Hace años, fui a Canadá a visitar a un amigo y tuve la oportunidad de conocer a su suegro, que vivía con mi amigo y su mujer. El Sr. Tran, que había llegado a Canadá décadas antes como refugiado de la guerra de Vietnam, hacía años que estaba jubilado y se pasaba el día gritándole improperios al televisor. En particular, el Sr. Tran hablaba con frecuencia de China y de cómo Occidente estaba cometiendo un grave error al confiar en Pekín.
Que entre los vietnamitas exista resentimiento hacia China, bajo cuya dominación Vietnam estuvo más de mil años, no puede sorprender a nadie, de manera que no presté especial atención a los comentarios del Sr. Tran. Las advertencias de aquel jubilado vietnamita, sin embargo, me vinieron a la memoria tras leer un artículo en el New York Times, el pasado 27 de abril, sobre el espionaje chino en Europa.
En las últimas semanas, seis personas han sido llevadas an
Leía hace unos días en Público que más de la mitad de la basura electrónica que genera España acaba en África. Según un informe reciente de la ONU, los españoles, con un promedio de 19,6 kg de residuos por persona al año, superamos la media de la UE en generación de basura electrónica. Así que, solo en el último año, puedo asumir que casi 10 kilos de mis residuos electrónicos han ido a parar a Agbogbloshie, en Ghana, el mayor vertedero tecnológico del mundo. O a algún otro lugar similar del continente africano.
Aunque esta basura fuera inocua, que acabase en África sería injusto, indignante y moralmente inaceptable. Pero es todo menos inocua: los teléfonos, tabletas, ordenadores y otros dispositivos electrónicos que desechamos todos los años contienen metales pesados como mercurio, plomo, cadmio o arsénico que son nocivos para la salud. No, por supuesto, para la nuestra, sino para la de l
De niña, viví unos años en la isla de Mallorca. En aquella época, en España, pasar las vacaciones en el extranjero era un lujo que pocos podían permitirse. Así que, cuando un compañero de colegio mallorquín se fue de viaje a California —saltándose incluso, creo recordar, algún día de clase— todos esperamos con ansia a que volviera y nos contara sus aventuras.
Ya no recuerdo nada, la verdad, del relato de mi antiguo compañero de escuela, excepto una cosa: la mención de que la ciudad de Los Ángeles era tan grande que, de haberla trasladado por arte de magia a Mallorca, hubiera ocupado la superficie entera de la isla. A lo largo de los años, aquella idea me ha vuelto de vez en cuando a la cabeza, y ocurrió de nuevo el pasado 20 de abril, cuando decenas de miles de personas se manifestaron en las principales ciudades de las islas Canarias para pedir un cambio en el modelo socioeconómico y, en
La mayoría de mis libros habitan desde hace años guardados en cajas de cartón en los garajes y sótanos de amigos y familiares. Una consecuencia de las numerosas veces que he cambiado de ciudad. Llevo años fantaseando con la idea romántica —al menos a mí me lo parece— de montar un pequeño despacho en casa, donde pueda trabajar rodeada de los libros que he ido acumulando a lo largo del tiempo. Y, sin embargo, con ocasión del Día del Libro, el pasado 23 de abril pude comprobar, como suele ocurrirme cada año, que mi plan seguía siendo solo eso: un plan.
No suelo comprar mucho en el Día del Libro y, probablemente, no tenga derecho a decir esto, pero me encantaría que los tenderetes que agraciaron las calles y plazas de nuestro país hace unos días se quedaran allí todo el año. Como hacen con sus tiendas los famosos bouquinistes —vendedores de libros usados y antiguos— que llevan siglos a orilla