Pero vamos a empezar, si les parece, por los controvertidos planes de Trump para la franja de Gaza...
El “destino manifiesto” fue una doctrina sobre la cual Estados Unidos cimentó su política expansionista por Norteamérica durante el siglo XIX. Se fundamentaba en considerar a este país como una nación “elegida” y destinada a expandirse desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico. En su discurso de investidura, el pasado 20 de enero, Donald Trump resucitó esta doctrina al decir que “Estados Unidos volverá a considerarse una nación en crecimiento: una nación que aumenta su riqueza, expande su territorio, construye sus ciudades, eleva sus expectativas y lleva su bandera a nuevos y hermosos horizontes”. En las últimas semanas, Trump, entre otras cosas, ha planteado recuperar el control del Canal de Panamá y comprar Groenlandia.
En un nuevo capítulo de sus ínfulas expansionistas, la semana pasada, Trump, durante una conferencia de prensa en Washington en la que participó también el primer ministro israelí, aludió a un hipotético plan para el futuro de Gaza. Un plan que incluiría la deportación de dos millones de gazatíes y la conversión de la franja en la “Riviera” de Oriente Medio, un paraíso turístico y residencial.
El plan de Trump es absolutamente delirante. Carece de cualquier b
Son muchos los teóricos que han descrito la importancia del pragmatismo en las relaciones internacionales. Niccolò Machiavelli apremiaba al príncipe a retener el poder sin consideraciones éticas o religiosas. Sun Tzu y el cardenal Richelieu reprodujeron argumentos similares. Lord Palmerton, en el Reino Unido, proclamó que Inglaterra no tenía amigos ni enemigos, sino sencillamente intereses. Otto von Bismarck conceptualizó esta visión pragmática de las relaciones internacionales como la Realpolitik, la diplomacia basada en objetivos concretos y realizables, al margen de nociones ideológicas y premisas éticas y morales.
Desde su llegada a la Casa Blanca, hace algo más de tres semanas, Donald Trump ha dejado claro que en su segundo mandato va a promover unas relaciones internacionales basadas en el interés nacional de Estados Unidos y no en la promoción de valores como la libertad, el progreso o el respeto de los derechos humanos. Trump está dispuesto a negociar con cualquier autócrata del mundo, siempre y cuando pueda obtener algún beneficio para su país. No importa que con ello contribuya a pisotear la democracia o a apuntalar en el poder a regímenes que tienen sometidos a sus puebl
Fue una de las promesas electorales de Donald Trump: la deportación masiva de inmigrantes irregulares. Muchos pensaban que se trataba sólo de palabrería barata, de populismo electoral, que el presidente no se iba a atrever a expulsar a muchos de los 11 millones de indocumentados que hay en Estados Unidos. ¿Quiénes se harían cargo del servicio del hogar, de las cocinas de los restaurantes, de los trabajos más ingratos en el campo y en las fábricas? Pero a Trump no le ha temblado el pulso y prepara ya la deportación de miles de personas, a pesar del impacto que eso pueda tener para la economía local.
Algunos de los deportados acabarán en la base naval de Guantánamo, en Cuba, donde la Administración Trump acondiciona ya un centro de detención de inmigrantes indocumentados con capacidad para 30.000 personas. Temerosos de las amenazas de Trump, varios países latinoamericanos como Colombia, Venezuela o Guatemala se han mostrado dispuestos a aceptar vuelos de repatriación de migrantes deportados. El presidente panameño, José Raúl Mulino, se ofreció incluso a ampliar el acuerdo migratorio con Estados Unidos para que Washington utilice Panamá como plataforma para deportar migrantes irregular
El pasado 2 de febrero, más de 7.000 personas abarrotaron el Teatro Peacock de Los Ángeles para presenciar en vivo la ceremonia de entrega de los Premios Grammy, los galardones más preciados de la música contemporánea. Todos los presentes pudieron deleitarse con más de una decena de actuaciones y también escuchar con atención los discursos de los ganadores. No fueron pocos los artistas que aprovecharon la ocasión para arremeter contra las políticas más controvertidas del presidente Trump.
El alegato que más resonó en el Teatro Peacock fue el de Shakira. La cantante colombiana ganó el premio a mejor álbum pop latino por Las mujeres ya no lloran y, con la voz emocionada, dedicó el galardón a la comunidad inmigrante en Estados Unidos, en medio de las deportaciones masivas del presidente Trump. Su discurso fue breve, pero poderoso: “Quiero dedicar este premio a todos mis hermanos y hermanas migrantes en este país. Son amados, son valiosos y siempre voy a luchar por ustedes. Y a todas las mujeres que luchan todos los días para proveer comida a sus familias”.
Shakira fue la única artista en denunciar abiertamente el trato denigrante que a menudo reciben los trabajadores inmigrantes en Esta
El empresario conservador y actual presidente de Ecuador, Daniel Noboa, y la candidata izquierdista, Luisa González, una abogada afín al expresidente Rafael Correa, se disputarán la presidencia del país el 13 de abril. Ninguno de los dos candidatos ha logrado la mayoría absoluta en la primera vuelta de las elecciones, celebrada el pasado 9 de febrero. Esto significa que los ecuatorianos tendrán que volver a las urnas dentro de dos meses. Noboa y González han obtenido, cada uno de ellos, cerca del 44% de los votos. La situación es de empate técnico y nadie se atreve a aventurar quién será el próximo inquilino del Palacio de Carondelet.
En la primera vuelta, Daniel Noboa ha aventajado a Luisa González en apenas medio punto porcentual. Las encuestas lo daban como claro favorito, pero las urnas han sembrado serias dudas acerca de si logrará ser reelegido. En el año y medio que lleva en la presidencia, Noboa se ha ganado la fama de hombre implacable y ha tejido buenas relaciones con otros políticos latinoamericanos de mano dura como el salvadoreño Nayib Bukele y el argentino Javier Milei. Noboa fue también uno de los pocos presidentes invitados por Donald Trump a su ceremonia de investid