La habitación de Oscar Pistorius llevaba meses preparada. La que, supuestamente, ocupa ya en la mansión de Arnold Pistorius, su tío, en un barrio acomodado de Pretoria, en Sudáfrica, tras haber accedido a la libertad condicional el pasado viernes 5 de enero. Es posible que Pistorius conociera ya la estancia, porque el que fuera atleta paralímpico —y que seguirá siendo un asesino para siempre— creció bajo la tutela de su tío Arnold. Quizá, incluso, sea la misma habitación que Pistorius ocupó ya en 2015, cuando, grotesca e inexplicablemente, fue liberado de prisión y puesto temporalmente en arresto domiciliario tras haber cumplido apenas un año de condena.
Al conocer la noticia, hace unas semanas, de la liberación inminente de Pistorius, tuve un déjà vu. Era la enésima decisión judicial —o, en este caso, realmente, del Departamento de Servicios Correccionales sudafricano— del caso Pistorius que parecía un injusto disparate. ¿Cómo podía ser que recibiera la libertad condicional, habiendo cumplido tan solo la mitad de la condena?
El tufillo a privilegio de persona blanca que impregnó el aire durante algunas fases del juicio a Pistorius —en especial, quizá, la inicial, en 2014— ha vuelto
He descubierto que la Comisión Europea, siempre criticada por su lentitud, tiene un arma secreta: el Eurobarómetro flash. Hace unos meses, preocupada por el aparente desencanto de los ciudadanos europeos en relación a la democracia, la presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen, pidió hacer una de estas encuestas rápidas, con nombre de superpoder, para conocer en más profundidad la opinión de sus conciudadanos.
Imaginaros la monumental sorpresa si el Eurobarómetro flash encargado por la presidenta llega a revelar que los europeos estábamos encantadísimos con nuestras democracias. Pero no. En España, al parecer, un 52 % de los encuestados dijo estar insatisfecho. A mí no me llamaron, pero, de haberlo hecho, se hubieran topado con el típico encuestado quisquilloso. “La satisfacción, como todo, es relativa”, me imagino diciéndoles a los encuestadores.
Todavía tengo frescos en la memoria los innumerables resúmenes del año a los que, a partir de mediados de diciembre, lo queramos o no, estamos todos expuestos. Viendo cómo está el mundo, la democracia española me parece, y lo digo sin la menor sombra de cinismo, un auténtico lujo. Ahora bien —y quizá esto se acerque más a lo que pregu
Cual Charlton Heston blandiendo desafiante su rifle, cuando dijo aquello de “From my cold, dead hands!”, el madrileño se aferra al volante de su coche. A algunos, sin embargo, quizá ahora no les quede más remedio que soltarlo. Tras años de avisos, retrasos, y normativas poco contundentes, ha llegado el momento —el pasado lunes, 1 de enero— en que a cientos de miles de los coches más contaminantes de la Comunidad de Madrid se les ha prohibido finalmente circular por la capital. Y no solo por el centro; por la ciudad entera.
Se calcula que en la Comunidad de Madrid hay casi 840.000 coches sin distintivo medioambiental, los que más contaminan. La mitad ya tiene vetado, desde el primero de año, entrar en la capital. Y la otra mitad —los coches empadronados en la ciudad— tiene hasta finales de 2024 como ultimísimo periodo de gracia.
Dos días antes de que entrara en vigor la prohibición, algunos de los propietarios de estos coches circulaban en indignada procesión por una autopista madrileña, pidiendo un año de prórroga. En un breve comunicado, el alcalde de Madrid, Luis Martínez-Almeida, se apresuró a declinar la petición. No sin aprovechar la ocasión para dejar caer, además, que Madrid n
A mis gatos les aterrorizan las sirenas de los barcos. Vivo en una ciudad costera y, cuando los grandes cargueros —y los enormes cruceros, cargados de turistas— entran en el puerto, emiten un sonido de tal intensidad que hasta el más despistado de los navegantes se apercibe de su presencia.
“No tengáis miedo, es solo un barco”, les digo a veces a los gatos intentando adoptar un tono tranquilizador, pero nunca funciona; los pobres se meten debajo del sofá y no salen en un buen rato. El instinto de los felinos seguramente prevalecería, en cualquier caso, sobre mis palabras, pero es que, además, les hablo con poco convencimiento. La sirena de los grandes barcos —un sonido profundo, incluso gutural, que probablemente os resulte familiar— está pensada, creo, no solo para apercibir a otros barcos de su presencia; está pensada para urgirlos a que se aparten. Si no supiera lo que es, quizá yo también, al oír su sonido, correría a esconderme debajo del sofá.
Si mis gatos pudieran hablar, me pregunto, de entre los múltiples sonidos estridentes a los que están expuestos, incluso estando dentro de casa, cuáles dirían que les inquietan más. Uno de los peores sospecho que sería, junto con las sire
La palabra “Ozempic” lleva ya un tiempo sonando. Probablemente la hayáis oído. Yo sabía —vagamente— que el Ozempic era un fármaco para perder peso, pero me había formado la impresión, quizá de forma inconsciente, de que era poco más que una sustancia consumida por gente famosa obsesionada con el peso, y algo aficionada a las pastillas.
El pasado 31 de diciembre, PBS informaba que Science había declarado los medicamentos para perder peso “avance del año” 2023. Si lo dice Science, pensé, quizá deba informarme. Tras acudir a la página web de la prestigiosa revista científica, comprendí que estos fármacos están suponiendo una auténtica revolución en el tratamiento de la obesidad, para beneficio de mucha gente. Y comprendí también —debo admitirlo—, que, quizá dejándome llevar por los prejuicios, me había formado una primera impresión muy equivocada.
Cada vez más investigadores y profesionales de la salud, como explica Science, ven la obesidad como una enfermedad crónica ligada a la biología, y no como un simple problema de falta de voluntad. Una dolencia crónica con implicaciones serias, tanto por el estigma social que puede conllevar el sobrepeso, como por las enfermedades que, potencia