En la novela Conversación en La Catedral, obra maestra del premio Nobel de literatura peruano Mario Vargas Llosa, el protagonista se hace a sí mismo una pregunta que ya forma parte de la historia de las letras hispanoamericanas: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”. La respuesta nunca fue fácil. Fuese cuando fuese, desde entonces, son muchos los que se han propuesto enderezar un país rico, lleno de gente pobre.
Esa tarea es la que afronta Pedro Castillo desde este miércoles, tras jurar el cargo de presidente. Maestro de escuela de origen campesino, líder sindical en las huelgas de profesores allá por 2017 y siempre tocado con un sombrero chotano –típico de la ciudad agrícola de Chota, en las montañas del interior del país– Castillo es, a sus 51 años, el nuevo ícono de la izquierda latinoamericana.
Su victoria no ha sido fácil. Nunca en la historia de la frágil democracia peruana se había tardado tanto en culminar un recuento electoral y proclamar al nuevo presidente. El retraso de un mes desde el fin del escrutinio oficial tiene una única causa: las 271 reclamaciones para anular miles de votos recibidos por Castillo que plantearon los abogados de su rival, la ultraconservadora
En los meses más crudos del invierno, cuando los días son cortos y oscuros, me consuelo pensando que en algún lugar del globo terráqueo es verano y alguien disfruta de la lentitud y los aromas propios de esa estación. Pero los veranos de la infancia ya no son lo que eran, al menos en el hemisferio norte.
En las últimas semanas hemos recibido noticias muy preocupantes relacionadas con el clima. Desde el 13 de julio, intensas tormentas en Alemania y Bélgica han provocado crecidas en arroyos arrasando con coches, casas y los sueños de miles de personas. Las víctimas mortales llegan a las 200 y, lamentablemente, se espera que el número siga aumentando. "No creo que el idioma alemán tenga palabras para describir esta devastación", dijo consternada la canciller Angela Merkel al visitar una de las zonas afectadas.
Días antes, en Canadá, la muerte llegó en forma de una ola de calor sin precedentes, con picos de temperatura cercanos a los 50 º C en zonas de la Columbia Británica, donde las autoridades cifraron en medio millar el número de personas que perdieron la vida. Al auge de las temperaturas contribuyeron, además, enormes incendios forestales que plantearon un escenario apocalíptico.
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Para los poderosos es una enorme tentación aplicar la vieja expresión de ‘matar al mensajero’. Es decir: hacer culpable de las malas noticias a aquel que simplemente las comunica. Algo así es lo que está pasando en Brasil. Allí, en una especie de contraataque legal, el Ministerio de Justicia ha pedido que se investigue al congresista Luis Miranda, denunciante de una presunta trama de corrupción que ha puesto en el punto de mira al presidente del país, el ultraderechista Jair Bolsonaro.
A finales de junio, Luis Miranda y su hermano Ricardo –alto cargo en el Ministerio de Salud– denunciaron ante una comisión del Senado un fraude en el contrato de compra de 20 millones de dosis de la vacuna Covaxin, fabricada en la India, que fueron adquiridas a un precio mil veces superior al presupuestado inicialmente.
El congresista –que para declarar tuvo que acceder al recinto protegido por un chaleco antibalas ante la avalancha de amenazas recibidas– afirmó haber alertado de esta irregularidad en persona al líder de su mismo partido, que no es otro que el propio Bolsonaro. Este, tras haberle “mirado a los ojos”, le había asegurado que la Policía iba a investigar el asunto, algo que nunca sucedió.
Durante una cena o tomando algo con amigos, es raro que no hablemos en algún momento de música, de series o de las películas de moda. El otro día, en una de esas tertulias, alguien comentó una noticia que había leído en la revista Variety: la novena entrega de la saga Fast & Furious iba a proyectarse nada menos que en el elitista festival de cine Cannes, en Francia. La conversación se animó entonces con un encendido debate sobre si el entretenimiento más comercial puede ser considerado como cultura.
Para algunos existe una diferencia radical entre creaciones destinadas a la mera evasión, al disfrute sencillo, y la llamada ‘alta cultura’: esa que exige preparación y esfuerzo para ser apreciada. Lo cierto es que la línea que separa una cosa de la otra saltó por los aires cuando los organizadores de Cannes decidieron incluir en su programación, aunque fuera de concurso, un filme de persecuciones de coches, balaceras y esquemáticos valores familiares.
La película, cuyo rodaje costó unos 200 millones de dólares, en apenas un mes desde su estreno oficial, a finales de junio, ha recaudado más de 600 millones en todo el mundo. Ese éxito masivo hace que para algunos de mis amigos esa película