Es fácil distinguir a los fabricantes de odio: generalizan sobre un colectivo para deshumanizarlo. La progresión siempre es igual: críticas, insultos, discriminación, agresiones… Una vez puesto en marcha el mecanismo, la violencia no siempre encuentra límites. Lo vimos el 7 de octubre con los ataques de Hamás a Israel y la matanza de hombres, mujeres y niños. Si la democracia sirve para algo es, especialmente, para prevenir espirales de odio. En democracia, no se criminaliza, persigue y castiga a colectivos enteros.
Israel es una democracia –siempre mejorable, como todas– y por eso tiene la responsabilidad de –en el marco de sus valores– responder a los ataques de Hamás. De lo contrario, la espiral de violencia seguirá creciendo. Estados Unidos, el principal aliado de Israel, ha trasladado esta misma idea.
Primero fue el secretario de Estado, Antony Blinken, quien –acerca de la respuesta que debe darse a los ataques de Hamás– dijo: “Importa cómo lo haga Israel". Luego fue el presidente Joe Biden, el pasado domingo: “Hamás no representa a todo el pueblo palestino”. Estas palabras son una llamada de atención a derivas antidemocráticas como la del ministro de Defensa israelí, Yoav Gal
La esperanza, dicen, es lo último que se pierde. Cuando enfrentamos un problema que durante años no se deja resolver, nos agarramos entonces a las soluciones mágicas, a los milagros. Ahí radica el éxito de las casas de apuestas: el juego se nutre del último resquicio de esperanza. “¿Y si esta vez me toca?”, dice el jugador. El próximo domingo, Argentina celebra una gran competición: las elecciones presidenciales. Las apuestas ya dan un ganador. La suerte parece echada.
En Argentina la distinción entre izquierda y derecha no siempre es evidente. Durante décadas, ningún partido –tenga este la etiqueta que tenga: peronista, justicialista, conservador, radical– ha conseguido arreglar una economía devastada. En los últimos 12 meses, el aumento de precios ronda el 140%. Una estadística oficial reveló en septiembre que 11,8 millones de argentinos viven en la pobreza –1,2 millones más que hace un año–. Muchos ciudadanos buscan ya una solución mágica, un milagro. Lo apuestan todo a Javier Milei.
Este candidato populista e histriónico de 52 años, bendecido por la ultraderecha internacional, ha conseguido desbancar a los dos aspirantes tradicionales tanto en las primarias como en las encuestas.
Como los hamsters que dan vueltas a la rueda, desde agosto Guatemala se mueve sin moverse. Se celebraron elecciones, ganó la izquierda –el llamado Movimiento Semilla, que lidera el sociólogo Bernardo Arévalo–, pero a la fiscal general, Consuelo Porras, no le pareció bien. Los comicios fueron limpios, según los observadores internacionales y los organismos electorales guatemaltecos. No para Porras. Esta magistrada conservadora de 70 años decidió meter al país en un limbo y así lleva meses. Mientras, la calle arde en protestas.
Agentes de la Fiscalía enviados por Consuelo Porras entraron a la fuerza en la sede del Tribunal Supremo Electoral en cuatro ocasiones. Se llevaron cajas con votos y actas de los resultados. Protegida por el todavía presidente –el conservador Alejandro Giammattei, quien la renovó en 2022 por un mandato de cuatro años–, la magistrada intenta evitar que la izquierda llegue al poder. Su reputación antidemocrática la precede.
En 2018, cuando llegó por primera vez al cargo –gracias al también conservador Jimmy Morales– Porras se dedicó a desmantelar las estructuras que investigaban la corrupción. Cerró la Comisión contra la Impunidad, que tenía en el punto de mira al
Son un icono planetario que contribuyó a forjar, en el siglo XX, un nuevo cliché sobre los alemanes: visten sandalias todo el año (incluso con medias), reciclan y combaten la energía nuclear. Un cliché inexacto –como lo son todos–, pero mucho más amable que la imagen dejada por la Segunda Guerra Mundial. Esas sandalias anatómicas sobre las que se construyó el nuevo rostro de Alemania son las Birkenstock y acaban de llegar a Wall Street.
El miércoles pasado, día en que esta compañía fundada en 1774 comenzó a cotizar, decenas de sandalias pisaron el parqué de la Bolsa de Nueva York. Las calzaban los traders y los brokers. El precio inicial por acción fue de 46 dólares. La jornada se cerró con una caída del 12,6%. Un arranque renqueante, que sitúa el valor de la empresa en 8.640 millones de dólares (y no en los esperados 10.000 millones).
Pese al comienzo accidentado, si algo sabe Birkenstock es que hay que ir paso a paso. Y no le va nada mal: en 2020 ingresó 771,7 millones de dólares; en 2022, la cifra se disparó hasta los 1.320 millones. Esa compañía con aire hippy está controlada desde 2021 por el magnate Bernard Arnault, el millonario francés dueño de un consorcio de marcas de lujo
En mis tiempos universitarios me parecía maravilloso e incomprensible que el Estado invirtiera dinero en edificios y profesores que nos enseñaban a cuestionarnos todo: incluso la legitimidad misma del Estado que pagaba todo aquello. Me parecía imposible que alguien se prestara a costear aquello con fondos públicos. Pero ahí estábamos: un puñado de alumnos, una habitación amplia, iluminada por fluorescentes, y una catedrática de Antropología Cultural mirando melancólicamente a lluvia golpear los vidrios mientras algún compañero intentaba argumentar alguna idea peregrina.
Aquella profesora me hizo ver cómo los alumnos pontificaban a todo volumen y con una seguridad chocante; mientras la voz de las alumnas pugnaba por abrirse paso. La profesora frenaba la verborrea masculina y daba la palabra a las estudiantes. Todos salimos ganando.
Ese tipo de lecciones vitales son momentos valiosos, aunque no estén en el currículo académico. Se aprende igualmente de compañeros de origen diverso. Lorenzo era hijo de un kiosquero; Pablo, nieto de un insigne filósofo; Ruth, hija de un bohemio que vivía en un buhardilla. Es precisamente el valor de los maestros y de la vida universitaria lo que homenaje