Imagino que a Putin le encanta cuando hay elecciones en Rusia. Es el momento para darse a sí mismo unas palmaditas en la espalda. El momento de decidir, con independencia de las papeletas depositadas por sus compatriotas en las urnas, los resultados de la votación. Y el momento de reírse de todos los que nos tomamos en serio la democracia.
Comentando las elecciones rusas en los términos en los que las comentamos —no puedo evitar pensarlo— , le hacemos el juego a Putin. Como decía hace años el lingüista George Lakoff: ¿qué le viene a uno a la cabeza cuando escucha “¡No pienses en un elefante!”? La cobertura mediática de las elecciones rusas utiliza el mismo lenguaje que el de los comicios legítimos. ¿Por qué hablar de porcentajes de participación, o de apoyo a Putin —aún advirtiendo que las elecciones no han sido ni libres ni justas—, cuando sabemos perfectamente que estamos diseminando datos falsos, de propaganda del Kremlin? El simple uso de la palabra “elecciones” ya es, en mi opinión, un error. Por mucho que añadamos la palabra “fraudulentas” después. Hora de inventarse otro término.
Se antoja difícil, la verdad, sacar algo en positivo de lo ocurrido en Rusia entre los pasados día
El suspiro de alivio pudo oírse en muchos lugares de Europa. El pasado miércoles, 13 de marzo, casi 4 meses después de las elecciones holandesas, Geert Wilders anunciaba en las redes sociales que no tenía los apoyos suficientes para convertirse en primer ministro.
No ha sido por falta de ganas. Después de la sorprendente victoria de su formación política, el Partido de la Libertad, en las elecciones, un Wilders exultante pensó que, tras décadas en la política, había llegado finalmente su hora. Las negociaciones para formar un posible Gobierno de coalición, sin embargo, se anticipaban difíciles. El diario Algemeen Dagblad las calificó como algo más que difíciles: “tóxicas y marcadas por las críticas mutuas y las habladurías”.
Al final, Wilder consiguió solo el apoyo de uno de los tres partidos involucrados en las conversaciones, además del suyo propio. El controvertido político islamófobo asegura estar furioso. Y también dice que el hecho de que no pueda gobernar va “en contra de la Constitución”. Una cantinela que ya hemos escuchado antes en otros lugares, típica de quienes, en realidad, no respetan las normas democráticas. El partido de Wilders, aunque el más votado, obtuvo solo 37
En el mundo de la educación abundan los debates. En España —quizá en otros países también— las discusiones suelen ser encarnizadas y, en muchos casos, recurrentes. Ahora, Cataluña ha vuelto a abrir la caja de los truenos con la cuestión de los horarios escolares: ¿jornada intensiva —de 8 a 3, con dos descansos— o jornada partida —de 9 a 1 y de 2:30 a 4:30 —?
Después de la pandemia de Covid, en Cataluña, y en otras comunidades autónomas, se impuso el horario intensivo. Ahora, los alumnos de la mayoría de centros de enseñanza secundaria catalana tienen las tardes libres. Pero, tras los malos resultados obtenidos en el último informe PISA, el Gobierno autonómico catalán ha planteado una serie de medidas para corregir la situación, entre las cuales está, como comentaba infoLibre el pasado 9 de marzo, “avanzar hacia una educación a tiempo completo”.
Los docentes, acostumbrados ahora al horario intensivo —aunque tengan que quedarse hasta más tarde que los alumnos— sin duda pondrán el grito en el cielo. En cuanto a los padres, yo, en principio, hubiera pensado que les resultaría más conveniente el horario escolar partido. Y, sin embargo, una votación celebrada entre los padres de 203 centr
En el pueblo de mi madre, la panadería de la plaza mayor estuvo cerrada durante años. Un descolorido cartel de “se traspasa” colgaba de la puerta, y en él todavía podía leerse un número de teléfono, pero, después de tanto tiempo, uno se preguntaba si seguiría funcionando. De eso, sin embargo, hace ya tiempo. Dicen que ahora viven en el pueblo muchos escandinavos. La fiebre del pan artesano, imagino, habrá desembarcado también allí, y la panadería de la plaza mayor probablemente haya vuelto a prosperar.
El panadero del pueblo de mi madre se alegraría, imagino, al ver que muchos jóvenes vuelven a tener interés en hacer pan. Es fascinante, de hecho, ver a la gente tan diversa que atrae hoy en día el oficio: músicos, ingenieros, carpinteros… Y lo sé porque yo misma estuve unos años trabajando de panadera. Después lo dejé, y a veces me arrepiento. En especial, cuando veo lo bien que les va a mis antiguos compañeros de oficio. Otras veces, sin embargo, creo que hice bien en escuchar a mi cuerpo, que, después de un tiempo trabajando de noche, me pidió parar.
El pasado 10 de marzo, con motivo de una charla ofrecida por la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, Europa Press informaba de que traba
“Vengo a que me sorprendan”, decía hace unos días en ARCO — la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid— Ella Fontanals-Cisneros. No debe ser fácil sorprender a una coleccionista tan experimentada, y, sin embargo, al poco de hacer el comentario, Fontanals-Cisneros adquiría, frente a las cámaras de RTVE, una obra de la artista española Teresa Lanceta.
Estos días, he leído alguna queja en los medios: se dijo que la edición de ARCO de este año, celebrada entre el 6 y el 10 de marzo, ha asumido pocos riesgos y que la feria se ha vuelto muy comercial. Puede ser, aunque uno pensaría que, en un evento de semejante tamaño —205 galerías de 36 países, 400 coleccionistas internacionales y 200 profesionales invitados—, hay lugar para todo.
Los 100.000 visitantes de 2024 han igualado los de 2023, y, con un 43 % de mujeres exponiendo sus creaciones artísticas, la edición de este año ha sido la primera con paridad de género. Maribel López, la directora de ARCO, comentaba tras la clausura que el evento había sido “muy satisfactorio para los galeristas”. Las cifras de ventas no se hacen públicas, pero del comentario de López parece deducirse que la feria ha sido un éxito comercial. Las obr