Michiko —una buena amiga mía— tenía tres años cuando Estados Unidos detonó dos bombas atómicas sobre Japón. Ella se crió en Sasebo, unos 100 kilómetros al norte de la ciudad de Nagasaki, donde el 9 de agosto de 1945 se produjo la segunda detonación. Michiko no recuerda muchas cosas de aquel día fatídico, pero, recientemente, fue de visita a su país y volvió con una historia que yo no olvidaré fácilmente.
A Naotake, un conocido de Michiko, algo mayor que ella, la explosión lo cogió en la escuela, en Nagasaki. El edificio donde asistía a clase se derrumbó y los niños quedaron atrapados bajo los escombros. Quizá para darse ánimo, los pequeños se pusieron a cantar, pero, a medida que transcurría el tiempo y nadie venía a rescatarlos, una a una las voces se fueron apagando. En algún momento, Naotake logró liberarse y se puso frenéticamente a buscar a sus compañeros de escuela entre los cascotes. Logró encontrar a algunos, pero estaban muertos y, con horror, Naotake observó que la violencia de la explosión les había arrancado a muchos los ojos. También a un amiguito suyo al que encontró todavía con vida y que le pidió, como último deseo, que buscara a sus padres y les entregara una cosa:
“¿Le ha explicado alguien cómo va lo de Internet?” bromeaba hace unos días un internauta español en las redes sociales. El comentario se refería a Santiago Pedraz, el juez de la Audiencia Nacional que, el pasado viernes 22 de marzo, ordenaba el bloqueo de la aplicación de mensajería Telegram en España.
La lluvia de críticas a Pedraz durante el fin de semana fue tal que, el lunes 25 a primera hora, el juez solicitaba un informe urgente a la Comisaría General de Información sobre las consecuencias de su orden. Apenas unas horas después, la Audiencia Nacional anulaba el bloqueo de Telegram —un bloqueo que, en realidad, nunca llegó a producirse—. De haber pedido el informe antes de emitir la orden, como marca la lógica, Pedraz probablemente hubiera evitado convertirse en el hazmerreír de toda España y de media Europa.
Viendo las prisas del juez, uno hubiera pensado que tenía indicios, qué sé yo, de que una célula terrorista estaba utilizando Telegram para planear un atentado inminente en nuestro país. Para bien o para mal, Telegram es una aplicación de mensajería que —al menos de eso se jacta— jamás revela datos sobre la actividad de sus usuarios, ni siquiera a las autoridades. Para bien
Ser agricultor debe ser duro. No solo por ser un trabajo exigente físicamente —eso también—, sino por los constantes retos a los que los agricultores deben enfrentarse: cuando no es la sequía, son las inundaciones; cuando no son las difíciles condiciones del mercado, son nuevas regulaciones que los obligan a cambiar la manera de trabajar.
Y ahora están también, por supuesto, las energías renovables. Esas maravillosas granjas solares y eólicas —que a veces esperamos, se diría, que de un plumazo resuelvan la crisis climática— tienen que ubicarse en algún sitio. Quizá en mi ignorancia de urbanita, cuando oigo hablar de la España vaciada, me imagino enormes extensiones de tierra sin utilizar. Terrenos perfectos para instalar grandes cantidades de paneles solares o de turbinas eólicas. Y, sin embargo, la realidad es que los conflictos por el uso de la tierra entre la agricultura y las energías renovables son frecuentes, como reflejó vívidamente Carla Simón en su película Alcarràs.
Ahora, sin embargo, la agrovoltaica propone que, en lugar de competir, la energía solar y los cultivos se complementen. En una instalación agrovoltaica, se colocan —típicamente a varios metros de altura— paneles
Cuando vivía en Barcelona y pasaba por la Rambla, me detenía siempre, aunque fuera por un momento, frente a la pastelería Escribà. Las esculturas de chocolate que solían tener expuestas en el escaparate eran auténticas obras de arte. Imagino que no era casualidad, porque dicen que Antoni Escribà —a quien llamaban “el mago del chocolate”— realmente nunca quiso ser pastelero sino artista y, más concretamente, escultor.
Antoni falleció ya hace años —ahora lleva el negocio Christian, su hijo, también un reputado pastelero— pero, si el viejo maestro chocolatero todavía siguiera entre nosotros, probablemente no estaría muy contento al ver los precios de su materia prima favorita. La verdad, nadie en el negocio de la pastelería lo está, en especial en esta época del año, cuando el producto estrella son las monas de Pascua.
Contaba EPE —El Periódico de España— el pasado 27 de marzo que el precio del cacao está marcando récords. El precio por tonelada supera ya los 10.000 dólares, cuando, hace un año, al parecer no llegaba a los 3.000. El fenómeno, en parte, se debe a las malas cosechas en África occidental. Pero también, según explicaba EPE, a que los fondos de inversión están especulando co
Hace unos días, estaba sentada frente al mar, en una playa de rocas, cuando llegó una pareja con un perro. “Le encanta nadar aquí”, le dijo la chica al chico. El perro correteaba de un lado a otro, pero no se decidía a entrar en el agua. Entonces, el chico cogió una piedra y la tiró al mar. El animal hizo un ademán de lanzarse al agua, pero la piedra, como es lógico, se hundió rápidamente y el perro se detuvo. El joven se pasó más de 15 minutos —no exagero, os lo aseguro— echando piedras al agua, y la reacción del perro fue exactamente la misma cada vez. Estuve tentada de buscar un palo y lanzarlo al agua, pero pensé que, si funcionaba, quizá el chico se hubiera sentido ofendido.
El comportamiento de aquel joven me pareció cómico y, sin embargo, muy común. No es del todo infrecuente, creo, infravalorar la inteligencia de nuestros compañeros caninos. Un estudio publicado el pasado 22 de marzo en la revista Current Biology quizá haga cambiar a alguno de opinión. El objetivo del estudio, llevado a cabo en la Universidad Eötvös Loránd de Budapest, en Hungría, era ver si los perros eran capaces de entender que algunas palabras representan objetos.
Perro y dueño participaban juntos en el