Europa está harta de Viktor Orbán. El presidente húngaro se ha aficionado a chantajear a la Unión Europea —de la que Hungría es país miembro—, vetando decisiones que no son de su agrado. En diciembre, en contra de la voluntad del resto de países de la UE, Orbán bloqueó un importante paquete de 50.000 millones de euros en ayuda para Ucrania.
En Bruselas, por supuesto, ya lo conocen. Algún líder europeo ha confesado haberse resignado a que Orbán diga lo que quiera, siempre que haga lo correcto. Como un niño caprichoso al que se deja hacer la pataleta. Al final, Orbán suele ceder, pero su actitud ralentiza incluso más los ya de por sí lentos procesos de decisión de la UE, y transmite una imagen de falta de unidad.
El pasado 1 de febrero, los líderes europeos volvieron a reunirse y, esta vez, se aprobó la ayuda para Ucrania. Dicen que, el jueves por la mañana, antes de la sesión plenaria, convocaron a Orbán a una reunión de urgencia. Estaban presentes el canciller alemán, la primera ministra italiana, el presidente francés, la presidenta de la Comisión Europea y el presidente del Consejo Europeo, es decir, los pesos pesados del grupo. Si las informaciones que han trascendido son ciertas,
Quién no ha acudido a Internet con un problema de salud. Estos días, es lo primero que muchos, quizá la mayoría, solemos hacer al notar algún tipo de síntoma. Casi siempre, antes de ir al médico. De hecho, al menos en mi caso, lo que encuentro en la red es, en buena medida, lo que determina si voy al médico o no.
Una manera de proceder no exenta de riesgo, si uno se para a pensarlo. Me gusta creer que, cuando navego por Internet, soy capaz de distinguir fuentes de información fidedignas de las que no lo son. Y, sin embargo, nadie es inmune a los cantos de sirena del marketing. Especialmente, cuando uno se encuentra en un estado vulnerable por problemas de salud.
Durante la pandemia de Covid, explotó el número de apps relacionadas con la salud, y, en particular, con la salud mental. Pero, como informaba The Guardian el pasado 4 de febrero, diversos expertos han señalado la existencia de importantes problemas con estas aplicaciones móviles. Un análisis de 32 populares apps de salud mental, llevado a cabo por la Fundación Mozilla, descubrió, por ejemplo, que 19 de ellas no protegían adecuadamente la privacidad y la seguridad de los datos de los usuarios.
Más allá de las cuestiones de pro
Inadvertidamente, el cartel de la Semana Santa de Sevilla de este año parece haberse convertido en una especie de test psicosexual a gran escala. Como el famoso test psicológico de Rorschach, ya sabéis, donde una, al observar una serie de láminas con manchas de tinta, tiene que decir qué ve.
Digo esto no porque el cartel sea abstracto —no lo es— sino por la reacción que ha provocado entre los sevillanos; a estas alturas, deben quedar pocos, o ninguno, que no hayan expresado ya su parecer sobre la obra. Y muchas de las opiniones, como comentaba recientemente el pintor Salustiano García, autor del cartel, parecen revelar más sobre quienes las profesan que sobre la pintura en sí.
El cartel —para el que García ha utilizado como modelo a su propio hijo, Horacio— muestra un Cristo resucitado sobre un fondo rojo, habitual en las obras del pintor. Un Cristo joven, bello, con pelo largo y barba. Sereno, las marcas de la pasión ya apenas visibles. “Un Cristo clásico, como los barrocos y renacentistas de España e Italia”, asegura García. Indudablemente, y, sin embargo, en mi humilde opinión, también con un pie firmemente plantado en el siglo XXI.
Admito que el Cristo de Salustiano García me dejó
Patrimonio Nacional está revisando sus colecciones de arte en relación a una posible herencia colonial. Pero representantes del organismo público —dedicado al mantenimiento de los bienes históricamente vinculados a la Corona de España— ya han anunciado que creen no tener “ninguna pieza problemática”. Bonita manera de empezar.
La pièce de résistance del patrimonio nacional español es el Palacio Real de Madrid. Oficialmente, es la residencia del jefe del Estado, el rey de España, pero la familia real no vive allí. Dicen que es el palacio más grande de Europa Occidental, y yo me lo creo; tiene 135.000 metros cuadrados y 3.418 habitaciones.
El rey Felipe V, que lo mandó construir —en la primera mitad del siglo XVIII—, tenía sus motivos para levantar un edificio de tan descomunales dimensiones. Aunque yo, cada vez que contemplo la magnificencia del palacio —cuando paso por Madrid, me gusta pasear por la Plaza de Oriente, donde está ubicado— lo que me pregunto es cómo la Corona española pudo permitirse semejante desembolso. Y la respuesta, asumo, es que de la misma manera que, en la época del imperio español, pudo permitirse muchas otras cosas: gracias a la economía extractiva impuesta en
Cuando tengo una actitud esnobista respecto a algo, lo admito. Los cruasanes, por poner un ejemplo. O la pizza napolitana. Quizá ha llegado el momento de admitir mi esnobismo en relación a un nuevo tema: el café.
No lo había pensado antes, pero ahora me doy cuenta de algo obvio: los esnobismos son relativos. Mi esnobismo en relación al café, por ejemplo, parece estar geográficamente delimitado: se manifiesta en España, pero sospecho que, si viviera en Italia, o, digamos, en la costa oeste de Norteamérica, mi nivel de exigencia cafetera recaería, creo, más bien en la media.
En España, un país con una potente cultura gastronómica, ¿qué nos pasa con el café? Lo siento, pero no me enorgullece el café con leche que sirven en la inmensa mayoría de cafeterías de nuestro país. Basta ver cómo echan el café molido en el portafiltro, sin ningún cuidado, como atestigua la micro-orografía de café caído que suele formarse alrededor del molinillo. En muchos establecimientos, ni lo comprimen antes de poner el portafiltro en la máquina de café. La leche escaldada tampoco es infrecuente. Pero, señores míos, ¿cómo va a salir bueno el café? Sería un milagro.
Quizá la terca mediocridad del café en España