Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pero la pandemia de coronavirus ha demostrado sobradamente que, por desgracia, el dicho se queda corto. ¿Cuántas veces, y en cuántos países del mundo, hemos cantado victoria antes de tiempo sobre la pandemia, solo para tener que reimplantar dolorosas medidas de contención del virus que ya creíamos olvidadas?
El último tropiezo en este duro proceso de aprendizaje global le corresponde a Europa. Como informaba The Guardian el pasado 13 de noviembre, el Viejo Continente se ha convertido, casi de la noche a la mañana, en uno de los pocos lugares del mundo donde el número de infecciones y de muertes aumenta a ritmo constante. Según la OMS, en los últimos diez días las infecciones han aumentado aproximadamente un 7 % y las muertes un 10 % en Europa. ¿Quién nos lo hubiera dicho, hace tan solo unas semanas?
Las explicaciones de los expertos a lo que está ocurriendo en Europa, aunque lógicas, suenan quizá algo vagas. La causa más probable sería una combinación de factores: temperaturas más bajas, ratios de vacunación todavía insuficientes, una disminución del nivel de inmunidad en personas que fueron vacunadas
Durante lo peor de la pandemia de coronavirus, muchos españoles teletrabajaron. Casi la mitad de los trabajadores en activo, según ciertas estimaciones. Pero, a medida que la actividad económica y el empleo se van recobrando, las empresas también están recuperando otra cosa: la presencialidad.
El pasado 7 de noviembre, entre las posibles causas de esta vuelta a la oficina, el periódico El País destacaba una: el descontento con la ley aprobada en septiembre de 2020 para regular el teletrabajo. El País mencionaba dos aspectos especialmente polémicos de la nueva regulación: por un lado, la obligación de que, para considerarse teletrabajo, la labor desempeñada deba ocupar al menos un 30 % de la jornada laboral; y, por otro, la exigencia de que la empresa cubra los gastos correspondientes.
Establecer por ley un porcentaje mínimo de la jornada laboral para considerar que se teletrabaja impone, estoy de acuerdo, una rigidez quizá innecesaria. Pero, en relación a la exigencia de que la empresa cubra los gastos del trabajo a distancia… ¿acaso no es una demanda razonable? ¿quién va a pagarlos si no, el trabajador?
Es obvio que las empresas deben controlar el gasto. Pero tengo la impresión de qu
Como sabrán, en nuestro país tenemos un problema con el paro. O más bien dos. El primero es que, desde hace décadas, y con independencia de las políticas económicas y sociales de los varios gobiernos, en España persiste una elevada tasa de desempleo. Y el segundo es que la falta de trabajo afecta más a las mujeres que a los hombres.
Supuestamente, hoy en día se hace un mayor esfuerzo que antes por reducir la brecha de género en sus diversas facetas. El Gobierno actual de España incluso dispone de un Ministerio de Igualdad. Y, sin embargo, en lo que se refiere al desempleo, y quizá a consecuencia de la pandemia de coronavirus, en los últimos tiempos las diferencias de género no solo no se han reducido; han aumentado.
El pasado 7 de noviembre, el periódico Vozpópuli publicaba un dato impactante: la brecha de género del paro en nuestro país multiplica por seis la media de la Unión Europea. El pasado mes de septiembre, en España, la tasa de desempleo entre los hombres era del 13,1 %, mientras que entre las mujeres alcanzaba el 16,3 %: 3,2 puntos de diferencia entre hombres y mujeres, frente a solo un 0,5 % de media en la Unión Europea.
Resolver este problema, estoy segura, no es tarea sen
Dicen algunos surfistas que hay más probabilidades de morir descorchando una botella de champán que haciendo surf. No sé si es verdad, pero más de una vez me he preguntado cuán peligroso es el deporte de la tabla. Al fin y al cabo, como bañista, no se me ocurriría acercarme a una zona de “buenas” olas para los surfistas. Prefiero disfrutar viendo el temporal a una distancia prudente. Quizá con una taza de café en la mano.
Yo creo que el respeto al mar tiene algo de instintivo, pero también que es un instinto que hay que desarrollar. Imagino que, para no tener que confiar demasiado en el sentido común de la gente, en las playas de nuestro país, como en otros lugares, existe un sistema de banderas. Con bandera roja, está prohibido meterse en el agua. Y, como descubrió recientemente un grupo de surfistas en la playa de la Barceloneta, en la capital catalana, nadie está exento de la prohibición.
La mañana del pasado miércoles, 10 de noviembre, como contaba hace unos días El País, varios agentes de los Mossos d’Esquadra se presentaron en la playa de la Barceloneta. Con silbatos y, al parecer, también a gritos, recordaron a los surfistas que había bandera roja, y les ordenaron salir del ag
The Unlikely Murderer, la miniserie de Netflix sobre el asesinato en 1986 de Olof Palme, el primer ministro sueco, no es uno de esos rompecabezas donde hasta el final no se sabe quién es el autor del crimen. El primer sonido que escuchamos, nada más comenzar el primer episodio, es un disparo. Y la primera persona que aparece en pantalla, pistola en mano, cara claramente visible, es el asesino. El asesino… según Netflix.
Interesante decisión, presentarnos al inicio de la serie, y de manera completamente inequívoca, al autor del magnicidio, Stig Engström, interpretado por el actor y humorista sueco Robert Gustaffson. Porque, de hecho, en opinión de muchos, el asesinato de Palme no ha llegado a resolverse nunca. Y que Engström —un hombre de mediana edad que trabajaba para una aseguradora— acabara con la vida de Palme actuando solo es, en realidad, solo una entre las diversas teorías propuestas a lo largo de los años. Y una teoría relativamente nueva.
A principios de los noventa, el magazine comunista Proletären había señalado a Engström como parte de una trama oculta de derechas contra Olof Palme. Pero no fue hasta 2016 cuando el periodista Lars Larsson presentó por primera vez, en su l