Los encargados de hacer las encuestas y los análisis demoscópicos en Francia deben sentirse satisfechos: los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, realizada el pasado domingo, concuerdan bastante con los pronósticos ofrecidos durante las semanas y días previos. El actual presidente, el socioliberal Emmanuel Macron, obtuvo el 27,6% de los votos, mientras que la candidata de la ultraderecha, Marine Le Pen, se adjudicó el segundo puesto al conseguir el 23,4% de las papeletas. Ambos contendientes se enfrentarán de nuevo en la segunda y definitiva vuelta de las presidenciales, la cual se desarrollará el próximo 24 de abril.
Más allá de estos previsibles resultados, hay que destacar el desmoronamiento de los dos principales partidos tradicionales de la política francesa, los cuales vivieron tiempos de esplendor a lo largo de las últimas décadas. Valérie Pécresse, la candidata de Los Republicanos, el partido histórico de la derecha moderada, obtuvo un paupérrimo 4,8%. Aún más catastrófico fue el resultado conseguido por la representante del Partido Socialista, Anne Hidalgo: un insignificante 1,7%, lo cual aboca a los socialistas a su práctica desaparición del ta
A finales del mes pasado, leí una noticia en The New York Times que me sorprendió bastante: Vladimir Putin, antes de ordenar la invasión a Ucrania, contaba con un índice de aprobación inferior al 70%. Tras la ofensiva militar, su popularidad se ha incrementado, hasta situarse por encima del 80%. Y todo ello a pesar de la grave crisis económica que ya está afectando a gran parte de la sociedad rusa. Al leer aquello me pregunté: ¿qué puede llevar a un ciudadano (más allá de la desinformación y de la manipulación ideológica) a brindar su apoyo a un líder que no sólo inicia una guerra, sino que además perjudica los intereses de su propia población? La respuesta la han brindado algunos expertos y conocedores de la mentalidad del pueblo ruso: al parecer, pese a las penurias económicas, a las sospechas de corrupción y a las restricciones de las libertades civiles, la mayoría de los rusos sencillamente anhela un líder al que el resto del mundo tema y respete. Así de simple: respeto y orgullo. Y supongo que estas simples aspiraciones humanas están también presentes en muchos ciudadanos de otros países del mundo.
En los húngaros, por ejemplo. Y es que todas estas reflexiones me vinieron una v
Gabriel Boric, quien asumió la presidencia de Chile el pasado 11 de marzo, ha realizado recientemente su primera visita al extranjero. Y este primer destino ha sido, lógicamente, Argentina. Y decimos "lógicamente" porque ambos países, además de ser vecinos, compartiendo más de cinco mil kilómetros de larga frontera, también tienen en común que sus presidentes son de ideología izquierdista. Ambos mandatarios, durante la visita, han querido visibilizar la buena sintonía que existe entre ellos. El pasado 4 de abril, primer día de actividades oficiales, Alberto Fernández expresó públicamente lo siguiente ante su homólogo chileno: “Estamos en un tiempo donde la solidaridad entre pueblos hermanos es central para poder avanzar”. Y más tarde añadió: "Chile y Argentina no tienen una cordillera que los separa, sino que los une". Por su parte, Boric también hizo gala de talento en el arte de la diplomacia: “La hermandad entre Chile y Argentina tiene que ir más allá de las preferencias que tengan sus presidentes”.
Y estas preferencias, al parecer, no se limitan al aspecto eminentemente ideológico, sino que alcanzan incluso a la esfera de la cultura. Como un modo de reflejar aún más esta buena
Debo confesar que, desde hace algunas semanas, más o menos coincidiendo con la invasión rusa a Ucrania, estoy teniendo una especie de déjà vu. Me explico: recuerdo que a inicios del 2020, todos los pronósticos económicos auguraban un extraordinario año a nivel global, al menos en el aspecto financiero. Luego ya todos sabemos lo que ocurrió: una pandemia, cuya gestión continúa generando hoy en día acaloradas discusiones, ocasionó un rápido empobrecimiento generalizado de la población mundial. Y luego, a inicios del 2022, cuando finalmente parecía que estábamos vislumbrando la luz al final del túnel y, nuevamente, los indicadores económicos pronosticaban un crecimiento de la economía global, a Vladimir Putin se le ocurrió la "brillante" idea de iniciar una contienda militar. Otra vez, en el momento más inesperado, el planeta entero parece deslizarse hacia una nueva recesión económica. Y es que a veces me da la impresión de que la civilización humana posee el extraordinario don de saber sabotearse a sí misma a la perfección.
Este ambiente de incertidumbre ya antes experimentado está provocando que las protestas ante el aumento del costo de la vida, e incluso la violencia callejera deri
Los antivacunas, negacionistas y demás amantes de las teorías conspiratorias han encontrado una nueva tierra prometida. Sobre todo si se trata de alemanes. Estamos hablando de Paraguay, un discreto, pacífico y pequeño país de América del Sur que rara vez copa los titulares de los medios de comunicación. Sin embargo, últimamente este país está llamando la atención de diversos equipos periodísticos de investigación. Por una razón bastante peculiar: miles de alemanes (aunque no únicamente ellos, pues también se cuentan centenares de ciudadanos de otros países) han arribado a este territorio a lo largo de los dos últimos años con la intención de iniciar una nueva vida. Una nueva etapa alejada de las restricciones relacionadas con el coronavirus y, sobre todo, de la obligatoriedad —"dictatorial", según la peculiar visión de la realidad compartida por estos migrantes— de inocularse la vacuna contra el Covid. Un sinfín de derechistas y religiosos cristianos han ayudado a engrosar una serie de colonias de extranjeros que se diseminan por todo el territorio de este acogedor país. El éxodo humano ha sido tan elevado (al menos 1.644 alemanes se radicaron en Paraguay tan sólo el año pasado, un