajoy – tras el cese del gobierno catalán luego de que éste declarara la independencia – de convocar elecciones en un plazo de apenas dos meses, cogió desprevenidos a los miembros del bando independentista. En lugar de verse obligados a organizar la resistencia y defensa de la recién proclamada república libre, algo que todos daban por
La Constitución española necesita respiración de boca a boca
El pasado 6 de diciembre se celebró en España el día de la Constitución española. La ocasión, como cada año, fue aprovechada por millones de españoles para desplazarse a distintos puntos de la geografía nacional e internacional. Incluso los catalanes independentistas, los más acérrimos enemigos de tal conjunto de normas, aprovecharon la festividad para desplazarse a Bruselas y allí renegar de ellas ante los estupefactos ojos del Parlamento Europeo.
Lo único cierto del caso es que casi todo el mundo está de acuerdo en que la Constitución española se encuentra en estado catatónico. Aquella Carta Magna, aprobada en el año 1978, y que permitió, ante el asombro del mundo entero, la tan famosa y alabada “transición española” tras la larga dictadura franquista, ahora mismo se encuentra en la sección de cuidados intensivos. Hay un común acuerdo entre los diversos partidos políticos en que tiene los días contados. Según muchos, ha quedado obsoleta y ya no responde a las necesidades territoriales de hoy en día. El agitado conflicto catalán no ha hecho más que visibilizar las costuras que están saltando por los aires. El problema, sin embargo, es que todo el mundo tiene una idea distinta sobre
Un país de jubilados
España se enfrenta hoy en día al que quizá sea su mayor reto. Y no, no me estoy refiriendo, una vez más, al conflicto catalán. No, esto puede ser mucho peor. La OCDE, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, ha publicado el pasado 5 de noviembre un informe devastador para las previsiones económicas españolas. Según dicho informe, en el 2050 casi el 78% de los habitantes de España serán jubilados. Hace tan solo 40 años, tal porcentaje no alcanzaba el 20%. Hace dos años ya superó el 30%. Y, en poco más de tres décadas, si no se toman medidas drásticas para enderezar la situación, la masa de jubilados podría aproximarse al 80%, una cifra que ninguna hucha de pensiones puede soportar. Sólo Japón, otro país también aquejado por el progresivo envejecimiento de la población, por la disminución de la tasa de nacimientos y por la gran longevidad de sus habitantes, será el único país que superará a España en el 2050 en cuanto a la tasa de dependencia del fondo de pensiones. Sin embargo, a pesar de la riada de datos preocupantes, Japón al menos cuenta a su favor con una población activa que, pese a ser menguante, es altamente cualificada y productiva, gracias a lo cual c