En 1832, hace 189 años, nacieron personalidades como Louisa May Alcott, autora de Mujercitas, o Gustave Eiffel, diseñador de la Torre Eiffel de París. Desde esos días lejanos, en una rural y bucólica región de Inglaterra, llamada North Shropshire, el Partido Conservador británico siempre ha sido el preferido de los lugareños . Hasta ahora.
Al parecer, los repetidos escándalos que han estado salpicando en estos días el entorno de Boris Johnson han colmado la paciencia de los votantes, que han decidido que sea la candidata liberal la que los represente en Londres, en la Cámara de los Comunes. Es solo una diputada, pero es el síntoma de algo mucho más grave: la crisis sin precedentes que vive el primer ministro ‘tory’.
“Estas elecciones regionales han mostrado la verdadera rabia de los votantes contra Downing Street. El primer ministro dispone ahora del receso navideño para reagrupar fuerzas. Nadie desea un cambio de liderazgo en medio de una pandemia, pero un golpe más como este, y Johnson está fuera”, tuiteó el 17 de diciembre el veterano diputado conservador Roger Gale.
La rebelión contra el primer ministro ha llegado incluso hasta sus propios compañeros de partido y a los periódicos
“Ainielle existe. En 1970, quedó completamente abandonado, pero sus casas aún resisten, pudriéndose en silencio, en medio del olvido y de la nieve”. Esta frase de la novela La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, me causó mucha impresión cuando la leí, hace años. El libro narra la vida del último habitante de un remoto pueblo de los Pirineos. Su historia no deja de repetirse en cientos de aldeas de España.
Amplias regiones del país han perdido tantos habitantes que su densidad de población es ahora similar a la de Siberia, en Rusia. Campanarios silenciosos, aulas de escuelas vacías y algún anciano caminando por las calles solitarias son la estampa común en pueblos que conocieron un pasado mejor. No hay niños, y los últimos jóvenes se marcharon hace tiempo a las ciudades, en busca de trabajo.
Olvidados por las administraciones públicas, con malos servicios médicos y pobres conexiones ferroviarias y de Internet, los habitantes de la llamada ‘España vaciada’ han decidido ponerse en pie para frenar esta lenta agonía. Desde que en 2016 un controvertido ensayo superventas, titulado La España Vacía, fijase el concepto, decenas de asociaciones y colectivos rurales han ido ganando fuerza.
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A primera vista, solo parece una pequeña victoria laboral: los trabajadores de una cafetería de Starbucks han formado un sindicato. La noticia, sin embargo, ha ocupado portadas en los grandes periódicos. ¿Por qué?
Lo que durante décadas ha sido visto con normalidad en los países occidentales –que los empleados formen sindicatos– ahora parece haberse convertido en algo tan infrecuente y raro… que llama la atención de la prensa y de los expertos.
"Aunque se trata de un pequeño número de trabajadores, el resultado tiene una enorme importancia simbólica, y los símbolos son importantes cuando se trata de organizar sindicatos", declaró a The New York Times el pasado 9 de diciembre John Logan, profesor de estudios laborales de la Universidad Estatal de San Francisco.
De los cerca de 9.000 locales que posee la cadena en Estados Unidos, solo en una cafetería del área de la ciudad de Búfalo, en el Estado de Nueva York, los empleados han decidido unirse para reivindicar sus derechos. Y esa decisión los ha convertido en un símbolo porque, a su vez, han desafiado a otro símbolo.
Starbucks es una marca a la que se asocia con la llamada ‘nueva economía’, junto a nombres como Amazon, Uber o Deliveroo.
Todavía en España a muchas personas les choca escuchar esta frase: “el catalán es una lengua española”. El hecho de que el catalán sea una de las lenguas reconocidas por la Constitución –junto al castellano (o español), el gallego y el euskera– desata aún enormes controversias. Las lenguas sirven para comunicarse, pero hay quien prefiere usarlas para enfrentar a las personas y obtener un beneficio electoral. La última víctima de este uso de las lenguas como arma política es una niña de cinco años.
En el ojo del huracán están sus padres, residentes en la localidad de Canet, en la provincia de Barcelona. La pareja acudió a los tribunales para exigir que su hija recibiera en el colegio algunas clases en español, lengua minoritaria en las aulas de Cataluña. De hecho, en diciembre de 2020 un tribunal catalán definió como “residual” la presencia del español en los colegios de esa región.
El pasado 23 de noviembre, el Tribunal Supremo de España ratificó ese punto de vista y decretó que al menos un 25% de las materias que se imparten en las aulas catalanas estén en español. Esa medida cayó como un jarro de agua fría en el Gobierno catalán, independentista y nacionalista.
La decisión del Supre
En Navidad, los españoles juegan a la lotería, ponen un portal de Belén en sus casas, comen uvas la noche de Fin de Año, reciben los regalos de los Reyes Magos y, desde 2011, esperan la llegada del anuncio de Campofrío, una marca de embutidos y fiambres. Esa pequeña pieza publicitaria ha conseguido convertirse en una tradición nacional más, pese a las, también tradicionales, quejas de colectivos animalistas y veganos.
Los de Campofrío suelen ser ‘spots’ dirigidos por grandes cineastas y en ellos desfilan los rostros del momento: celebridades del mundo de la música, la televisión o el deporte. Un auténtico ‘quién es quién’ de la farándula española. Salir en el anuncio de Campofrío significa ser alguien. Además, cada año los creativos consiguen conectar con el espíritu de la época, con las preocupaciones profundas de la gente y con los asuntos que han copado la actualidad durante los últimos meses.
Este 2021 el protagonista del anuncio de Campofrío es un personaje miedoso ante el coronavirus (y otras supuestas amenazas aireadas por medios sensacionalistas): la okupación de viviendas, un hipotético ‘gran apagón’ eléctrico, el espionaje de los dispositivos tecnológicos…
El protagonista –u