El pasado jueves, el opositor ruso Alexéi Navalni asistía a una vista judicial por videoconferencia. Al final de la comparecencia, Navalni bromeaba con el magistrado, diciéndole que le enviaría el número de su cuenta bancaria para que la pudiera “calentar un poco” con su “enorme salario” de juez federal. “Porque a mí se me está acabando el dinero y, con la decisión que acabas de tomar, se me acabará incluso más rápido”, añadió Navalni. El juez no pudo por más que sonreír.
A juzgar por su actitud despreocupada, uno hubiera podido pensar que el opositor ruso estaba, qué sé yo, en arresto domiciliario. En algún cómodo apartamento del centro de Moscú. Como todos sabemos, no es el caso. En diciembre, Navalni había sido transferido a la colonia penal IK-3, situada a unos 65 kilómetros del círculo polar ártico. Una de las prisiones más duras de Rusia. Un lugar deprimente donde, según diversos informes, reina una cultura de castigo colectivo hacia los presos.
Seguro que a Putin le hubiera encantado ver a un Navalni abatido ante el juez. Pero no. El opositor apareció ante la cámara tan indómito como siempre. De buen humor, incluso. Tuvo que ser una bofetada para Putin. La enésima que le propi
Un bonito recuerdo que me llevé de los meses que pasé en Japón, hace unos años, es el de oír niños cantando. En aquella época, cogía con frecuencia el tren para ir a Tokio. Los vagones solían ir abarrotados, pero reinaba tal silencio que, si uno cerraba los ojos, no resultaba difícil imaginar que no había nadie más en el tren. De vez en cuando, no obstante, el silencio era interrumpido por un adorable sonido: el de un niño pequeño cantando.
A veces, cuando venía en el tren un amigo también extranjero, hacíamos la broma cruel, al oír el canto de algún niño, de que esa feliz espontaneidad tenía los días contados; que el sistema pronto le quebrantaría el espíritu al pequeño. En Japón, comenzar el colegio significa, entre otras cosas, empezar a aprender numerosas normas y convenciones sociales, sufrir la presión de planes de estudios exigentes y, si se tiene mala suerte, quizá incluso experimentar episodios de acoso escolar, un serio problema en el país.
No todos los niños japoneses llevan bien el proceso de escolarización. Hace unos meses, el Japan Times informaba de que, en 2022, casi 300.000 niños —un 3,2 % del total— se negaron a ir al colegio durante un mes o más. Un aumento del 22
De niña, yo jugaba al balonmano en el colegio. Ahora, creo que muchos padres se involucran más en las actividades deportivas de sus hijos, pero en aquella época no. Solo había un padre que venía a ver los partidos… y se enfadaba muchísimo. Gritaba como un energúmeno desde la banda cada vez que, en alguna jugada, su hijo no hacía lo que él esperaba. Después dejó de venir —no sé si alguien habló con él— y fue un gran alivio, no solo para su hijo, sino también para el resto del equipo.
El desagradable recuerdo de aquel hombre, cuya presencia nos robaba la diversión, me vino a la memoria hace unos días. Contaba El Independiente, el pasado 10 de febrero, el caso de unos niños futbolistas cuyos padres viven de ellos. En España, el fútbol es el deporte rey y, en algún momento, muchos niños sueñan con ser futbolistas. Para la mayoría, no deja de ser eso: una fantasía. Pero, a algunos niños, sus padres les roban el sueño y lo convierten… en un negocio.
Según un “ojeador” consultado por El Independiente, los ingresos medios de un chico de 16 años que esté en una de las canteras de élite del fútbol español son unos 20.000 euros al año. Pero los chavales más prometedores —la crème de la crème— p
Desde que existe el pintalabios, existe la niña —o el niño, o el chiquillo no binario— que, como mamá, quiere pintarse los labios. Un juego infantil, una anécdota que contar años después, quizá sacando de algún polvoriento álbum familiar una foto que demuestre que sí, que aquel momento ocurrió.
De alguna manera, de la anécdota del pintalabios, y otros comportamientos infantiles similares, hemos pasado a tener una incipiente industria de productos de estética para niños que, según la BBC, en 2028 facturará casi 400 millones de dólares en todo el mundo. Una industria que tiene en su punto de mira a las niñas preadolescentes, de entre 9 y 12 años, e incluso más jóvenes.
Entre las manifestaciones más visibles de cómo están cambiando las cosas —ya ahora, sin necesidad de esperar a 2028— está el fenómeno de los “Niños Sephora”. Medio mundo anda preguntándose qué hacen grupos de niñas de 10 años entrando en tropel en las tiendas de la multinacional francesa de productos de belleza; arrasando con los productos de muestra; probándose volumizadores de labios, sérums de pestañas, retinol y qué sé yo cuántas cosas más, como le contaba a El Periódico de España una dependienta de Sephora en Madrid
Si tuviera tiempo y dinero ilimitados, dudo que jamás volvería a coger un avión. No es solo incómodo el desplazamiento en sí —el aire recirculado, las estrecheces—, sino también el antes y el después. Una de las maneras creativas que han encontrado las aerolíneas, en los últimos años, para hacer la experiencia incluso más desagradable, es la de cobrar por cosas insignificantes: elegir asiento, por ejemplo.
El pasado jueves, 15 de febrero, el Comité de Peticiones del Parlamento Europeo aceptó estudiar la denuncia de un ciudadano español contra la asignación aleatoria de asiento de las compañías aéreas. El denunciante, Alfonso Rodríguez, de la organización de consumidores Facua, argumenta que esta práctica puede afectar a la seguridad de los vuelos.
"Ha habido problemas con pasajeros que han tenido que dejar solos a sus hijos de 13 o 14 años, la tripulación de los vuelos ha tenido que soportar el cabreo y esto puede afectar incluso a la seguridad del vuelo”, declaraba recientemente Rodríguez. “¿Imaginen que viaja una persona con un problema psicológico”, continuó el denunciante, “que pueda presentar un ataque de ansiedad y que no esté con su acompañante?”.
Apoyo totalmente la denuncia d