Hoy comenzaremos nuestro programa con una noticia que demuestra —creo— qué el periodismo de investigación es tan importante. El New York Times ha descubierto que, en los últimos años, Uber ha recibido más de 4.000 demandas judiciales que acusan a la compañía de no haber protegido a las víctimas de abusos sexuales sufridos durante desplazamientos en vehículos del servicio. Mientras la empresa pretende ser “abanderada” de la lucha contra la violencia sexual, en los juzgados, como veremos, sus abogados siguen un “feo guión” del pasado: si una mujer bebió, si hizo el trayecto sola, si era tarde… quizá tenga la culpa de haber sido agredida sexualmente.
Continuaremos nuestro recorrido en Barcelona, donde hace unos días terminaron las emblemáticas fiestas de Gràcia. Como cada año, cientos de miles de visitantes acudieron a admirar las tradicionales decoraciones callejeras. No todo el mundo, sin embargo, está contento con la enorme popularidad del evento. El centenar de vecinos que este año fundaron la plataforma Gràcia Conviu amb la Festa considera que es necesario replantearse ciertas cosas. La masificación diurna del barrio durante las fiestas puede ocasionar molestias, pero son las actividades nocturnas las que no dejan dormir a algunos vecinos. ¿Es posible, nos preguntaremos, preservar el espíritu de las fiestas siendo más respetuosos con el descanso de los vecinos?
En el siguiente bloque, nos centraremos en las olas de calor, un tema de conversación habitual, por supuesto, durante el verano. Un estudio reciente, sin embargo, ha aportado un nuevo e interesante punto de vista sobre este fenómeno meteorológico: los turistas cuya estancia coincide con un periodo de fuerte calor tienen una probabilidad un 15 % menor de regresar a España. Es más, como veremos, las olas de calor influyen también en las decisiones de quienes sí que deciden volver, que con frecuencia cambian de destino —eligiendo las playas del norte de nuestro país— y de fechas en su siguiente visita. La tolerancia de los turistas al calor es notable, pero ¿dónde está el límite?
La última noticia del programa de hoy trata sobre tecnología. Hoy en día, el mercado está inundado de relojes, pulseras y otros aparatos ponibles capaces de medir cada vez más parámetros corporales. Incluso en países que tienen buenos sistemas sanitarios, la medicina no es —admitámoslo— todo lo preventiva que podría ser. Estos dispositivos parecen tener un gran potencial para monitorizar nuestra salud, ¿por qué no aprovecharlo? La clave, sin embargo, sería actuar de forma responsable sin caer en la obsesión. No nos engañemos: a los fabricantes de dispositivos inteligentes les encantaría que estuviéramos pegados constantemente a estos aparatos.
Una investigación del New York Times ha revelado que, entre 2017 y 2022, Uber recibió un reporte de abusos sexuales cada 8 minutos en Estados Unidos. Un dato que pone los pelos de punta. En especial, para una compañía que pretende ser “abanderada” de la lucha contra la violencia sexual.
Más de 4.000 demandas judiciales, informaba el New York Times el pasado 4 de agosto, acusan a Uber de no haber protegido a las víctimas de abusos sexuales sufridos durante desplazamientos en vehículos del servicio. La agresiva estrategia judicial de la compañía en respuesta a estas querellas, ha descubierto la investigación periodística, tampoco ayuda a proteger a estas mujeres —la inmensa mayoría de las víctimas son, sin duda, mujeres—. Al contrario: las victimiza aún más.
Los abogados de Uber, como comentaba hace unos días Nora Engstrom, profesora de ética judicial de la Universidad de Stanford, utilizan en el juzgado un “feo guión” del pasado: si una mujer bebió, si hizo el trayecto sola, si era tarde… quizá tenga la culpa de haber sido agredida sexualmente.
No solo eso. Para minimizar la posible compensación por el sufrimiento ocasionado, los letrados de Uber hurgan en el pasado de las víctimas. S
La decoración de las calles es el corazón de las fiestas de Gràcia. Cada año, desde hace más de dos siglos, las asociaciones vecinales del emblemático barrio barcelonés preparan con enorme ilusión los adornos. Del 15 al 21 de agosto pasados, entre otras temáticas, la calle Joan Blanques de Baix de Tot se convirtió en “un mar de medusas”; la calle Perill, en un colorido homenaje a las floristas de la Rambla; y la Plaça de la Vila, en un divertido homenaje a la tradición escatológica en la cultura catalana.
En juego están los codiciados premios a la mejor decoración que otorga cada año la Fundació Festa Major de Gràcia. Para los participantes que se quedan sin premio —la mayoría—, ver las caras iluminadas de los numerosos visitantes que pasean por el barrio quizá compense ya el esfuerzo. Aunque no todos los vecinos están contentos con la enorme popularidad que han alcanzado las fiestas de Gràcia en los últimos años.
Una fiesta mayor de pueblo —muchos siguen considerando a Gràcia como un pueblo— debe ser, casi por definición, multitudinaria. Pero el centenar de vecinos que este año fundaron la plataforma Gràcia Conviu amb la Festa consideran que ha llegado el momento de replantearse el
Ya hace unos años que —medio en broma, medio en serio— vengo pronosticando el eventual colapso del turismo en España. Últimamente, el calor del verano en nuestro país me parece sencillamente insoportable. Con cada temporada turística, sin embargo, llega un nuevo récord de visitantes, y una nueva demostración de lo equivocada que yo estaba.
Un estudio reciente de CaixaBank Research, no obstante, sugiere que quizá yo no vaya tan desencaminada, después de todo. El análisis utiliza datos anonimizados de miles de pagos efectuados con tarjetas de crédito extranjeras en puntos de venta de CaixaBank. Si una misma tarjeta vuelve a usarse en España en los años siguientes, se asume que el turista ha regresado. Un viajero, por supuesto, puede cambiar de tarjeta, pero al analizar cientos de miles de casos, el patrón es claro: los turistas cuya estancia coincidió con un periodo anormalmente caluroso tenían una probabilidad un 15 % menor de regresar posteriormente a España.
Sorprende, la verdad, lo que puede llegar a deducirse de los datos de pagos con tarjeta. La cuestión es que, si nos creemos las conclusiones del estudio, España podría estar perdiendo uno de cada seis turistas tras unas vacacio
La tecnología para monitorizar la actividad física ya no es terreno exclusivo de los fanáticos del deporte. El mercado está inundado de relojes, pulseras, anillos y otros aparatos ponibles capaces de medir cada vez más parámetros corporales: temperatura, nivel de oxígeno en la sangre, ritmo cardíaco, etc. Y los fabricantes, por supuesto, insisten en que todos deberíamos llevar uno de estos dispositivos.
Hace tiempo que venimos escuchando que empresas tecnológicas como Google, Apple o Meta nos conocen mejor que nosotros mismos. Es posible. Al fin y al cabo, las grandes tecnológicas amasan una inmensa cantidad de información sobre los usuarios. Y, sin embargo, ¿qué hacen con todos estos datos, aparte de venderlos, y de analizarlos para hacernos publicidad personalizada?
Los dispositivos para monitorizar la salud —quiero pensar— tienen un mayor potencial para que nuestros datos sean analizados y utilizados realmente en nuestro beneficio. Este potencial, de hecho, ya está empezando a materializarse. Hace unas semanas, por ejemplo, la BBC contaba el caso de Ravika, una abogada de 34 años de edad que vive en el centro de Inglaterra. Un día, su anillo inteligente la informó de que su temper