| María: | Jesús, hace unas semanas te comenté que Argentina no es el único país de América Latina que tuvo sus vedettes. El cabaret fue popular en muchas ciudades, con mujeres que cautivaban al público desde el escenario con sus movimientos. Así como en Buenos Aires surgió la “revista porteña”, en la Ciudad de México los espectáculos tenían su propio estilo. A fines de los años cuarenta, en los centros nocturnos aparecieron las “exóticas”, hermosas jóvenes que bailaban ritmos como la rumba o las danzas tahitianas. Sin duda, la bailarina exótica más icónica fue Tongolele. Probablemente la hayas visto en alguna película de la Edad de Oro del cine mexicano o en una foto de la época con su estilo tan reconocible: llamativos ojos azules, cejas bien marcadas, un mechón de pelo blanco y cintura de avispa. Su presencia hacía suspirar a los hombres y daba envidia a las mujeres. |
| Jesús: | ¿Tongolele, dices? ¡Qué nombre más raro! |
| María: | Su verdadero nombre era Yolanda Yvonne Montes Farrington. |
| Jesús: | ¿Y quién le puso ese nombre artístico? ¿O se lo dio a sí misma? |
| María: | Dicen que surgió de la envidia que le tenía la bailarina cubana Rosita Fornés. Tongolele había vivido toda su infancia en Estados Unidos. A los 15 años, empezó a trabajar en los cabarets más importantes de California, lo que rápidamente la llevó a Tijuana y finalmente a la capital mexicana. Gracias a su apariencia y sus movimientos únicos, se convirtió inmediatamente en una estrella. Fornés le dijo que Yolanda era un nombre demasiado cubano, que la cubana era ella y que se encontrara otro apodo. |