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El pasado lunes 18 de diciembre la noticia se hizo oficial en Chile: la derecha llega al poder y la izquierda se va. El nuevo presidente del país es Sebastián Piñera, un reconocido multimillonario que llega al poder por segunda vez, y recibe el cargo, también por segunda vez, de las manos de Michelle Bachelet.

Este resultado, aunque anticipado por muchos analistas políticos, me sorprendió. Y es que las razones para entenderlo no son totalmente claras. Bachelet ha sido una presidenta con altos niveles de popularidad y muchos analistas concuerdan en que su mandato pasará a la historia de forma muy positiva. Su proyecto político estuvo centrado en reducir la brecha salarial entre los ricos y los pobres, a través de distintas reformas. Sin embargo, en estos últimos años, las divisiones internas en su gobierno y el bajo desempeño económico del país terminaron por afectar su imagen.

Además, es importante recordar que Chile cuenta con movimientos ciudadanos muy fuertes, que presionan al gobierno en temas cruciales como la educación gratuita y la reforma de las pensiones. Estos grupos, en teoría, tendrían que ser parte del apoyo político de Bachelet.

Piñera, por su parte, había gobernado al p

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