Muchos de ustedes quizá recuerden que, justo antes de la irrupción de la crisis global del coronavirus, Chile se encontraba en plena ebullición. Las calles de las principales ciudades del país se hallaban desbordadas, casi a diario, por una gran marea humana que intentaba expresar su frustración ante la desigualdad y las injusticias sociales. Las numerosas escenas de protestas y de violencia callejera dieron la vuelta al mundo. Pero de pronto, las severas restricciones generadas por la pandemia silenciaron a las tumultuosas manifestaciones. Se inició entonces un largo paréntesis, una especie de respiro que permitió a Sebastián Piñera continuar su presidencia sin tener que soportar tanta presión social manifestándose públicamente.
Ese prolongado paréntesis ha llegado a su fin. Y no porque la pandemia haya finalizado, sino porque el presidente sabe muy bien que el pueblo chileno tiene buena memoria. Piñera era consciente de que, en caso de no hacer algo muy pronto con el fin de atenuar el latente malestar social, las protestas callejeras volverían en cuanto se relajasen las restricciones sanitarias. De modo que, adelantándose a ese peligroso e hipotético escenario, tomó la decisión de
Si hay algo que caracteriza plenamente a la oposición política en Venezuela es su enorme paciencia. Bueno, quizá alguien más cínico que yo podría agregar que a dicha oposición no le queda más remedio que ser paciente. Después de todo, ¿qué otra opción tiene? La otra alternativa sería tirar la toalla y simplemente cruzarse de brazos. Pero ése no ha sido nunca el caso. Y es que millones de venezolanos que sueñan con presenciar el final del longevo y catastrófico régimen chavista siguen pensando, tras incontables decepciones, que "la esperanza es siempre lo último que muere". Lo único cierto es que, a lo largo de dos interminables décadas, el gobierno bolivariano ha hecho creer a la oposición, una y otra vez, que una alternancia política es posible. Y una y otra vez incontables venezolanos han mordido ingenuamente el anzuelo.
Ahora, el presidente Nicolás Maduro lo ha vuelto a hacer. Ha brindado una nueva esperanza a tantos venezolanos, ansiosos por recuperar la paz y la libertad extraviadas hace demasiado tiempo. El pasado 12 de mayo lanzó una propuesta que, según diversas opiniones, le permitirá ganar tiempo y asentarse aún más en el poder. Ese día Maduro anunció, ante los medios de
No sé qué opinión tengan todos ustedes, pero yo tengo la impresión de que la pandemia del coronavirus ha representado un paréntesis que también ha servido para acrecentar y fortalecer ciertas tensiones, o quizá ciertos nerviosismos, que ya estaban latentes con anterioridad. Mientras el mundo en general va saliendo poco a poco de la pesadilla de la pandemia (o al menos así lo parece en grandes regiones del planeta), van aflorando a la superficie, e incluso estallando a gran escala, esta serie de tensiones que estaban esperando el momento adecuado para emerger. Lo estamos comenzando a ver en diversos lugares como Gaza, Colombia, y ahora también en uno de los puntos de la frontera entre Marruecos y España. Más concretamente, en Ceuta, una pequeña ciudad autónoma perteneciente a España asentada en la orilla africana del Estrecho de Gibraltar.
Este último incidente diplomático ha sido bastante insólito e inesperado, sobre todo tomando en cuenta que las relaciones entre ambos países han sido, en líneas generales, relativamente buenas. Todo empezó el pasado 17 de mayo, cuando se desencadenó una gran avalancha de migrantes, marroquíes y subsaharianos, que accedieron de forma ilegal desde M
Hace unos tres años, realicé uno de los viajes con los que estaba soñando desde hacía muchísimo tiempo: las islas Galápagos. Y no puedo decir que me haya decepcionado. Todo lo contrario: aquello fue mucho más maravilloso y espectacular de lo que me había estado imaginando. Cada nueva isla en la que desembarcaba me dejaba completamente boquiabierto, ya fuera por sus paisajes volcánicos, los cuales me hacían sentir que estaba visitando otro planeta, o por las singulares especies de animales que en esos recónditos parajes han evolucionado de un modo bastante particular. Siempre guardaré en mi memoria la imagen de las tortugas gigantes desplegando sus alargados cuellos a pocos metros de mí. O la de las familias de leones marinos retozando pacíficamente bajo el sol en la playa, sin importarles que mi pareja y yo compartiéramos ese mismo pequeño espacio de arena blanca. Gracias a ese inolvidable viaje, también logré entender a la perfección por qué Charles Darwin, tras su desembarco en el año 1835, se inspiró en aquellas islas para desarrollar su célebre teoría de la evolución. Y es que este deslumbrante archipiélago, ubicado a casi mil kilómetros de la costa ecuatoriana, es un hábitat ú
Me acuerdo a la perfección de la primera fotografía que vi de Sebatiao Salgado, aunque no recuerdo exactamente dónde ni cuándo la descubrí. Supongo que la encontré por casualidad en alguna revista, hace ya más de dos décadas. La imagen, en blanco y negro, mostraba en la lejanía a cientos de hombres arracimados, semejantes a hormigas en una colmena, que horadaban la mina de una montaña en busca de unos pocos gramos de oro. Aquella fotografía, por supuesto, me impactó y se me quedó grabada en la retina. Y no sólo por su excelente calidad y los fuertes contrastes entre el negro y el blanco, sino porque la escena plasmada parecía trasladarme a través del espacio y del tiempo, a épocas de un pasado muy remoto en el que la esclavitud era algo usual y corriente. Pero lo más estremecedor era que aquella fotografía captaba un momento muy real del presente: la miseria de los pobres y desesperados de hoy en día que buscan una simple manera de sobrevivir.
En ese instante también se me quedó grabado en la memoria el nombre de aquel fascinante fotógrafo: Sebastiao Salgado. Desde entonces, he intentando seguir la trayectoria de este incomparable artista brasileño, nacido hace 77 años en el estado