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Evo se aferra con uñas y dientes al poder

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Algo tiene el poder que engatusa e hipnotiza a quien lo ostenta. Del mismo modo en que ninguno de los personajes del Señor de los Anillos podía desprenderse de aquella joya tan ansiada por todos, algo bastante similar parecen experimentar muchos mandatarios alrededor del planeta. Acabamos de ser testigos de la férrea testarudez del expresidente de Zimbabue, quien después de casi cuatro décadas ocupando la presidencia, finalmente tuvo que ser desalojado por la fuerza. Abundan los ejemplos por doquier: Stalin, Franco, Castro, Pinochet, Chávez, Maduro, Putin… ninguno ha querido desprenderse por voluntad propia del anillo, perdón, del sillón presidencial. Y es que tal como reza una famosa frase, “el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Quizá tenga también algo que ver el atractivo, el encanto, incluso el sex appeal que recae sobre quien ejerce el poder, aun cuando se trate de un poderoso muy poco agraciado. Y de esta clase particular de dominio tampoco es fácil desembarazarse. Tal como afirmó en su día Henry Kissinger: “El poder es el mejor afrodisiaco”.

Lo que está ocurriendo hoy en día en Bolivia es también un claro ejemplo. Evo Morales está siguiendo

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