En los primeros momentos de la guerra en Ucrania, el foco informativo eran los enfrentamientos entre el ejército invasor ruso y el que defiende la soberanía ucraniana. Pero, a medida que van transcurriendo los días, otro tema está adquiriendo un protagonismo cada vez mayor: la campaña de terror lanzada por las tropas rusas contra la población civil ucraniana.
Los ucranianos están ofreciendo una furiosa resistencia que ha despertado la admiración del mundo. Si los servicios de inteligencia rusos tenían una idea remotamente realista de lo que Rusia podía esperarse si invadía Ucrania, la fantasía de un avance rápido y con pocas víctimas civiles, creo, no debió existir nunca. Pero, por el motivo que fuera, durante los primeros días de conflicto dio la impresión de que las tropas rusas intentaban respetar a la población civil. Ahora, esa impresión se ha esfumado.
Las imágenes que predominan estos días en los medios no son tanto las de combates entre las tropas de ambos bandos, sino más bien las de bloques de apartamentos semiderruidos y, en general, las que reflejan el sufrimiento de los ucranianos. Si me preguntan a mí, la intención de Putin de sembrar el terror entre la población civil
Cuando entre en vigor la ley de protección animal aprobada por el Consejo de Ministros el pasado viernes, 25 de febrero, en nuestro país van a cambiar muchas cosas… al menos, sobre el papel. Una de las novedades más comentadas es que las personas que quieran tener perro van a tener que hacer un curso.
Desde que, hace unos meses, el Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 presentó el anteproyecto de ley y se supo lo del curso, en las redes sociales no han faltado las reacciones airadas y las burlas sobre el nuevo requerimiento. Sí, reconozco que, a primera vista, puede sonar un poco absurdo. Es tentador pensar que uno está por encima de estas cosas. Y, sin embargo, si así fuera, nuestro país no tendría las preocupantes cifras de abandono animal que tiene. Según datos de la Fundación Affinity, en 2020, en España llegaron a las protectoras de animales más de 286.000 perros y gatos. La cifra real de abandonos probablemente sea mucho mayor.
En opinión de Helena Arce Surós, veterinaria experta en protección animal, ello es “fruto de tener unas expectativas irreales respecto a lo que significa compartir la vida con estos seres sintientes”. Es decir, que la “charla” que le dan muchos p
Una de mis tiras cómicas favoritas es Dilbert. Entre los “tópicos empresariales” que se tratan en el cómic, uno de los más frecuentes es el del café. En Dilbert, el café es, sencillamente, imprescindible para el funcionamiento de la empresa. Un día, Carol, la secretaria del jefe, recibe orden del médico de pasarse al café descafeinado durante una temporada. Egoístamente, y por comodidad, Carol decide sustituir el café de toda la empresa por descafeinado… sin avisar a nadie. En la última viñeta, se ve a Dilbert y a otros personajes inconscientes por los pasillos de la empresa, entre tazas de café derramado.
Una exageración, sin duda. Y, sin embargo, pocos han conseguido captar las vicisitudes de la vida de empresa tan bien como Scott Adams, el creador de Dilbert… ¿Acaso no es cierto que el café se ha convertido en un ingrediente esencial de la jornada laboral de muchos trabajadores? ¿Es tan descabellado pensar que, sin café, muchos se verían en serias dificultades para desempeñar sus funciones laborales?
Ahora, un juzgado de Pamplona ha emitido una sentencia que parece confirmar el estatus del café como parte integral de la vida de empresa. A finales de 2020, un trabajador del municip
Los discursos de la Corona española —como los de otras casas reales, imagino— suelen estar llenos de tópicos biensonantes que persiguen, de alguna manera, recordarnos el papel del Jefe del Estado como supuesto garante de la unidad de todos los españoles, de sus derechos y deberes, etcétera, etcétera.
En 2011, siendo Juan Carlos I todavía rey, y en plena tormenta mediática por el “caso Nóos”, por el que su yerno, Iñaki Urdangarín, acabaría ingresando en prisión, el Borbón nos aseguraba a los españoles que “la Justicia es igual para todos”. A su hijo y actual rey, Felipe VI, le hemos escuchado también pronunciar grandilocuentes palabras a los mismos efectos.
Pero imagino que, tras haber anunciado la Fiscalía del Tribunal Supremo, el pasado 2 de marzo, que archivaba todas las investigaciones contra el ahora rey emérito, Juan Carlos I, no volveremos a escuchar a Felipe decir nada parecido en mucho tiempo. Dos años ha tardado la Fiscalía del Supremo en investigar algunos de los escándalos financieros del emérito. Y, sin embargo, viendo las razones alegadas para justificar el archivo de las diligencias contra el emérito, —prescripción e inviolabilidad— uno se pregunta por qué los fiscales
El pasado 1 de marzo, a unas 250 millas de las islas Azores, se hundía el Felicity Ace. En su bodega, el enorme carguero transportaba aproximadamente 4.000 coches de lujo, —Porsches, Bentleys, Lamborghinis— fabricados por el grupo Volkswagen para el mercado norteamericano.
El buque llevaba varios días ardiendo, pero, en el momento de su hundimiento, mientras era remolcado a un “lugar seguro”, al parecer no se observaba fuego en el navío. Había esperanzas, por remotas que fueran, de poder recuperar al menos parte de la carga. Ahora, obviamente, se da por perdida toda la mercancía, que ha acabado en el fondo del mar.
Según ciertas estimaciones, publicadas estos días en los medios, el valor de la carga del Felicity Ace ascendía a casi 440 millones de dólares. Así que, imagino, ahora se habrá desencadenado una furiosa lucha por ver quién se hace cargo de las sustanciales pérdidas. Según parece, cuando hay un incendio en un buque de carga, la responsabilidad solo recae sobre el propietario si el fuego es causado por un problema de diseño del navío, o si se produce a consecuencia de una negligencia. Cómo van a aclarar los peritos el origen del siniestro cuando, según las autoridades portug