En política es inevitable cierta distancia entre las palabras y los hechos: se prometen medidas que no siempre se pueden cumplir en su totalidad. Un caso más insólito es aquel en el que los hechos se alejan, cada vez más, de las palabras. Es lo que ocurre en la Argentina de Javier Milei. Mientras en sus discursos enfatiza la libertad, en sus actos, Milei recorta esa facultad humana.
El ejemplo más reciente de esa defensa oral de la libertad pudo escucharse en el discurso de Milei en la cumbre de Davos. Su carta de presentación ante la comunidad internacional generó una fuerte controversia. “Todos los hombres somos creados iguales, todos tenemos los mismos derechos inalienables, otorgados por el Creador, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la propiedad”, afirmó con solemnidad.
Sus actos, sin embargo, contradicen esas palabras. Primero fue la promulgación, en diciembre, del llamado protocolo “anti-piquetes”, que prevé sanciones millonarias para las organizaciones convocantes de manifestaciones que causen el corte de calles (algo inevitable cuando una marcha de protesta es masiva). Lo siguiente será un decreto que redefinirá las funciones de las Fuerzas Armadas.
El nuevo G
El pulso político ha durado medio año. En un lado del ring, la voluntad popular de los guatemaltecos, expresada en las urnas el pasado verano; en el otro, la obstinación de la fiscal general, Consuelo Porras, en rechazar ese resultado electoral. Finalmente, el combate lo ha ganado la democracia y el progresista Bernardo Arévalo, líder del Movimiento Semilla, ya es presidente del país centroamericano.
El penúltimo episodio en ese pulso fueron las diez horas de retraso con las que Arévalo asumió el cargo el pasado 15 de enero. Diez horas de confusión, altercados en las calles e incidentes en el Congreso, estos últimos dignos de un sainete teatral. Los diputados conservadores, alineados con la fiscal Porras, intentaron que el nuevo Parlamento no se constituyera. Para ello, llegaron incluso a encerrar a otros diputados bajo llave, entre insultos y acusaciones cruzadas de golpe de Estado.
Es fácil imaginar la sensación de bochorno y frustración de muchos ciudadanos guatemaltecos ante semejante espectáculo político. Ese día, además, buena parte de la atención mediática global estaba centrada en Guatemala, donde habían viajado mandatarios de otros países. Entre ellos, los presidentes de Chi
Recuerdo aquellos conciertos de mi juventud, cuando las estrellas de rock gritaban “eeeeooo” desde el escenario y un coro de enfervorecidos fans les devolvíamos las mismas notas, claramente más desafinadas. Su influencia nos calaba en el peinado, la ropa y la forma de bailar. Aunque sabían de sobra el poder que tenían sobre nosotros, eran pocos los cantantes que se atrevían a cruzar la línea que los convertía en prescriptores políticos y en líderes de opinión.
El pasado mes de septiembre, la cantante Taylor Swift animó en su perfil de Instagram a los jóvenes estadounidenses a registrarse en el censo para votar en las elecciones presidenciales de noviembre. Al día siguiente, 35.000 fans ya le habían hecho caso.
Visto el éxito de la convocatoria, la Comisión Europea ha decidido salir a escena: ha pedido a la cantante que repita el llamado a los jóvenes, en este caso europeos, para que voten en las elecciones parlamentarias que se celebrarán en junio. Swift tiene prevista una serie de cuatro conciertos en París, con miles de jóvenes entre el público, llegados de toda Europa y susceptibles de ser convencidos.
Esta petición a Taylor Swift ha tenido algo de mera ensoñación. Margaritis Schi
Con el actual Papa ocurre algo que raramente habíamos visto en el clero católico: sus decisiones son cuestionadas. En una organización jerarquizada y en la que se supone que el Papa es infalible, porque le inspira Dios, llama la atención que haya quien ose cuestionar las palabras de Francisco.
El último caso es el rechazo de 51 sacerdotes peruanos a la decisión del Vaticano de permitir la bendición de las parejas homosexuales. Capitaneados por un obispo, los sacerdotes acusan al Papa de permitir la bendición “a personas en pecado mortal”. El Vaticano afirma, sin embargo, que estas parejas “no pretenden la legitimidad de su propio status”, sino que sea “santificado” lo que hay de “verdadero, bueno y humanamente válido en sus vidas y relaciones”, según una declaración difundida por Roma el pasado 18 de diciembre.
Como toda organización compleja, en la Iglesia hay facciones, intereses opuestos y tensiones geopolíticas. En Latinoamérica, el porcentaje de católicos ha pasado del 70% en 2010 al 57% en 2020. Ante la pérdida de creyentes, caben dos posturas: acompañar a la sociedad en su evolución o, bien, mantenerse inmóviles en el pasado.
Aunque el Vaticano ha aclarado que la bendición de l
Cualquiera de nosotros nos asustaríamos si un fiscal nos acusara de haber robado una obra de arte. Sin embargo, el subsecretario de Cultura italiano, Vittorio Sgarbi, dice no temer nada. Para entender su serenidad, primero hay que conocer al personaje. Historiador y crítico de arte, presentador de televisión, columnista, tertuliano, a sus 72 años, Sgarbi ha sido una presencia constante en la vida cotidiana de millones de italianos.
Tampoco es novato Sgarbi en coquetear con procesos judiciales. Su vehemencia –cuando no su pura falta de respeto y su lenguaje soez– le ha llevado a ser condenado en varias ocasiones por injurias y difamación; también por falsedad documental y evasión fiscal. Pese a su abultado currículum, para lo malo y para lo bueno (es autor de decenas de ensayos sobre arte, especialmente sobre pintura), la presidenta de Italia, Georgia Meloni, no encontró otro candidato mejor para liderar la política cultural del país.
Ahora, un nuevo escándalo rodea a Sgarbi: el robo de un lienzo del siglo XVII atribuido al pintor barroco Rutilio Manetti y titulado La captura de San Pedro. La pintura, valorada en más de 200.000 euros, fue sustraída de un castillo del Piamonte en 2013,