El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca ha representado, tal como se preveía, un fuerte vendaval que ha puesto todo patas arriba. Muchos simpatizantes demócratas comentaban abiertamente, a lo largo de los últimos meses, que la verborrea de Trump no era más que simple charlatanería. Pero ahora están descubriendo con estupor que las promesas y amenazas del magnate iban muy en serio. En su campaña electoral, Trump dijo que sería "un dictador sólo el primer día". Y el 20 de enero, el mismo día en que tomó posesión como presidente, firmó más de doscientas órdenes ejecutivas. De hecho, una de las reformas del mandatario —aquella que invalida el derecho a la ciudadanía para los hijos de inmigrantes indocumentados nacidos en Estados Unidos— ya se ha topado con la reacción en contra de la justicia debido a su inconstitucionalidad.
Este tipo de reacciones judiciales no serán, por supuesto, un impedimento para que Donald Trump siga adelante con su estilo característico que ya todos conocemos. Y uno de los temas que más preocupan a gran parte de la comunidad internacional está relacionado con sus reiteradas ansias expansionistas. Donald Trump ha puesto en el punto de mira tanto a Groenland
Coloquemos en un recipiente una buena dosis de racismo, misoginia, homofobia e islamofobia, añadamos unas grandes porciones extras de poder político, populismo y exaltado amor a la patria, por último agreguemos unos polvitos mágicos, agitemos todo con fuerza durante algunos segundos, digamos "abracadabra", y finalmente obtendremos un clásico líder ultraderechista.
Y es que todos estos elementos, o al menos la mayoría de ellos, parecen estar inoculados en el ADN de un dirigente de extrema derecha. Y si tenemos alguna duda, prestemos atención a los discursos de Javier Milei. El presidente argentino no cesa de colocar en el punto de mira de sus invectivas a todo lo que le huela a progresismo. Y claro, dentro del amplio saco del progresismo, Milei ha metido, por supuesto, al feminismo y al movimiento LGTB+. Lo demostró una vez más durante el reciente Foro Económico Mundial de Davos, la célebre conferencia anual donde las personas más ricas y poderosas del planeta, en su inmensa mayoría hombres blancos, opinan acerca del rumbo más adecuado que debe tomar la civilización humana. Allí, el pasado 23 de enero, Milei arremetió nuevamente contra la "ideología de género" (entiéndase respeto a l
El último disco del famoso cantante puertorriqueño Bad Bunny, publicado a principios del mes pasado, sigue dando bastante de qué hablar. De hecho, como ustedes recordarán, en este programa nos sumamos a ese debate colectivo, al comentar el modo en que el artista fusionó eficazmente la cadencia del reguetón con los contagiosos ritmos de la salsa.
Y ese álbum, titulado Debí tirar más fotos, sigue brindando variados temas de conversación que no tienen relación con el aspecto eminentemente musical. En esta ocasión, vamos a centrarnos en un elemento visual singular, el cual ha tenido bastante importancia durante la campaña promocional del disco. Se trata del sapo concho, un anfibio típico de la isla de Puerto Rico que aparece en varios de los videos musicales del álbum, así como en la contraportada del disco. Bueno, en realidad no podemos ver el sapo real en sí, sino más bien su representación digital y en animación por stop motion, esa particular técnica de filmación que consiste en dar vida a un objeto inanimado a través de la sucesión de imágenes fotográficas.
Pero lo más relevante no es la simpatía que genera observar los graciosos movimientos de esta divertida animación digital, sino
Quien haya visitado el museo parisino del Louvre en los últimos tiempos seguramente opinará algo semejante: pasear por sus salas y pasillos se ha vuelto una tarea bastante difícil, debido a la sobreabundancia de visitantes. Pero lo más complicado de todo es conseguir acercarse a unos pocos metros de la mayor atracción del museo: la Gioconda, también conocida como la Mona Lisa, la gran obra maestra del pintor renacentista florentino Leonardo da Vinci. Resulta extremadamente agotador intentar fijar la mirada sobre este enigmático lienzo incluso durante unos segundos, pues la maraña de cabezas, y sobre todo de teléfonos celulares que se agolpan frente al célebre cuadro, hacen prácticamente imposible esa simple tarea.
La saturación ha llegado a tal extremo que la propia directora del museo, Laurence des Cars, reconoció en un reciente documento, dirigido a la ministra de Cultura, Rachida Dati, que visitar el Louvre se ha convertido en "una prueba física". Y es que este museo, probablemente el más famoso de todo el planeta, recibe cada año a más de ocho millones de visitantes (el año pasado fueron casi nueve), cuando en realidad sus espacios están diseñados para albergar a menos de la mit
Jannik Sinner es definitivamente el tenista del momento. Lleva nada menos que veintiuna victorias consecutivas en las pistas, una cifra que infunde temor reverencial. La última de esas victorias la consiguió Sinner en la final del Abierto de Australia, celebrada el pasado 26 de enero en la ciudad de Melbourne. Su contrincante fue el alemán Alexander Zverev, quien recibió una verdadera paliza. El jugador italiano tan sólo necesitó tres sets consecutivos para alzarse con un nuevo trofeo de Grand Slam, el tercero en tan sólo el último año.
La verdad es que su más reciente triunfo no sorprendió a nadie. Así que la gran sorpresa ocurrió en otro momento del torneo australiano. Más concretamente, durante el partido de semifinales que enfrentó a Zverev con Novak Djokovic. Al finalizar el primer set, el cual se decidió a favor del alemán tras una ajustada tanda de desempate, Djokovic decidió de pronto retirarse del partido. Tal fue la perplejidad que provocó su inesperada decisión −sobre todo porque estaba jugando francamente bien hasta ese momento− que incluso el propio Zverev parecía no poder creérselo cuando estrechó la mano del jugador serbio por encima de la red. Mucho menos se lo podía