Reconozco que me pilló de sorpresa esta erupción de protestas en Colombia. Se habla tan a menudo de su vecino Venezuela en los medios que tenía la sensación de que todo estaba tranquilo en la patria de Gabriel García Márquez. De alguna forma, tras la firma de los acuerdos de paz entre las FARC y el Gobierno colombiano en 2016, la sensación era que el país estaba cerrando heridas. Ahora, comprobamos que no.
“Nadie debería morir en el mundo luchando por sus derechos”. Estas palabras son de Daniela, una estudiante colombiana, pero podría suscribirlas cualquier ser humano, en cualquier lugar del mundo. Sin embargo, Colombia no es cualquier lugar: es un país atravesado desde hace décadas por la desigualdad, el narcotráfico y una violencia estructural.
Desde el 28 de abril, medio centenar de personas en Colombia han muerto en enfrentamientos con la policía. El detonante fue el anuncio de una reforma fiscal que suponía un encarecimiento de bienes de primera necesidad y varios servicios básicos, como la luz y el agua. Ante la escalada de manifestaciones y bloqueos, la subida de tasas fue finalmente descartada por el gobierno del conservador Iván Duque, pero las protestas no han cesado.
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Cuando en los años ochenta los padres de mi amigo Quique se separaron, le dijeron algo parecido a lo que los Gates han dicho a sus empleados. “Esto no va a cambiar las cosas”, “seguimos siendo una familia”. Todo el mundo sabe también que las cosas, al final, cambian. A veces, para bien: a mi amigo le regalaron una minimoto.
Si los creadores de la mayor fundación privada del mundo son un matrimonio que anuncia su divorcio es casi como si un país se partiera en dos mitades. Bill Gates y Melinda French Gates anunciaron su separación a principios del mes de mayo. Una lluvia de preguntas comenzó a caer entonces sobre los más de 1.600 empleados de una organización que maneja un presupuesto de 50.000 millones de dólares y que tiene proyectos de desarrollo en más de 130 países. ¿Qué pasará a partir de ahora?
Para tranquilizar los ánimos, los Gates emitieron un comunicado conjunto, al estilo de lo que hicieron los padres de mi amigo Quique: "Continuaremos compartiendo nuestra creencia en esa misión y seguiremos trabajando juntos en la fundación, pero consideramos que no podemos crecer como pareja en la próxima fase de nuestras vidas”. La cuestión es si de verdad es posible separar lo privado
En la vida solemos olvidar lo que nos incomoda. Hacer como si no existiera. Es lo que ocurre con el penal que Estados Unidos mantiene en su base militar de la bahía de Guantánamo, en suelo cubano. Parece que la opinión pública ha olvidado que todavía 40 personas continúan encerradas allí a la espera de ser juzgadas. Algunos de los internos tienen ya más de setenta años. Viven en un limbo judicial, en un lugar donde no impera la ley ni el estado de derecho. ¿Cómo puede Estados Unidos pedir a Cuba, a Irán o a Corea del Norte respeto a los derechos humanos si la propia Administración estadounidense no lo hace?
Yo misma tiendo a olvidar que existe Guantánamo. Cuando lo recuerdo me indigno, y también siento un poco de vergüenza. Cerrar esa prisión es uno de los compromisos de Joe Biden. Se lo han recordado, a través de una carta, más de ochenta personalidades políticas, académicas y diplomáticas latinoamericanas. La clausura del penal, según los firmantes de la carta, “enviaría un claro y significativo mensaje al mundo, y a América Latina en particular, en cuyo territorio se encuentra establecida esa prisión”.
Por Guantánamo han pasado en total 780 internos. Muchos de ellos fueron luego d
Hace unos meses leí esta reflexión en un ensayo de la escritora estadounidense Rebecca Solnit, titulado ‘El arte de perderse’: “A causa del miedo de sus padres a las cosas espantosas que podrían ocurrir, los niños rara vez deambulan, ni siquiera en los lugares más seguros. En mi caso, ese deambular durante la infancia fue lo que me hizo desarrollar el sentido de la orientación, la imaginación, las ganas de explorar y la capacidad de encontrar el camino de vuelta. Me pregunto cuáles serán las consecuencias de tener a esta generación bajo arresto domiciliario”. La autora no responde a esa pregunta, pero es fácil imaginar cómo serán esos niños que apenas salen a la calle a enfrentarse al mundo: no se parecerán a los niños finlandeses.
En Finlandia la enseñanza reglada no empieza hasta los siete años y, hasta esa edad, lo que hacen los niños es básicamente jugar y, además, al aire libre. Cuando ya empiezan a ir a la escuela, se fomenta que lo hagan solos, por sus propios medios: el objetivo es, precisamente, potenciar su autonomía y su independencia.
Esta mentalidad choca con las ideas de aquellos que piensan que esto supone ‘desproteger’ a los niños y que, además, dejarlos jugar es una
Estos días en los que Colombia vive de nuevo sumida en la violencia se antoja casi paradójico el estreno en los cines de la película ‘El olvido que seremos’. Es paradójico, pero también necesario. El filme es una adaptación de la novela del mismo título que, tras su publicación, en 2006, comenzó a convertirse en un clásico moderno de las letras hispanoamericanas.
'El olvido que seremos' narra la historia del asesinato, en 1987, de Héctor Abad Gómez: periodista, profesor, médico y activista por los derechos humanos. Y quien narra esa historia es su hijo, que guardó durante años la camisa ensangrentada que llevaba su padre el día del asesinato y la quemó cuando terminó la novela.
"La única venganza, el único recuerdo, y la única posibilidad de olvido y de perdón consistía en contar lo que pasó", relataba Héctor Abad Faciolince el pasado 5 de mayo en elDiario.es. En los años transcurridos desde su publicación, el libro ha funcionado como una suerte de terapia personal para su autor y, también, para todos los lectores que han padecido el azote de la violencia.
¿Quién era ese padre asesinado? "Era alguien que creía en la ciencia, en la necesidad de la bondad, de hacer cosas por los demás,