El coronavirus ha funcionado como una máquina del tiempo. Ha pasado un año, pero parece que ha sido mucho más. El próximo 11 de marzo se cumplirá el primer aniversario desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró oficialmente la situación de pandemia. Sin embargo, durante estos meses he tenido la sensación de haber viajado a gran velocidad hacia el futuro. Como si la realidad se hubiera acelerado no uno, sino diez años. Hemos cambiado mucho.
El teletrabajo y las compras online han llegado para quedarse. El ocio y las reuniones sociales ya nunca serán como solían ser. El uso del avión y del auto también ha cambiado. “Parece mentira que antes tomásemos un vuelo simplemente para acudir a una reunión”, comentaba alguien el otro día en redes sociales.
A veces, los cambios tardan en notarse y no afectan a todo el mundo por igual. Quizá los países de Europa del Norte, más tecnificados y hogareños, no perciban una gran diferencia todavía, pero existen sociedades más extrovertidas, donde el contacto físico y la interacción social eran, hasta hace un año, la norma. En estos países, mediterráneos y latinoamericanos, la pandemia ha redibujado ciertas costumbres. Los abrazos y lo
Es impresionante lo que puede lograr el ser humano, para bien y para mal. Esta semana me ha sorprendido mucho la historia de cuatro pueblos de la región de Chiquimula, en Guatemala. En poco más de dos décadas, por culpa de la venta descontrolada de madera, han desaparecido de esta zona los bosques. Ha cambiado todo: el clima, la luz, el agua. La vida… en definitiva. Allí, unas mujeres indígenas maya han tenido que hacer de la necesidad virtud. Han sabido encontrar la manera de vencer al hambre en un país con la tasa de desnutrición crónica más alta de América Latina.
“Teníamos unos bosques grandes y había agua, mangos y aguacates en cualquier lugar, pero hace unos 25 años empezaron a destruir todo con motosierras”, relata María de los Santos, una de las líderes de la región, al diario El País. “Ahora todo es seco y caliente”, añade Vitalina Mejía, alcaldesa de una aldea cercana.
A veces, hace falta poner la lupa en un lugar pequeño, en una aldea, para ver las consecuencias de las decisiones que se toman a escala global, en grandes centros de poder. Con la deforestación llegó el hambre a Chiquimula. Para paliar la situación, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) implantó un proy
El asesinato de Úrsula Bahillo tiene todos los ingredientes de una pesadilla. La joven de 18 años recibió, el pasado 8 de febrero, 15 puñaladas a manos de su novio, el agente de policía Matías Ezequiel Martínez, de 25 años. El agresor dejó el cadáver abandonado en un descampado. Ella le había denunciado en 18 ocasiones en la comisaría. La misma en la que trabajaba él. Sus compañeros ignoraron las denuncias. ¿A quién podía pedir ayuda Úrsula, si no a la policía? Es inconcebible pensar que tu asesino sea quien debería protegerte.
Este caso, que ha sublevado a la opinión pública argentina, no es un hecho aislado. Uno de cada diez policías de la región de Buenos Aires ha sido denunciado por violencia machista. Son en total 6.000 agentes denunciados, de los que 4.600 siguen en activo. En realidad es probable que sean muchos más, porque no todas las agredidas se atreven a denunciar. En los últimos diez años, 48 mujeres han sido asesinadas por policías o expolicías.
Verónica Liso, de la agencia de noticias judiciales PERYCIA, es una de las periodistas que ha recabado estos datos. Considera que la necesidad de un cambio en la policía es urgente, pero apunta varios problemas. La cultura polic
Hay una frase de la película ‘Lawrence de Arabia’ que se me quedó grabada hace años. La grita el protagonista, antes de enfrentarse a una gran batalla que sus propios hombres dan por perdida. Es una frase sencilla, pero contundente: “Nada está escrito”. Un lema liberador para indicar que el pasado no debe condicionar nuestro futuro. Que podemos cambiar aquello que el destino tenía reservado para nosotros. Esta idea se podría aplicar a la vida de Ngozi Okonjo-Iweala.
Desde el lunes pasado, es la primera mujer, y la primera persona africana, que preside una de las grandes instituciones que regulan la economía global y de la que depende el futuro de millones de seres humanos que viven en países en desarrollo. Una entidad formada por 164 estados, 640 empleados y un presupuesto anual de 220 millones de dólares: la Organización Mundial del Comercio (OMC). Si Okonjo-Iweala se hubiera dejado condicionar por su pasado, nunca habría llegado a lo más alto del gobierno económico mundial.
¿De dónde viene esta mujer de 66 años que ya ha hecho historia? De una aldea del sur de Nigeria. Fue criada junto a sus seis hermanos por su abuela, porque sus padres estudiaban en el extranjero. A los seis años
Recuerdo que, hace años, se puso de moda una expresión que servía para relativizar los contratiempos y molestias que viven ciertos ciudadanos de países desarrollados, tales como que no arranque el auto por la mañana, perder una reserva en el restaurante de éxito o no conseguir tickets de primera fila para algún espectáculo muy solicitado. A este tipo de sinsabores cotidianos se los denominó “problemas del primer mundo”.
Una enfermedad no es un problema banal, pero incluso una dolencia seria –como el coronavirus– dejará a medio plazo menores consecuencias en el llamado ‘primer mundo’: ese que ya se vacuna a velocidad de crucero mientras los países pobres siguen a la espera. Incluso las cuestiones más graves y acuciantes lo son menos en el ‘primer mundo’. Y es muy triste esta división de ‘mundos’, como si no viviéramos todos en el mismo planeta.
Me pregunto qué sucedería si por los países ricos se extendiera otra enfermedad: la que afecta a entre 5 y 12 millones de personas en las zonas más deprimidas de 21 países latinoamericanos. Cada año unas 10.000 personas mueren a causa de la enfermedad de Chagas, una patología provocada por un parásito que daña el sistema nervioso y el digestiv