El pasado 6 de enero, el mundo entero presenciaba a través de los medios los extraordinarios acontecimientos que hicieron temblar el corazón de la democracia estadounidense: una turba de seguidores de Trump accedía de forma violenta al Capitolio, en Washington, interrumpiendo la sesión del Senado que debía certificar la victoria del demócrata Joe Biden en las elecciones presidenciales de noviembre.
Transcurridas varias horas, durante las cuales los asaltantes camparon a sus anchas por las dos cámaras del Congreso, saqueando despachos y haciéndose “selfies”, las fuerzas del orden pudieron recuperar el control del Capitolio. Los senadores retomaron la sesión, y, tras numerosas intervenciones, a las 3.40 de la madrugada, ya del día 7, la cámara alta confirmaba formalmente el resultado de las elecciones.
La toma del Capitolio se saldó con cinco muertos, algunos cristales rotos, y el orgullo magullado de una democracia que, hasta ahora, se presentaba como un modelo para democracias emergentes de todo el mundo. Hubo decenas de detenidos entre los participantes en el ataque, y durante las próximas semanas sin duda se producirán nuevos arrestos. Pero el responsable último del asalto es sin d
El 30 de junio del año pasado entraba en vigor en Hong Kong la polémica Ley de Seguridad Nacional (LSN), con una pena máxima de cadena perpetua para casos de secesión o de confabulación con fuerzas extranjeras. Cuando Carrie Lam, la jefa ejecutiva de Hong Kong, —y marioneta del régimen de Pekín— aseguró que la ley solo se aplicaría en ciertos casos extremos, pocos fuera de la China continental le creyeron.
Si a alguien le quedaban dudas de qué perseguía el régimen comunista chino con la aprobación de esta ley por el Parlamento hongkonés, el pasado 6 de enero se le disiparon. En una extensa operación en la que, al parecer, participaron más de 1.000 agentes, la policía de Hong Kong detenía a más de 50 activistas en favor de la democracia, acusándolos de violar la LSN.
Entre los detenidos estaban todos los candidatos a las elecciones primarias no oficiales celebradas el año pasado, sus organizadores, encabezados por el antiguo profesor de Derecho Benny Tai, y la primera persona extranjera en ser detenida bajo la LSN, el abogado estadounidense John Clancey.
Como sabrán, el sistema electoral hongkonés favorece fuertemente a los candidatos del régimen comunista. Pero, a pesar de ello, según
A principios de diciembre, el ministro español de Sanidad, Salvador Illa, anunciaba las medidas de seguridad del Gobierno para la campaña de Navidad, en relación a la pandemia de coronavirus. Illa insistió en que el éxito de las normas sanitarias dependería de la responsabilidad ciudadana. “No se puede poner un policía en cada casa”, decía el ministro.
En España, como en muchos otros sitios, las fiestas navideñas son época de encuentros, y también de celebraciones nocturnas. La Nochevieja, en particular, es quizá el día del año donde tradicionalmente se sale más de fiesta. Con la segunda ola de la pandemia en pleno apogeo, el toque de queda nocturno impuesto en todo el país, la prohibición de abrir discotecas y bares de copas… ¿podíamos esperarnos una Nochevieja diferente esta vez? ¿Un fin de año tranquilo?
Desgraciadamente, no. En nuestro país, cada fin de semana se producen cientos de denuncias policiales por fiestas privadas donde no se respetan las normas sanitarias relacionadas con el coronavirus. ¿Por qué iba a ser la excepción la última noche del año? La asociación de empresas de ocio nocturno calculó que en todo el país se celebrarían cerca de 10.000 fiestas clandestinas.
Sabe
No sé si a ustedes también les ocurre, pero, a estas alturas, yo ya empiezo a estar cansado de oír hablar de los potenciales beneficios del teletrabajo. Pongámoslo en práctica, o no lo hagamos, pero, por favor, dejemos de hablar del tema en términos hipotéticos.
Parece que a Pere Aragonès, vicepresidente en funciones de la Generalitat de Cataluña, le pasa algo parecido. En una entrevista publicada por El Periódico el pasado 6 de enero, el político catalán urgía al Gobierno central no ya a potenciar el trabajo remoto, sino a hacerlo obligatorio en todos aquellos puestos de trabajo que no requieran presencialidad.
La petición de Aragonès puede parecer algo extrema. ¿Por qué imponer el trabajo a distancia, y no dejar que empresas y trabajadores decidan? La respuesta es sencilla: por la pandemia de coronavirus. El vicepresidente catalán presentó su argumento de forma clara y concisa: la pandemia se combate reduciendo la movilidad, y, si se lograra aumentar el porcentaje de teletrabajo desde el 10% actual a un 30% o más, sería una importante ayuda para combatir el coronavirus.
En nuestro país, que tiene una buena infraestructura digital, creo que el principal enemigo del trabajo a distanci
Visitando el Coliseo, en Roma, uno tiene la sensación de que ciertas cosas no han cambiado mucho en los últimos 2.000 años. Se dice que este anfiteatro, el más grande construido en la época del Imperio Romano, en su día tenía capacidad para 65.000 espectadores. Un aforo considerable, incluso comparado con los grandes estadios deportivos de la actualidad.
Cierto, hoy en día los estadios acogen competiciones deportivas, no luchas de gladiadores. Y, sin embargo, ¿es tan diferente lo que sentía un gladiador, vitoreado por miles de romanos en el Coliseo, a lo que siente, por ejemplo, un futbolista, ovacionado por la hinchada en un gran estadio de nuestro tiempo?
Ahora, sin embargo, la pandemia de coronavirus ha interrumpido este vínculo milenario entre ídolo y multitud. El año pasado, LaLiga, la máxima competición española de fútbol, seguida por millones de fans no solo en nuestro país sino en todo el mundo, sufrió un parón a causa de la pandemia. Afortunadamente, la competición pudo reanudarse, pero, desde hace meses, los partidos se juegan sin público. Los encuentros, por supuesto, se retransmiten por televisión, y nada menos que entre 15 y 20 cámaras captan cada movimiento de los futbo