"El pueblo unido jamás será vencido". Ojalá fuera siempre cierta esta frase. En un mundo ideal, puede que lo fuera. Por desgracia, este combativo lema que hemos escuchado infinidad de veces en incontables marchas de protesta no siempre se cumple. Lo saben bien los ciudadanos oprimidos por regímenes dictatoriales. Y estoy segura de que también lo saben los cientos de miles de nicaragüenses que han intentado resistir, a lo largo de los últimos meses, a los desmanes perpetrados por el gobierno autoritario presidido por Daniel Ortega.
Es muy probable que el miedo a las epidemias y enfermedades virales ya esté incorporado a nuestro ADN. Tras largos milenios enfrentándose a numerosas pandemias que han diezmado a gran parte de la población, el homo sapiens siente su corazón acelerarse y percibe el frío recorriéndole la espalda cada vez que surge un nuevo virus contagioso. Esto quizá explicaría el temor, probablemente excesivo y sobredimensionado, que se ha expandido por todo el planeta ante el coronavirus. Tomando en cuenta que la simple gripe, cada año, es capaz de acabar con la vida de más de medio millón de personas en todo el mundo, y que las muertes por el coronavirus apenas han sobrepasado las 3.000 hasta ahora, cabe preguntarse si no estaremos sobreactuando un poco ante esta nueva amenaza. También hay que señalar que el porcentaje de fallecimientos entre los infectados no llega siquiera al 2%, y que la mayoría de estas muertes corresponden a pacientes mayores de edad y aquejados previamente de enfermedades crónicas.
No ayuda tampoco a serenar los ánimos el hecho de que la Organización Mundial de la Salud haya elevado, la semana pasada, el riesgo de expansión global del coronavirus de "alto" a "muy alto". Y es
Vivimos tiempos inciertos y convulsos. Creo que eso no es un secreto para nadie. Una de las consecuencias de tanta inestabilidad global son las grandes migraciones humanas. Según datos aportados por las Naciones Unidas, en estos momentos en el mundo hay aproximadamente 250 millones de personas que se han visto forzadas a abandonar sus países de origen. Entre esta enorme totalidad de migrantes, en torno a 70 millones son considerados refugiados, es decir, seres humanos que han huido de las guerras, los conflictos y las persecuciones políticas. Se trata de la cifra más alta de la que se tiene constancia en toda la historia de la ONU. Los motivos que explican estos enormes desplazamientos colectivos suelen ser siempre los mismos: enfrentamientos bélicos, opresión de regímenes autoritarios, violencia urbana, pobreza, sequías prolongadas y desertificación a causa del cambio climático.
América Latina es una de las regiones que hoy en día aportan una significativa cantidad tanto de migrantes como de refugiados. Tan sólo Venezuela, país sumido en una gravísima crisis económica y social cuyo fin no se vislumbraa corto plazo, contribuye a engrosar las cifras globales con unos 4 millones de mi
Un amplio sector dentro del partido demócrata en Estados Unidos se está poniendo bastante nervioso. Y el motivo del nerviosismo tiene nombre y apellido: Bernie Sanders.
Así es, el veterano político de 78 años se encuentra, tras su último y contundente triunfo el pasado 22 de febrero en el caucus de Nevada, a la cabeza en la emocionante carrera por hacerse con la candidatura presidencial del partido demócrata. Quien obtenga dicha candidatura tendrá el gran honor de medirse ante Donald Trump en las elecciones del próximo 3 de noviembre. Bernie Sanders está liderando la batalla y, como decíamos, eso está preocupando a mucha gente dentro de su partido. Pesos pesados como Hillary Clinton y Barack Obama ya han alertado de los riesgos de que Sanders sea el triunfador. La razón es bastante sencilla: Sanders es el más izquierdista entre todos los contendientes. Él mismo se ha definido como "socialista democrático". Y ya sabemos que la palabra "socialismo" es casi tabú en amplios sectores de la sociedad estadounidense. Tanto es así, que prácticamente no hay día en que Donald Trump no despotrique vía Twitter del partido demócrata acusándole de "socialista", lo cual, para muchos votantes, es si
La literatura escrita por mujeres (no confundir con "literatura femenina", término que nadie sabe muy bien a qué se refiere) está viviendo uno de sus mejores momentos en toda su historia. Basta con echar un vistazo a las novedades en el escaparate de cualquier librería, o inspeccionar la lista de los libros de ficción más vendidos del mes, para comprobar al instante que las mujeres, poco a poco, están ganando espacio en un territorio que tradicionalmente había estado monopolizado por los hombres. Incluso el jurado de los Premios Nobel de Literatura ha intentado enmendar, durante la última década, tantos años de indiferencia ante el evidente talento de incontables escritoras, de modo que en la actualidad hay prácticamente paridad en la entrega de los galardones entre hombres y mujeres. Siendo un poco suspicaces, todo esto tal vez tenga algo que ver con cierta estrategia mercadotécnica por parte de las editoriales. De hecho, en casi todo el planeta es cada vez mayor el porcentaje de mujeres que leen en comparación con el de los hombres (suele haber al menos una diferencia de diez puntos porcentuales entre ellas y ellos, brecha que año tras año se agranda cada vez más). De modo que es