Si todo el mundo supiera que en Latinoamérica existe un país con el mismo potencial para producir petróleo que Qatar, quizá la atención de los noticieros se desplazaría a Guyana. Poblada por menos de un millón de habitantes, esta excolonia británica –el único territorio de América del Sur cuya lengua oficial es el inglés– va a dar mucho de qué hablar en los próximos meses.
La opinión pública mundial no sabe todavía que el gigante estadounidense del petróleo ExxonMobil ha encontrado enormes reservas de crudo en el país. Quien sí lo sabe es Nicolás Maduro, el autoritario presidente de la fronteriza Venezuela, una potencia regional cuya importante industria petrolera renquea por negligencias en la gestión y falta de mantenimiento de su infraestructura.
Enfrentado a unas elecciones el año que viene, Maduro ha decidido enardecer a los suyos resucitando una vieja aspiración territorial de Venezuela sobre un tercio del territorio de Guyana; en concreto, la región de Esequibo, cuya superficie es igual a la de Florida. Guyana "muy pronto producirá más petróleo que Venezuela", afirmó al New York Times Phil Gunson, analista del International Crisis Group.
En un hábil cálculo populista, el pasado
Con apenas 1.700 habitantes, la tranquila localidad ganadera de Bradford, en Nuevo Hampshire, no olvidará fácilmente aquella mañana del 2 de julio de 2020, cuando un grupo de agentes del FBI irrumpieron en la apartada mansión de Ghislaine Maxwell. A sus 58 años de edad, esta mujer con triple nacionalidad, hija de un millonario y compañera sentimental del magnate Jeffrey Epstein, fue detenida, acusada de seis delitos.
Un año antes, Epstein había aparecido ahorcado en su celda de la cárcel de Nueva York donde aguardaba juicio por haber montado un red de explotación sexual de menores. Con la ayuda de Ghislaine Maxwell, que seleccionaba y reclutaba a las víctimas, Epstein había creado una red para sus clientes: personajes famosos, con dinero y poder.
Ahora, un juzgado de Nueva York ha ordenado desclasificar las 900 páginas de la denuncia presentada en 2009 contra Epstein y Maxwell por una de las víctimas. Los documentos desclasificados son expedientes judiciales, correos electrónicos, informes policiales y declaraciones de figuras clave en el caso, incluidos antiguos empleados y víctimas de Epstein y Maxwell, así como agentes de policía.
En esos papeles se mencionan de pasada muchos nombr
Recuerdo que, en los años ochenta, no era raro encontrar en algún parque cercano a casa jeringuillas usadas. En aquella época, la heroína inyectada golpeó a toda una generación de jóvenes. Hacia la llegada del verano, los campos de mi pueblo se teñían del rojo de las amapolas. Yo desconocía entonces la relación de la heroína con aquellas hermosas flores.
La heroína deriva de la morfina, que a su vez se obtiene del opio contenido en el fruto de un tipo muy concreto de amapola. No aquella roja, de mi pueblo, sino la de color blanco, violeta o fucsia. Es la llamada adormidera, común en el sur de Asia y en zonas de México y Colombia. En los años ochenta, además de jeringuillas en los parques, era frecuente escuchar en el noticiero informaciones sobre la Guerra de Afganistán, cuando la Unión Soviética invadió ese país, famoso por el cultivo de adormideras.
Como ocurre con la hoja de coca en zonas de Latinoamérica, la amapola es el salvavidas para millones de agricultores. De los 191 países cuyo Índice de Desarrollo Humano miden las Naciones Unidas, Afganistán ocupa el puesto 180. Y pronto caerá más en esa clasificación, porque acaba de perder la primera posición como principal productor d
Que México mantiene una estrecha relación con la astronomía fue algo que descubrí gracias a la escritora francomexicana Elena Poniatowska y su novela La piel del cielo. En ella el protagonista es un alter ego del marido de la autora, Guillermo Haro, quien en el siglo XX descubrió nebulosas planetarias, numeró estrellas y llegó a dirigir el Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Tirando del hilo de Guillermo Haro hacia el pasado, llegué entonces al siglo XIX, y con sorpresa descubrí que ya en 1874 una expedición mexicana había viajado a Japón para presenciar el tránsito de Venus ante el disco solar. Los datos recabados en esa misión mostraron que México estaba entonces a la vanguardia de la astronomía. De hecho, en mayo de 1878, bajo la presidencia de Porfirio Díaz, se inauguró el Observatorio Astronómico Nacional.
Mi viaje astronómico hacia el pasado me llevó luego al siglo XVII, cuando el matemático y astrónomo Diego Rodríguez publicó un tratado para la predicción y medición de eclipses. Entonces caí en la cuenta de que, en realidad, ya antes México había tenido una relación privilegiada con los cielos. Los mayas y los aztecas fueron grandes astrónomo
La música no conoce fronteras, es universal. Eso nos han dicho y eso hemos creído (porque lo hemos visto): conciertos que han supuesto un paréntesis en la guerra entre dos países, festivales que han recaudado millones de dólares para frenar el hambre o el sida, o el presidente Barack Obama bailando un tango en una visita oficial a Buenos Aires. Sin embargo, en 2023 un hecho estadístico ha mostrado que sí hay fronteras musicales, y que a veces esas fronteras son difíciles de traspasar.
La cultura musical de Brasil, reconocida siempre por su diversidad y riqueza de géneros, parece haber establecido un paraguas invisible para evitar la incesante lluvia de éxitos extranjeros. Cada día es más patente que en tierras brasileñas prefieren los estilos locales, como la bossa, la samba o el menos conocido sertanejo.
Este último género, una suerte de música country romántica, data de la colonización portuguesa en el siglo XVI y comenzó a extenderse por tierras de labranza. Su nombre proviene del Sertão, una vasta región semiárida del nordeste brasileño. Con aspecto de vaqueros del siglo XXI, sus cantantes conquistan a los fans a fuerza de baladas de amor y desengaño.
Según las estadísticas public