Escribe de lo que sabes, reza el manido consejo para nuevos escritores. Hay quienes discrepan, pero a David Cornwell, más conocido por su pseudónimo literario, John le Carré, desde luego le funcionó.
Cuando en 1961 se publicó su primera novela, Llamada para el muerto, el escritor británico, que nos dejó el pasado 13 de diciembre, llevaba dos décadas trabajando para el servicio secreto británico. Desde su despacho del MI5 en Londres, le Carré daba apoyo a espías británicos infiltrados en los países del Bloque del Este durante la Guerra Fría.
Hoy en día, a juzgar por las continuas noticias de ciberataques entre las grandes potencias, se diría que las agencias de inteligencia se gastan más dinero en hackers que en otra cosa. Pero, durante los más de 40 años que duró la Guerra Fría, los protagonistas indiscutibles del pulso entre las potencias mundiales fueron los espías.
Cómo fue realmente el
Cómo pasa el tiempo. El rey de España emérito, Juan Carlos I, lleva ya cuatro meses en el Golfo Pérsico, hospedado por su amigo Mohamed Bin Zayed, príncipe heredero de Abu Dabi. En principio, ningún problema. Actualmente, el Borbón no tiene responsabilidades de Estado, por lo que no tiene que darle explicaciones a nadie sobre sus idas y venidas.
Solo que Juan Carlos sí que nos debe explicaciones a los españoles. Y muchas. Como sabrán, el pasado mes de agosto, el antiguo monarca salió a toda prisa del país, tras estallar varios escándalos que en su día comentamos en el programa. Entre ellos, la comisión de 100 millones de dólares que el rey emérito recibió de Arabia Saudí tras asignarse la construcción del tren de alta velocidad a la Meca a una empresa española.
Seguramente es, en todo caso, muy tarde para explicaciones. A estas alturas, parece claro que la imagen de Juan Carlos como un mon
Estando de visita en Ámsterdam hace un par de años, observé un hecho curioso. Si, en mitad de un día gris y lluvioso, —los cuales abundan— salía un rato el sol, las terrazas de bares y cafeterías se llenaban de clientes en un tiempo récord. Perplejo, yo me preguntaba… ¿de dónde sale toda esta gente? ¿Acaso no trabajan?
Según un artículo reciente del Harvard Business Review, teniendo en cuenta trabajadores a tiempo completo y a tiempo parcial, en Holanda la semana de trabajo dura en promedio unas 29 horas… al parecer, la cifra más baja de todos los países industrializados. Pero, a la vez, Holanda suele aparecer, año tras año, en el top 10 de los países más productivos del mundo.
Trabajar menos horas a la vez que se aumenta la productividad es posible, como han demostrado diversos “experimentos” empresariales. Uno de los más conocidos fue el llevado a cabo por la compañía neozelandesa Perpet
Imagino que, en tiempos antiguos, a las personas corrientes no les debía resultar fácil saber cómo vivía la gente acomodada. Hoy en día, en cambio, estamos expuestos al estilo de vida de los ricos y famosos hasta la náusea. Zambullirse en un mar turquesa, saltando desde la cubierta de un lujoso yate. Llegar al casino, o a la ópera, elegantemente vestido a bordo de un fabuloso descapotable. Viajar por todo el mundo en un jet privado, haciendo lucrativos negocios.
Es un modo de vida al que, de alguna manera, se supone que debemos aspirar. O eso pretenden hacernos creer algunos. Nos lo recuerdan frecuentemente en multitud de anuncios, películas, documentales, en las redes sociales… Por mil motivos, es un modelo que, a nivel de aspiración personal, me parece absolutamente tóxico. Pero ahora sabemos, además, que es un estilo de vida que contribuye de manera decisiva al calentamiento global.
El
Como persona preocupada por el medio ambiente, intento ir cambiando mi estilo de vida para hacerlo más sostenible. Reducir el consumo de carne y productos lácteos es algo importante que uno puede hacer, a nivel individual, para luchar contra el calentamiento global y, por supuesto, para ayudar a combatir el sufrimiento animal. Pero confieso que, cuando, hace un par de años, empecé a beber leche de avena, lo hice por motivos más egoístas.
Un día, en una de esas cafeterías hipster donde todo cuesta un ojo de la cara, me sirvieron un café con leche que me pareció una pura delicia. Quizá utilizan leche fresca de alguna granja especial, pensé… así que pueden imaginar mi sorpresa cuando el barista me enseñó un envase de leche de avena Oatly.
Fue así como descubrí la marca sueca de productos vegetales que, aunque en España todavía es relativamente desconocida, existe desde los años noventa. Como