Pero vamos a empezar, si les parece, por el debate que se ha abierto sobre las estatuas que ensalzan la figura de traficantes de esclavos y de personajes indudablemente racistas…
Como sabemos, el asesinato de George Floyd ha desatado una oleada de protestas antirracistas en Estados Unidos y en Europa. En varias ciudades, los manifestantes han decapitado, derribado o vandalizado estatuas de personajes históricos acusados de haber promovido el racismo durante su vida.
En Estados Unidos han sido atacadas varias esculturas de líderes confederados. En Richmond, por ejemplo, los manifestantes han derribado una estatua de Jefferson Davis, el presidente de la Confederación que quiso perpetuar la esclavitud en los estados del sur.
En el Reino Unido, en la ciudad de Bristol, los manifestantes tiraron al mar una estatua de Edward Colston, un conocido traficante de esclavos del siglo XVII. Y en Oxford, la universidad está siendo presionada para retirar la estatua de uno de sus benefactores, Cecil Rhodes, un colono británico que impuso su ideario supremacista en el África Mer
La monarquía es el régimen político que ha tenido España durante los últimos 500 años, descontando dos breves experiencias republicanas y los casi 40 años que duró la dictadura del general Francisco Franco. Desde la expulsión de los árabes de la Península Ibérica, en 1492, los reyes españoles acumularon un poder omnímodo y extendieron las fronteras de sus dominios a los cinco continentes, creando un imperio donde, en palabras de fray Francisco de Ugalde, “nunca se ponía el sol”. La tradición absolutista de la monarquía española perduró hasta bien entrado el siglo XIX.
España es hoy una democracia, una monarquía parlamentaria homologable a la de otros países europeos, como el Reino Unido, los Países Bajos o Suecia, pero el carácter intocable del rey se mantiene. El artículo 56 de la Constitución Española decreta que “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”. Com
Entre 1980 y 1992, El Salvador fue escenario de una cruenta guerra civil que se llevó por delante la vida de 75.000 personas. El conflicto enfrentó al gobierno militar del país, de extrema derecha, contra las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí, una guerrilla de inspiración comunista. Durante más de una década, El Salvador se sumió en un clima de violencia extrema y de polarización política. Las personas que intentaron promover el diálogo y una salida pacífica al conflicto acabaron, con frecuencia, muertas. Fue el caso, por ejemplo, de Óscar Romero, el arzobispo metropolitano de San Salvador, ferviente defensor de los derechos humanos, asesinado, en 1980, por un francotirador a sueldo de la dictadura.
Entre quienes nunca se cansaron de denunciar los abusos del régimen militar estaba el jesuita español Ignacio Ellacuría, rector de la Universidad Centroamericana de El Salvador.
En 1971, hace casi 50 años, el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano publicó su ensayo más universal: Las venas abiertas de América Latina, una de las obras de referencia para los movimientos de izquierda latinoamericanos. En su libro, Galeano sostenía que los problemas de pobreza, desigualdad y subdesarrollo de los países latinoamericanos se debían al expolio de sus recursos naturales por parte de los imperios coloniales o postcoloniales. El ensayista uruguayo solía decir que “los latinoamericanos somos pobres porque es rico el suelo que pisamos” y argumentaba que “América es, para el mundo, nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una sub América, una América de segunda clase, de nebulosa identificación”. Creo que el libro de Galeano es una obra imprescindible y que quien no lo haya leído, debería hacerlo en algún momento de su vida.
Casi medio siglo desp
El régimen castrista tiene muchos aspectos reprobables. Su gobierno restringe las libertades civiles, viola los derechos humanos, prohíbe el pluralismo político y limita la iniciativa económica privada. Pero lo que no se le puede cuestionar es su apuesta por un sistema de salud público y universal, que ha demostrado ser uno de los mejores del mundo.
Cuba es uno de los países que mejor han sobrellevado la pandemia. La isla mayor de las Antillas, que tiene once millones de habitantes, ha registrado menos de 100 muertes por coronavirus. La tasa de mortalidad por Covid-19 es inferior a 10 muertos por cada millón de habitantes. Brasil, México, Ecuador, Chile y Perú, por ejemplo, han registrado tasas de mortalidad mucho mayores y superan holgadamente el centenar de fallecidos por cada millón de habitantes. El pasado 7 de junio, el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, dio por “controlado” el