Ya era evidente que la inteligencia artificial es un terreno pantanoso en nuestro horizonte más cercano, pero —ahora— un intrincado enredo empresarial ha vuelto a demostrar que esta tecnología navega sobre aguas cada vez más revueltas. Un ámbito tan innovador y disruptivo, capaz de plantear dilemas éticos y legales para los cuales aún no tenemos respuestas claras, representa un desafío extremadamente difícil de timonear. En este entorno turbulento y nebuloso, uno de los visionarios más prestigiosos del sector acaba de sobrevivir a un motín inesperado, y ha logrado retomar el control de la compañía puntera de la cual había sido expulsado.
El pasado día 17, una noticia explosiva de alcance mundial agitó la espina dorsal del sector de la inteligencia artificial. Sam Altman, fundador y director general de OpenAI, empresa desarrolladora de herramientas revolucionarias como el modelo de lenguaje ChatGPT, fue despedido por el consejo de administración. El cese sembró el caos absoluto en la compañía: más del 95% de sus 770 trabajadores amenazó con renunciar si no regresaba Altman —quien, mientras tanto, había sido contratado por Microsoft—. Finalmente, cinco días después de su salida, el c
Lo que parecía un diminuto bache en el asfalto de la carretera, casi imperceptible bajo los neumáticos de los automóviles Tesla, se ha convertido en un profundo socavón que está generando un traqueteo considerable en la cadena de producción de la firma estadounidense en Suecia. Un conflicto laboral que aparentaba ser pequeño y localizado ha ido creciendo rápidamente hasta evolucionar en toda una lucha sindical que está haciendo temblar las manos que dirigen el volante de la compañía. La protesta de los trabajadores de varias factorías suecas ha provocado un derrape que está desestabilizando el funcionamiento del fabricante de vehículos eléctricos en este país.
Los primeros trompicones se desataron el pasado 27 de octubre, cuando unos 130 empleados de 10 talleres distintos se declararon en huelga para exigir una mejora de sus condiciones de trabajo. Los huelguistas habían exigido a la empresa que firmase un convenio colectivo: un tipo de pacto, habitual en la mayoría de países europeos, que regula las relaciones laborales entre la dirección y la plantilla —como los salarios o los horarios—. Tesla se negó tajantemente a negociar ese hipotético acuerdo, y los trabajadores convocaron pa
El sosiego cotidiano del Palacio de Justicia de Barcelona, con su habitual atmósfera rutinaria y burocrática, estalló en mil pedazos el pasado 20 de noviembre. En los alrededores de la sede del tribunal —un espléndido palacio en el corazón de la ciudad— ya saltaba a la vista que aquel no iba a ser un lunes como cualquier otro. El edificio amaneció blindado por una amplia valla perimetral, vehículos policiales pesados y un despliegue de decenas de agentes: un férreo dispositivo de seguridad para custodiar a una de las mayores estrellas de la historia de la música latina.
Desde las primeras horas del día, una multitud de periodistas —de más de 200 medios de comunicación de todo el mundo— montaba guardia frente a la sede judicial, a la espera de la llegada de Shakira. Los flashes de las cámaras comenzaron a dispararse tres minutos antes de las diez de la mañana, hora a la que debía iniciarse el juicio a la artista colombiana por un delito de fraude fiscal. Shakira apareció con gesto de tranquilidad y confianza en el rostro, consciente de que esquivaría el banquillo de los acusados: para no ser juzgada, ella misma se declaró culpable, y pactó con la fiscalía una sanción de 8 millones de
La semana pasada, mientras ordenaba los libros de mis estanterías, sentí un placentero escalofrío cuando encontré, sin pretenderlo, mi novela favorita de la infancia: La isla del tesoro. La emoción de hallar esa edición polvorienta fue casi tan satisfactoria como dar con los cofres repletos de oro y joyas que aparecen en la historia de Robert Louis Stevenson. Inmediatamente, me senté a hojear sus páginas ajadas y amarillentas, y me pregunté —con cierta nostalgia— si ese tipo de relatos de aventuras fabulosas en mares remotos eran ya cosa del pasado, impropios de nuestra época. Sin embargo, una noticia me confirmó que la búsqueda de un tesoro perdido puede seguir despertando grandes anhelos.
En 1708, el galeón español San José zarpó desde la localidad panameña de Portobelo con un fastuoso cargamento de oro y plata a bordo. El buque puso rumbo a Cartagena pero nunca logró arribar a su destino: a unos 20 kilómetros de la ciudad colombiana, fue hundido por los letales cañonazos de una escuadra de corsarios británicos. Desde entonces, el tesoro del San José ha permanecido impasible en el fondo del mar, pero —desde luego— nunca llegó a caer en el olvido. Ahora, más de tres siglos después,
Un animal majestuoso reina en el Pantanal de Brasil, la llanura inundable más extensa del mundo. Entre la espesa vegetación del humedal, el mayor felino de América patrulla con paso firme pero sigiloso, camuflando su hermoso pelaje dorado, salpicado por motas negras. El jaguar deambula por este ecosistema con un porte soberbio, contoneando con sutileza y elegancia —sobre el suelo embarrado o bajo la superficie del agua— los más de 150 kilos que puede llegar a pesar su cuerpo. Esta fiera prodigiosa, armada con una musculatura, una mandíbula y unas zarpas temibles, se ha enfrentado recientemente a un depredador inesperado, aún más letal.
A mediados del pasado mes de octubre, se desató en el Pantanal la oleada de incendios más devastadora de la historia. Durante más de cuatro semanas, las llamas asolaron este tesoro natural, que llevaba meses bajo el violento castigo del fuego. En comparación con 2022, en lo que va de año ha ardido ya una superficie tres veces mayor: se han calcinado más de un millón de hectáreas, una extensión equivalente al territorio de países como Líbano, Chipre o Puerto Rico. El jaguar es una de las principales víctimas de esta catástrofe, ya que Brasil es el hábi