No he podido evitar sentir miedo, o al menos cierta inquietud, por la toma de posesión de Joe Biden. Todavía están muy recientes las terribles imágenes del asalto al Capitolio y también esa sensación de que realmente fue un milagro que las cosas no fuesen a peor y muriese mucha más gente. Pero lo más preocupante no fue el asalto en sí. Lo peor es que aquella violencia es el síntoma del malestar de una sociedad partida en dos. Aterra escuchar ese runrún de guerra civil que algunos extienden por las redes sociales. Y, al contrario de lo que esperaríamos de un hombre de Estado, la actitud de Donald Trump desde que perdió las elecciones ha sido cualquier cosa menos tranquilizadora.
Meses de creciente descrédito del sistema democrático por parte de Trump y sus partidarios culminaron en el asalto violento al Capitolio. ¿Qué pasará ahora? ¿Será Biden capaz de sellar las heridas? ¿Volverá Estados Unidos a la normalidad bipartidista? La realidad cada vez se parece más a las distopías que vemos en las series de televisión. Por lo pronto, la anomalía de la toma de posesión de Biden: totalmente blindada, sin espacio para el júbilo y la alegría espontáneos que han caracterizado tradicionalmente
Es desesperante constatar cómo cada fase de la pandemia en España va mostrando nuevos ejemplos de descoordinación y de ineptitud. En este caso se trata de la campaña de vacunación contra el coronavirus, que está siendo muy desigual. En realidad, hay 17 estrategias de vacunación: una por cada Comunidad Autónoma de las que conforman el país. El Gobierno central únicamente se encarga de hacer llegar las dosis a cada territorio y, una vez allí, son los presidentes autonómicos los responsables de gestionar todo el proceso de inmunización.
“Esto no es una competición entre comunidades”, dijo en televisión el pasado día 12 de enero el responsable de la Sanidad en la Comunidad de Madrid. Claro, a este señor no le interesa que sea “una competición” ya que su región es de las que más despacio vacunan. Cada día el Ministerio de Sanidad publica los datos de las vacunas distribuidas y las administradas. Madrid lleva desde el primer momento en las últimas posiciones.
Lo más indignante es que, a menudo, el Gobierno regional madrileño suele presumir de ser “la locomotora de España”. La realidad es que esa “locomotora” hace tiempo que descarriló. Madrid solo consigue administrar en torno a la mitad d
Reconozco que me preocupa bastante el hecho de que hayan bloqueado a Donald Trump en las redes sociales como Twitter o Facebook. Estoy de acuerdo en que hay que perseguir cualquier mensaje que incite al odio o a la violencia, pero creo que esa censura debería provenir de un juez, y no del dueño de una red social. He comentado este tema con amigos y alguno de ellos argumenta que tener un perfil en Twitter o Facebook no es un derecho fundamental… y que la empresa que presta este servicio sí que tiene el derecho a dejar de prestarlo a quien considere. Yo no lo tengo tan claro, la verdad.
Muchas personas celebraron el silencio forzoso de Trump los días siguientes al asalto al Capitolio, pero yo no puedo dejar de tener la sensación de que esa censura por parte de Twitter y Facebook puede sentar un precedente peligroso, y amenazar a medio plazo la libertad de expresión. ¿Y si en el futuro los dueños de esas o de otras redes sociales deciden vetar otro tipo de mensajes? ¿Y si en el futuro Twitter o Facebook son presididas por extremistas? ¿Quién les negará entonces el poder para censurar a quien piensa distinto?
Es comprensible que los mensajes racistas, homófobos o los que inciten al odio
España es un país de muchedumbres. Las Fallas en Valencia, la Semana Santa en Sevilla, los Sanfermines en Pamplona, las bodas, los bautizos, las comuniones: todo tiene que estar a reventar de gente y, si no, ha sido un fracaso. Un bar merece la pena si apenas se puede entrar y avanzar hacia la barra. Y si en un mercadillo al aire libre se camina con facilidad… mal asunto…
Siempre hay excepciones, claro, pero a los españoles nos gusta que haya mucha gente en los sitios. O nos gustaba. El coronavirus ha acabado con esa especie de deporte nacional que es apretujarse. También en los conciertos de música en directo.
Sin embargo, un experimento realizado por la Fundación para la Lucha contra el Sida y las Enfermedades Infecciosas (que pertenece al Hospital Universitario Germans Trias i Pujol) ha demostrado que se puede acudir a un concierto masivo sin contagiarse de COVID-19. Eso sí: respetando ciertas medidas de seguridad, aunque en esta ocasión no hizo falta mantener un metro y medio de distancia.
El pasado 12 de diciembre, 463 personas asistieron a un concierto en la mítica sala Apolo de Barcelona. En el pasado, por allí desfilaron artistas como Coldplay, Kings of Leon, The Killers o Ruf
Siempre me ha parecido un poco loco aquello que se dice de que a las plantas les gusta que les pongan música y que les hablen bajito. Vale, son seres vivos, pero no se pueden comparar con un perro, por ejemplo. Sin embargo, el otro día leí en The Guardian un reportaje que me llamó mucho la atención. Un experimento español (de la Universidad de Murcia) sugiere que una variedad de judía trepadora parece saber hacia dónde dirigirse para agarrarse a algo y seguir creciendo. Es como si tuviera cierta intención en sus movimientos, cierta inteligencia.
Nadie tiene muy claro qué es la inteligencia: hay quien piensa que tiene que ver con la capacidad de cálculo o la destreza para resolver problemas, otros creen que tiene que ver con la empatía, con saber ponerse en el lugar de los demás.
El líder del experimento con las judías se llama Paco Calvo. Es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia y miembro del Minimal Intelligence Lab de la Universidad de Murcia. Este investigador no llega a afirmar que las plantas sean inteligentes (en el sentido en que lo somos los seres humanos) o que tengan consciencia de lo que hacen, pero el hecho es que los sorprendentes resultados de su experimento s