Los ibicencos ya no pueden vivir en su isla por la falta de regulación del turismo
Alójese en una suite de lujo con vistas al mar. Cene con gente guapa en el Sublimotion, a 1.500 euros el comensal. Empiece la fiesta con una botella de champán decorada en oro de Louis Roederer, al módico precio de 20.000 euros. Y si todo esto le parece poco, juéguese el todo o nada en una noche de copas con el jeque saudí Abdul Aziz bin Fahd, un habitual en los veranos de la isla blanca. Tanto le puede salir la fiesta gratis como quedar su fortuna reducida a la nada, yo no me hago responsable…
En los inicios del turismo ibicenco, allá por los años 20, nadie hubiera imaginado que la pequeña isla balear llegaría a ofrecer tales niveles de extravagancia. Pero, después de 100 años de turismo, esa es la realidad. Ahora bien, quien vende su alma al diablo sabe que en algún momento tendrá que pagar su deuda. Y parece que ese momento ha llegado.
Contaba el diario digital El Confidencial, el pasado 5 de marzo, que para los ibicencos sin