Si algo ha demostrado la pandemia del coronavirus, sobre todo entre los países occidentales, es que nadie tiene la fórmula mágica para encarar esta grave crisis sanitaria. Y me refiero a "Occidente" porque ciertos países orientales, tales como China, Japón o Corea del Sur, han demostrado ser mucho más eficientes a la hora de controlar los rebrotes de contagios. Pero para ello no sólo se necesita un estricto control de la sociedad a través de aplicaciones tecnológicas y sistemas electrónicos de monitorización constante. También es necesario un humilde espíritu de obediencia y de colaboración colectiva que, seamos realistas, no abunda demasiado en nuestras sociedades individualistas.
De modo que lo hemos tenido francamente difícil, hay que reconocerlo. Hemos probado diversas estrategias, desde la búsqueda de la inmunidad de rebaño a través de la escasa aplicación de medidas de prevención (como en el caso de Suecia), hasta la implementación de largos y estrictos períodos de confinamiento domiciliario (como en el caso de España, Italia, Francia y Reino Unido, entre muchos otros). Pero nada parece funcionar con plena eficacia. Nadie parece tener la respuesta correcta. También lo hemos pr
En el breve lapso de apenas una semana, fueron publicados en los medios de comunicación los resultados de no una, ni dos, sino hasta tres vacunas para luchar contra el coronavirus. Todo empezó el pasado 9 de noviembre. Primero fue el inesperado anuncio realizado por la empresa estadounidense Pfizer —en colaboración con la compañía alemana BioNTech—, cuya vacuna teóricamente tiene una eficacia del 90% (nueve días más tarde la empresa elevaría, a través de un nuevo comunicado, dicha eficacia al 95%). Luego llegó un informe, el pasado 11 de noviembre, acerca de la efectividad de la vacuna Sputnik, desarrollada en Rusia. Este anuncio, mucho menos publicitado a nivel mundial (quizá debido a las continuas suspicacias que despierta el gobierno liderado por Vladimir Putin), afirmaba que la eficacia del producto está en torno al 92%. Apenas unos días más tarde, el pasado 16 de noviembre, llegó un nuevo anuncio: la empresa estadounidense Moderna informaba con orgullo que su vacuna alcanza una efectividad del 94,5%. Y por si todo esto fuera poco, el pasado 23 de noviembre la farmacéutica británica AstraZeneca se vino a sumar a esta "guerra de las vacunas". Ese día notificó que su producto pod
¿Hay acaso algo más esencial que la cultura? Bueno, la verdad es que sí... La comida y el agua, por ejemplo. Y un techo bajo el cual dormir. Y un mínimo de dinero suficiente para correr con estos gastos elementales. Pero poco más, pienso yo. Porque una vez saciadas estas necesidades básicas, la cultura se convierte en alimento indispensable para nuestra mente y nuestro espíritu. No sólo es fuente de conocimientos e información. También nos ofrece la oportunidad de alejarnos un tanto de nosotros mismos y de visitar otros universos, otras realidades. Y esto último, en estos tiempos inciertos y confusos del coronavirus, es algo bastante útil.
Todo esto también lo deben de estar pensando los dueños de las miles de librerías que luchan hoy en día por mantenerse en pie en España. Prueba de ello es que el gremio de libreros está solicitando al gobierno español que su actividad sea considerada como "esencial", al igual que lo es el comercio de alimentos o de productos farmacéuticos. Los dueños de las librerías tienen la esperanza de que, en caso de que se vuelva a repetir, a nivel nacional, un riguroso confinamiento domiciliario como el que ya vivimos hace unos meses, el gobierno les permit
Trump no cede. Ni concede. A pesar de que el pasado 24 de noviembre, finalmente, ha permitido iniciar el proceso de transición de gobierno, algo que incluso en su propio partido le reclamaban, aún continúa sin reconocer abiertamente la victoria del próximo presidente, Joe Biden. Y es que casi veinte días después de que la gran mayoría de los medios de comunicación diesen a Joe Biden como ganador de las elecciones, y de que innumerables dirigentes mundiales hubieran felicitado al líder demócrata, Donald Trump se mantiene firme en su carrera hacia ninguna parte. A través de su cuenta de Twitter, el aún presidente de los Estados Unidos durante días y días había persistido en su desquiciada estrategia de denunciar un fraude masivo en las elecciones, a pesar de que hasta ahora no ha surgido ninguna prueba fehaciente que respalde tan graves acusaciones. En el hipotético y más que improbable caso de que las denuncias de Trump tuvieran un ápice de verdad, aquello sería una circunstancia bastante curiosa: el partido en la oposición le habría robado las elecciones a la organización política en el poder. Y además lo habría hecho en unos cuantos Estados federales controlados por gobernadores r
En medio de todas las graves dificultades que agobian a la Unión Europea (pandemia del coronavirus, recesión económica, crisis migratorias), hay dos dolores de cabeza crónicos que tienen nombre definido: Polonia y Hungría. Estos dos países se han convertido, desde hace ya algunos años, en los "miembros díscolos" de la Unión. Las derivas claramente autoritarias y antidemocráticas que lideran Viktor Orbán en Hungría, así como Mateusz Morawiecki en Polonia, representan una evidente amenaza para los valores defendidos desde Bruselas. Flagrante violación de la separación de poderes, desprecio hacia los derechos de los colectivos LGTBI, radicalización ultraconservadora, ataques a la independencia de los jueces, oposición frontal a la entrada de inmigración... la lista de hechos y acciones incompatibles con los principios de la Unión Europea no es sólo extensa, sino que además viene prolongándose durante demasiado tiempo. Ya Francia y Alemania –es decir, el núcleo duro de la Unión– han lanzado en diversas ocasiones claras advertencias a Polonia y Hungría acerca de los peligros de continuar por este camino. Sin embargo, ambos países han hecho oídos sordos. Tampoco han servido de mucho las