Hay algo de justicia poética en el hecho de que un afroamericano del populoso barrio de Harlem, en Nueva York, haya sentado en el banquillo a todo un expresidente, blanco, de Estados Unidos. El juicio contra Donald Trump ofrece mil ángulos y lecturas; pero, visto con perspectiva, supone un precedente tan inédito como cuando Barack Obama se convirtió en el primer presidente negro del país. El nombre de Alvin Bragg, el fiscal que dirige la acusación contra Trump, ya ocupa un lugar en los libros de historia.
En concreto, Bragg acusa a Trump de haber manipulado libros de cuentas en 2016 para ocultar el soborno a la estrella porno Stormy Daniels, con quien una década antes habría mantenido relaciones sexuales. En total, 34 cargos por falsificación. “El mantenimiento de registros verdaderos y precisos es la base de la integridad empresarial y el buen funcionamiento del mercado”, declaró Bragg.
Alvin Bragg es un verso suelto: a diferencia de otros colegas, evita polemizar en los medios y rehúye del espectáculo político. Eso, sin embargo, no le impidió marcar otro hito, en 2021, el año en que se convirtió en el primer afroamericano en ganar el puesto de Fiscal de Distrito de Manhattan. Educa
“Un país que desmonta la Educación está gobernado por quienes tienen algo que perder con la difusión del saber”. Seguramente Javier Milei nunca haya escuchado estas palabras, aunque el presidente argentino podría ser el protagonista de la célebre frase, atribuida al escritor Italo Calvino.
Como otros populistas, Milei tiene una relación problemática con la ciencia y el saber. Raramente desaprovecha la ocasión para demostrar cuánto le incomoda el conocimiento. Ha negado reiteradamente la evidencia científica del cambio climático y afirma que las políticas para evitarlo solo sirven “para financiar a vagos socialistas”. También es blanco de sus dardos la educación superior en Argentina y, singularmente, la Universidad de Buenos Aires, la UBA.
En marzo, Milei acusó a esta institución, una de las más prestigiosas del mundo, de hacer “muchísimo daño lavando el cerebro de la gente con la lectura de autores que han sido nefastos". La ciencia y el saber son un obstáculo para los poderosos, por eso intentan reservar para las élites el acceso al conocimiento. En campaña, Milei anunció un sistema de vouchers para que los alumnos elijan en qué centro estudiar, introduciendo así las leyes del me
Hubo un tiempo en el que las pirámides de Egipto, el Partenón o la catedral de Notre-Dame fueron el colmo de la modernidad. Cuando esas obras se culminaron, eran vanguardia. Aunque hoy nos parezcan valiosas reliquias del pasado, en su día seguramente escandalizaron a más de un alma sensible (y tradicional). La línea en la que una edificación emblemática –si sobrevive a la piqueta o al paso del tiempo– deja de ser novedosa para convertirse en clásica es difusa.
Notre-Dame se culminó en el siglo XIV, pero con el paso de las décadas fue incorporando aportaciones de otros estilos. El rey Luis XIV llegó a demoler muros y sepulcros para añadir elementos barrocos. En el siglo XIX, un incendio dañó gravemente el edificio y buena parte de sus vidrieras góticas fueron sustituidas por otras, diseñadas por el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, quien fue también el artífice de la icónica aguja vertical que vimos arder y desmoronarse en el segundo gran incendio que arrasó el templo, el del 15 de abril de 2019.
La aguja diseñada por Viollet-le-Duc en 1859 era en realidad una reinterpretación, más alta y más esbelta, de la original del siglo XIV. ¿Qué hubiera pensado un parisino de la Edad Media de l
Algunos rostros devienen iconos. Sucede con dioses, líderes y estrellas (Cristo, Che Guevara o Chaplin); pero, también, con sociópatas (Hitler, Charles Manson o Pablo Escobar). El cabello, los ojos, las cejas, el bigote… sus rasgos esquematizados son reconocibles en la distancia. Evocan episodios de una historia –ya sea atroz o heroica– siempre difíciles de olvidar.
El rostro del personaje aparece en camisetas, gorras, encendedores y jarros: la imaginación es el límite. El icono es, para algunos, deseable: hay personas dispuestas a gastar dinero para llevarse a casa parte del mito (incluso cuando el personaje es un genocida).
El caso de Pablo Escobar es emblemático: pese a las atrocidades que se le atribuyen (y la enorme cantidad de sufrimiento que genera la droga), todavía hoy, más de 30 años después de su muerte, hay quien lo ve como el héroe popular de Antioquía, la región donde nació en 1949. A los oriundos de esa zona de Colombia se los denomina ‘paisas’ y el sobrenombre de Escobar es aún, para muchos, el del ‘Robin Hood paisa’; un justiciero.
Incluso después de muerto, Pablo Escobar es un producto que vende. Más aún, a raíz del éxito de la serie Narcos. Y claro, cuando el negoci
Mucho antes de que el reguetón conquistase las listas de éxitos y las pistas de baile de medio mundo, otro fenómeno musical latino le abrió camino: el mariachi, con sus rancheras, sus boleros, sus corridos y su inconfundible indumentaria. Ya sea en las calles de Ciudad de México, en Times Square o en la Plaza Roja de Moscú, un mariachi siempre es un mariachi, y recibirá el cariño y la curiosidad de los viandantes.
Esa simpatía universal se debe quizá a que los mariachis son percibidos como músicos del pueblo, de la gente común. También porque son puro mestizaje, empezando por el nombre. Hay quien sitúa la etimología en la palabra francesa que designa tanto el matrimonio como la boda: mariage. Esos señores con sombrero charro, botas con espuelas, guitarrón, violines y alegría son sinónimo de comunidad y celebración.
El origen musical hay que buscarlo en el siglo XVII en la región de Cocula, actual estado de Jalisco. Allí nacieron los ritmos y la mezcla de instrumentos que dos siglos más tarde, cuando México (y el mundo) vivía fascinado por lo francés, se convertirían en el mariachi y serían adoptados como seña de identidad nacional. Impensables una boda, un bautizo o una comunión sin