El pasado domingo, 7 de julio, Francia celebró la segunda vuelta de las elecciones legislativas. Tras empezar a conocerse los resultados, cientos de personas acudieron a la Plaza de la República de París. Hubo abrazos. Alegría contenida. Alguna lágrima, incluso.
¿Votantes –quizá, del Nuevo Frente Popular— celebrando la inesperada victoria de la coalición de izquierdas? Es posible. O, tal vez, a juzgar por las expresiones de alivio que se vieron por televisión, celebrando la derrota de la ultraderecha. De hecho, tras los excelentes resultados de Agrupación Nacional en la primera vuelta, el pasado 30 de junio, algunos franceses parecían resignados a un gobierno liderado por el partido de Marine Le Pen.
¿Qué ha cambiado entre la primera y la segunda vuelta? La primera, dicen algunos analistas, fue un referéndum al presidente Emmanuel Macron. Tras el éxito de Agrupación Nacional en las elecciones europeas, Macron había convocado elecciones anticipadas, pidiendo “claridad” a los votantes. Y la segunda vuelta, aseguran los expertos, ha sido un referéndum también. En este caso, a la ultraderechista Marine Le Pen. Ninguno de los dos líderes ha salido airoso del reto.
Ahora, en Francia se acu
“Frente a los cómplices de la invasión de nuestro continente, Jordan Bardella defiende a Francia frente al caos”, rezaba un mensaje reciente de la ultraderecha francesa en X. El “defensor” Bardella, presidente de la Agrupación Nacional, el partido ultraderechista de Marine Le Pen, estaba ausente de la imagen que acompañaba el texto anterior: entre negros nubarrones, una decena de embarcaciones, cargadas de migrantes llega a una playa. Superpuesto, el retrato de los “cómplices”: el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.
Algo no acaba de encajar en la imagen de la supuesta “invasión”. Quizá son las caras desdibujadas de los migrantes, ninguna de las cuales puede distinguirse con claridad. Una sucia maniobra de la ultraderecha, tal vez, para deshumanizarlos. O una cierta rigidez poco natural en las figuras. O, más que otra cosa, el hecho de que las embarcaciones, casi idénticas entre sí, parecen todas flamantes zodiacs acabadas de estrenar. Nada que ver con el lamentable estado en el que suelen encontrarse las pateras que, provenientes del norte de África, alcanzan las costas europeas.
La imagen, entre otras utilizadas por
Jugar en bolsa e invertir en bolsa son, hasta cierto punto, dos expresiones intercambiables. Y, sin embargo, los matices son claramente distintos. Quien compra y vende acciones sin conocer las complejidades de los mercados bursátiles, se embarca —sea o no consciente de ello— en una aventura donde el azar tiene un peso considerable. Los inversores, por otro lado, aunque puedan perder dinero en determinadas transacciones, en general incrementan el valor de su dinero.
¿Y qué hace uno cuando mete dinero en un fondo de inversión: juega o invierte? Pues depende, por supuesto, de lo buenos que sean los gestores del fondo. Y de la fe que tenga uno en ellos. Personalmente, mi fe en la industria financiera —que ya era escasa— tocó fondo tras ver películas como El lobo de Wall Street o Margin Call.
Ya ha pasado más de una década desde que se estrenaron, y hay quienes intentan convencernos de que estos filmes muestran “excesos del pasado”. Sin embargo, la cultura del pelotazo y la falta de valores morales en la industria financiera están a la orden del día. Ahora, The Great Green Investment Investigation, una iniciativa lanzada por un grupo paneuropeo de periodismo de investigación, confirma, u
Málaga tiene su mejor embajador, con toda probabilidad, en Antonio Banderas. El actor, malagueño de nacimiento, habla maravillas de la ciudad siempre que tiene ocasión. Y ahora, imagino, más que nunca porque, tras décadas en el extranjero, ha vuelto a casa. El Banderas que ha regresado a Málaga, sin embargo, rico y famoso, no sé en cuánto se parezca al joven que, con 20 años, dejó la ciudad para buscarse la vida en el mundo del cine.
“En Málaga ha habido una apuesta clara por una ciudad más humana”, reflexionaba Banderas en mayo durante una entrevista con el periódico Málaga Hoy. No todo el mundo está de acuerdo: “¿En qué Málaga vive este hombre?”, se preguntaba en un comentario online un lector del periódico. “La han convertido en una Málaga deshumanizada, en un burdo parque temático del que se nos excluye a los malagueños y malagueñas. Banderas hace caja a costa de nuestra ciudad”.
El ático de 500 metros cuadrados en el que al parecer vive el actor está ciertamente al alcance de pocos. Y, sin embargo, el reproche del lector del Málaga Hoy tiene más que ver, creo, con la faceta de empresario del actor. Banderas posee varios negocios de hostelería en Málaga, entre ellos “La Pérgola”,
Traficante de Sueños es mucho más que una librería: es un colectivo que edita y distribuye libros; un espacio de investigación y formación; un lugar en el que asistir a charlas, lecturas compartidas, talleres. Los miembros del colectivo se autodefinen con el término “proyecto de economía social”.
El colectivo despliega sus actividades en el local que, desde 2014, alquila en la calle Duque de Alba del barrio madrileño de Lavapiés. Ahora, como contaba Público el pasado 2 de julio, Traficante de Sueños pasa por un momento crítico: las propietarias les comunicaron que habían decidido vender el local.
Traficante de Sueños no dispone de los 1,5 millones de euros necesarios para comprar y acondicionar el local. Y, sin embargo, junto con otros dos colectivos madrileños, Traficante de Sueños firmaba hace unos días un contrato de arras para la adquisición del local. Las tres organizaciones pueden cubrir la mitad de los 300.000 euros del capital inicial del proyecto. El resto esperan financiarlo con aportaciones y préstamos de socios, colaboradores y clientes.
Traficante de Sueños está siendo muy valiente, y yo espero que la apuesta le salga bien. El trabajo que hace me parece admirable. Da vida