Quizá sea esto lo que sienten los seguidores de Putin cuando lo escuchan dar un discurso, pensé mientras veía en el móvil las declaraciones de Trump tras su victoria en las primarias republicanas de Iowa. El expresidente estaba, por motivos obvios, de buen humor. Se mostró, incluso, magnánimo en la victoria, felicitando a los otros candidatos republicanos. Y después se lanzó a pregonar, un poco sin ton ni son, algunas de las maravillas de la que espera sea su segunda presidencia: la bonanza de nuevas prospecciones petrolíferas; el fin —de un plumazo de su mano— de la guerra de Ucrania, y del conflicto palestino-israelí; el coto al ascenso de China; y quién sabe cuántas cosas más.
Personalmente, considero a Trump, entre otras cosas, un fabulista. Y, la mayoría de sus promesas, palabras totalmente vacías. Evito oírlo hablar más de unos pocos segundos. El pasado 15 de enero, sin embargo, me sorprendí escuchando varios segmentos relativamente largos de su discurso de la victoria en Iowa. Diría que algo ha cambiado. Quizá lo han asesorado para que suavice el tono.
En cualquier caso, por primera vez entendí —creo— el encanto que Trump tiene para el votante republicano. Pude entrever la agr
Es curioso: mientras que el Taipei Times se refiere al presidente electo taiwanés como William Lai, la mayoría de periódicos occidentales parecen decantarse por el nombre Lai Ching-te. Yo creo que, al ser este señor un médico, y aunque no ejerza, deberíamos llamarlo respetuosamente Dr. Lai. Como hicimos toda la vida en España con el Dr. Iglesias —el padre del cantante Julio Iglesias—, que también era médico, aún décadas después de que se hubiera retirado.
En fin, con título honorífico o sin él, el Sr. Lai, como todos los demócratas taiwaneses, merece, creo, nuestro más profundo respeto. A partir de mayo, cuando tome posesión, Lai se embarcará en la ardua tarea de gobernar Taiwán bajo la presión de China, y necesitará todo el apoyo de Occidente. Pero el primer paso era, por supuesto, darle la enhorabuena tras su victoria en las elecciones presidenciales, cosa que Estados Unidos, Reino Unido, la Unión Europea, y otras democracias se afanaron a hacer.
Las —previsibles— felicitaciones occidentales provocaron la —previsible— queja de Pekín. La incertidumbre residía, únicamente, en la intensidad de la respuesta china que, en general, puede ir desde la simple “carita triste” diplomática al
Si, hace 20 años, las costas gallegas se tiñeron de negro por el vertido del Prestige, este principio de año se vieron cubiertas por una marea blanca de pellets. En comparación con las impactantes imágenes, hace dos décadas, del crudo emponzoñando el litoral de Galicia —aves marinas, moribundas, cubiertas de las patas a la cabeza por la negra sustancia, el agua del mar convertida en espeso chapapote—, estas pequeñas bolitas de plástico parecen casi inofensivas.
Las apariencias, sin embargo, pueden ser engañosas. En su momento, limpiar las miles de toneladas de petróleo derramado por el petrolero Prestige, tras su hundimiento frente a las costas gallegas, fue una auténtica pesadilla, como sin duda recordarán los miles de voluntarios que, enfundados en monos blancos, participaron en las tareas de limpieza. Pero retirar los millones de pellets que, vertidos por el carguero Toconao frente a las costas de Portugal a principios de diciembre, acabaron en Galicia, Asturias y Cantabria, tampoco está siendo tarea fácil.
El vertido de pellets en la costa atlántica española es un problema grave del que todavía no se conoce, creo, el verdadero alcance. Quisiera pensar, en todo caso, que esta cris
Confieso que yo soy más del Black Friday de sofá. Las colas de madrugada en la tienda, las carreras al abrirse las puertas, el ocasional codazo, si es necesario, para hacerse con el objeto deseado —codiciado, incluso— me resultan del todo ajenos.
Está claro que, a muchos —es evidente por las imágenes que transcienden cada año—, estas cosas les divierten. Quizá, incluso, les dan un pequeño subidón de adrenalina. A ellos, mi versión del Black Friday les resultaría, sospecho, sumamente aburrida. Cuando hay un producto que me interesa, con frecuencia algo de electrónica, me paso horas frente a la pantalla, comparando pacientemente distintas tiendas online. Al final, si encuentro una oferta que me convence, hago la compra, pero no siempre ocurre. Este año, por ejemplo, pasó el Black Friday y no llegué a comprar nada.
Si todo el mundo se lo tomara como yo, el Black Friday no sería el fenómeno que es. Quizá ni existiría. Obviamente, no es el caso. En España, este día de rebajas, que llegó hace una decena de años, triunfa. De hecho, como informó Vozpópuli el pasado 14 de enero, en nuestro país el saldo de los créditos al consumo aumentó en noviembre de 2023 aproximadamente en 11.000 millones
Uno de mis tesoros de juventud son los recuerdos del verano que pasé en Ibiza. Mis tíos habían alquilado una planta baja cerca de una bonita cala. Un lugar simple, pero limpio y espacioso. Recuerdo el agradable frescor del suelo de terrazo bajo mis pies, cuando mis primos y yo volvíamos acalorados de coger cangrejos entre las rocas de la cala.
Desde entonces han pasado décadas, y yo no he vuelto a Ibiza. Me pregunto qué aspecto tendrá la vieja casa. Quizá en su lugar haya ahora un chalet de lujo, pero, aunque todavía sea la misma sencilla edificación de antes, dudo mucho que, hoy en día, mis tíos, que eran profesores de escuela, pudieran permitirse alquilar aquella planta baja durante los dos largos meses de verano que tenían de vacaciones.
Contaba eldiario.es, el pasado 13 de enero, la triste noticia de una persona a la que encontraron muerta, recientemente, en una cueva ibicenca cerca de unos acantilados. Una cueva que, a juzgar por los enseres que encontraron allí los servicios de emergencia, era el lugar donde vivía la persona fallecida.
De momento, no se sabe mucho acerca de la persona muerta. Su historia, sin embargo, quizá no sea tan diferente a los numerosos y desgarradores dr