Cuando miramos al cielo nocturno vemos el pasado. La luz de las estrellas tarda tanto en llegar que lo que percibimos, en realidad, es cómo eran esas estrellas hace miles de años. Lo mismo sucede, pero a la inversa, con la selección española de fútbol que acaba de ganar la Eurocopa. Lo que vemos en el campo, la luz que emiten dos jovencísimos astros del deporte –Lamine Yamal y Niko Williams– nos muestra cómo será la España del futuro.
Los equipos, como las banderas o los himnos, representan a un país. La España que refleja esta selección poco se parece a la que todavía pervive en los prejuicios de buena parte de la sociedad. Prejuicios como el de que solo pueden ser ‘españoles de verdad’ los católicos blancos.
Durante décadas, especialmente durante la dictadura de Franco, se impuso la idea de que España era la “reserva espiritual”, blanca y cristiana, de un Occidente en decadencia. Una idea defendida todavía por algunos sectores conservadores, que intentan reescribir el pasado multicultural del país. Este debate se ha mezclado, estos días, con la euforia deportiva y con una fuerte controversia política.
A la frontera sur de España (a Canarias y a las ciudades de Ceuta y Melilla) llega
Para entender las luchas de poder, nunca pasa de moda la famosa frase de Humpty Dumpty, el personaje de Alicia en el País de las Maravillas: “Cuando utilizo una palabra, significa lo que yo decido que signifique”. Ese huevo parlanchín ya sabía que lo importante, en política, no es lo que diga el diccionario, sino “quién es el amo”.
En el siglo XXI, los poderosos son muy conscientes de la importancia de controlar en todo momento el relato de los hechos. Esto lo tiene muy claro Vladimir Putin. Por eso el Kremlin acaba de vetar más de 80 medios de comunicación europeos, que ya no son accesibles en Rusia.
La medida es una represalia por un veto previo, de la Unión Europea, a cuatro medios rusos financiados por el Kremlin. El pasado 17 de mayo, la UE justificaba su decisión a través de una nota de prensa: “Estos medios bajo el control permanente de la Federación Rusa han sido esenciales para promover la guerra de agresión contra Ucrania y la desestabilización de los países vecinos”.
Durante siglos fue sencillo para los poderosos establecer un relato oficial. Quien decidía arriesgar su vida difundiendo una opinión disidente, sabía que su mensaje se propagaría muy lentamente. Las mentalidade
Un gobernante no debería ir a la cárcel por aplicar una ley. Pero en 2010, la jueza Mercedes Alaya se empeñó en que varios miembros del gobierno de Andalucía, precisamente por aplicar una ley, habían cometido un delito. La norma que aplicaron regulaba subvenciones públicas a los despidos incentivados en empresas privadas. Por aquel entonces, el Partido Socialista llevaba 37 años en el poder en esa región, un bastión inexpugnable para la derecha.
Los tribunales sí probaron que algunos funcionarios y cargos intermedios de aquellos gobiernos habían desviado hacia sus bolsillos parte de las subvenciones. Ahí hubo un delito, pero la jueza Alaya decidió apuntar más arriba, hasta varios consejeros y dos presidentes regionales. Jamás se demostró que los acusados se hubieran enriquecido.
La magistrada tomó decisiones muy mediáticas; casualmente, siempre en vísperas de elecciones. España desayunó durante años con noticias sobre lo que acabó llamándose ‘el caso ERE’, en referencia a las siglas utilizadas para nombrar los despidos colectivos en empresas. Expediente de Regulación de Empleo. El partido en la oposición, el conservador PP, supo aprovechar cada oportunidad que le brindaba la jueza.
María tenía 30 años cuando se mudó con Antonio, su marido, a la que creían que sería su casa para toda la vida. Era un modesto piso de alquiler en un barrio obrero de la ciudad andaluza de Cádiz. Corría el año 1967: el año del golpe de Estado en Grecia, de la Guerra de los Seis Días en Oriente Medio y del lanzamiento de uno de los álbumes más importantes de los Beatles, el Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band. España, bajo la dictadura militar del general Franco, vivía los años del llamado ‘desarrollismo’: la construcción de millones de viviendas y la apertura del país al turismo internacional. Hoy, María tiene 87 años y –gracias a un milagro– todavía vive en la misma casa.
Durante décadas María cultivó un modo de vida que hoy está en peligro de extinción: la vida de barrio. Los niños jugaban en la calle, las madres charlaban en las plazas o en los patios de las casas y en las tiendas se fiaba a las familias que apenas llegaban a fin de mes. Todos se conocían entre sí y todos compartían muchas penas y algunas alegrías. Alegrías como las que, de vez en cuando, les brindaba el Cádiz CF, el equipo de fútbol de la ciudad.
María se hizo querer entre sus vecinos. Esos vínculos vecinales,
Cae la tarde en un paraje idílico, con el sonido del mar de fondo y la silueta de una pareja paseando de la mano a lo lejos. De repente, uno de los dos lleva la rodilla a tierra y, dejando su cuaderno de contabilidad a un lado, abre un estuche aterciopelado y susurra: “¿Quieres independizarte conmigo?”
La escena que os acabo de pintar quizá tenga muchas más dosis de practicidad que de romanticismo, pero es el motor que guía los pasos de muchos jóvenes en nuestros días. Incapaces de asumir un alquiler por sí solos, deciden irse a vivir con su pareja, quizá quemando etapas antes de tiempo o sin estar del todo convencidos.
El 80% de los jóvenes de la llamada Generación Z y el 76% de los millennials afirman que las razones económicas han contribuido a su decisión de mudarse con sus parejas, según una reciente encuesta de la inmobiliaria estadounidense Realtor.com citada por el New York Times. Lo importante es dar el salto a otra fase vital –la emancipación de la familia de origen– y dejar de vivir en casa de papá y mamá.
En ciudades europeas como Ámsterdam, los solitarios tienen mejor suerte. Quizá puedan encontrar sitio en alguno de los cinco startblok repartidos por la ciudad. Agrupaci