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Conocí Japón hace ya más de diez años. Aún recuerdo el momento en que, al observar a los silenciosos usuarios del abarrotado metro de Tokio, todos ellos ensimismados ante sus teléfonos móviles, me dije a mí misma: esto es el futuro. Y el futuro no trae nada bueno.

Por desgracia, no me equivoqué. Paseando por las calles de las principales ciudades japonesas, observando la soledad que impera dentro de la multitud, el individualismo, el consumismo voraz, el fetichismo y sobre todo la alienación ocasionada por la obsesión con las nuevas tecnologías, me di cuenta de que Japón es una especie de laboratorio que anticipa todas las tendencias que, tarde o temprano, se expandirán por el resto del globo. Diez años más tarde, cada vez que me monto en un vagón del metro o paseo por una calle comercial del centro de Barcelona, siento que he regresado a aquel Tokio que visité una década atrás.

Una de las tantas cosas que me llamaron la atención durante aquel viaje, fue la obsesión que sienten los japoneses por el sexo virtual: muñecas, robots, juegos sexuales de realidad virtual, juguetes eróticos de cualquier tipo… todo vale a la hora de paliar la extrema soledad del hombre moderno. Y, com

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