El panda gigante es un icono del conservacionismo. De hecho, como sabrán, el logotipo del World Wildlife Fund (WWF), una de las organizaciones conservacionistas más populares del mundo, es un oso panda. Pero, según el propio WWF, el logo de la organización fue inspirado, hace décadas, por un panda gigante… del zoológico de Londres.
Hubo un tiempo en que estos animales habitaban la mayor parte de China y países del sudeste asiático. En la actualidad, las cosas son muy diferentes. Debido principalmente a cambios provocados por la actividad humana, los pandas gigantes se han visto confinados a una serie de regiones montañosas fragmentadas de la China occidental.
Dentro de su desgracia, no obstante, los pandas tienen un elemento importante a su favor; el régimen comunista chino los considera un símbolo del país. Y lleva décadas dedicando grandes esfuerzos a salvarlos de la extinción. Esfuerzos
Una de las cosas que han quedado claras durante la pandemia de coronavirus es que, en una situación así, la cadena internacional de suministro es poco confiable. Lo hemos visto, entre otras cosas, con las mascarillas, con los respiradores, con los equipos de protección del personal sanitario, y, por supuesto, también con las vacunas.
A estas alturas, parece dudoso que podamos deshacernos por completo del coronavirus, incluso con la ayuda de las vacunas. Pero, sea éste u otro virus, personalmente tengo poca confianza, debo admitirlo, en que en los próximos años el mundo no vuelva a sufrir una pandemia similar. El Covid nos cogió a todos desprevenidos. ¿Estaremos mejor preparados para la siguiente pandemia?
Ahora, el Gobierno español —y apuesto a que muchos otros— está preparando medidas para que, en caso de afrontar una crisis similar, no vuelvan a repetirse los errores cometidos la primera
Me imagino la llegada de The Hair Truck al pueblo de Gargallo, en Teruel, como la escena de la película El Espiritu de la Colmena en la que el cine ambulante llega al pueblo. El film de Víctor Erice está ambientado en un pequeño pueblo castellano en los años cuarenta. La llegada del camión, cargado con el equipamiento para la proyección de cine, es anunciada a gritos por los niños del pueblo, que corretean alborotados alrededor del vehículo.
Una evocativa escena que vemos como algo perteneciente al pasado. Pero, como es sabido, la historia se repite. En Gargallo, como contaba el diario Vozpópuli el pasado 4 de julio, no hay peluquería y, hasta hace poco, quienes querían arreglarse el pelo tenían que recorrer muchos kilómetros. Pero ahora, cada cierto tiempo aparece por la plaza mayor del pueblo The Hair Truck, una peluquería sobre ruedas a la que no le faltan clientes. Solo que, a diferen
Todavía no había acabado la guerra civil española, y el autoproclamado jefe del Estado, —y futuro dictador— el general Francisco Franco, ya comenzaba a recibir “regalos”. En 1937, el conde de las Almenas hacía testamento en favor de Franco, y le cedía la finca el Canto del Pico, de 820.000 metros cuadrados, y un palacete con capilla, la Casa del Viento, situado en la propiedad. En 1988, más de 10 años después del fin de la dictadura, los herederos de Franco vendían la Casa del Viento y parte del terreno, embolsándose el equivalente a casi 2 millones de euros. Un negocio redondo de entre los muchos que hizo la familia Franco con lo obtenido durante la dictadura.
Con el Pazo de Meirás, las cosas no les han salido tan bien a los Franco. La propiedad, de más de 100.000 metros cuadrados, había pertenecido a la escritora gallega Emilia Pardo Bazán. En 1938, un grupo de hombres influyentes de A
Viendo en los medios fotografías de gente que ha cometido crímenes violentos, suelo preguntarme si, en caso de encontrarme con una persona así, sería capaz de anticipar el peligro. En general, me temo que no, y un buen ejemplo de ello es el presidente ruso, Vladimir Putin. Un individuo peligroso que, con toda probabilidad, ha ordenado cometer actos abominables. Sí, su rostro suele tener una expresión algo impasible, pero ¿un asesino? Casi puede intuirse en él un sentido del humor pícaro deseando salir a la superficie… quizá con unos tragos de vodka. O… de champán.
La “guerra del champán” rusa de la que todo el mundo habla estos días, por ejemplo, me encaja más con el Putin pícaro de mi imaginación que con el asesino frío y calculador que probablemente es. Como sabrán, hace unos días el presidente ruso firmaba una ley que prohíbe a fabricantes extranjeros de champán etiquetar su producto c