A estas alturas, creo que no sorprende a nadie que a Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, le gusten tanto las órdenes ejecutivas. La Cámara de Representantes está ahora dominada por los demócratas, pero, aunque no lo estuviera, para un ególatra como Trump debe resultar mucho más gratificante aprobar nueva regulación mediante una orden ejecutiva. El presidente puede convocar a los periodistas en el Despacho Oval y hacerse una foto con el documento correspondiente, creando la impresión de que es un logro exclusivamente suyo.
Antes de ser elegido, Trump criticó duramente a su predecesor, Barack Obama, por “abusar” de su poder ejecutivo. Pero, en cada uno de los tres primeros años de su presidencia, Trump aprobó más órdenes ejecutivas que en el periodo correspondiente de la Administración Obama. Varias de las órdenes ejecutivas de Trump, no obstante, han acabado en los juzgados. El 6 de julio, el presidente firmó una directiva —un procedimiento muy similar a la orden ejecutiva— estableciendo que los estudiantes extranjeros que, durante el próximo semestre vayan a recibir clases exclusivamente de manera no presencial deberán abandonar el país. Apenas dos días después, la Univer
Hemos hablado varias veces en el programa de las tecnologías de reconocimiento facial. Ya conocen el dilema: ¿tecnología útil o asalto a nuestra privacidad? Ahora Mercadona, una popular cadena española de supermercados, es la última empresa en unirse a la polémica.
Según revelaron hace unos días diversos medios de comunicación españoles, recientemente Mercadona ha instalado un sistema de reconocimiento facial en al menos 40 de sus centros en Mallorca, Zaragoza y Valencia. El objetivo: detectar el acceso a las tiendas por parte de individuos a quienes se ha impuesto una orden de alejamiento de los supermercados o trabajadores de la cadena.
Ante una noticia así, no resulta difícil alarmarse y dejar volar la mente. Uno se imagina un mundo en el que quien robó una vez un caramelo, siendo niño, vivirá siempre bajo la sospecha, y bajo la mirada escrutadora de un gran hermano digital que no descansa nunca. Dudo mucho, no obstante, que Mercadona pueda obtener una orden de alejamiento contra alguien que, digamos, una vez intentó llevarse sin pagar un brik de leche.
El problema es, por supuesto, otro tipo de personas. Las que convierten el robo en algo cotidiano, entrando en centros comerciales
A principios de año, la Organización Mundial del Turismo (OMT) informaba de que 2019 había sido el décimo año consecutivo de crecimiento del turismo a nivel mundial. Las llegadas de turistas internacionales alcanzaron nada menos que los 1.500 millones en todo el mundo, un aumento del 4% respecto al año anterior. El mismo incremento que se preveía para este año.
Obviamente, la pandemia de COVID-19 ha echado por tierra las previsiones de la OMT, que ahora anticipa una caída del turismo internacional de hasta un 80% en 2020. Los cinco países más visitados del mundo el año pasado —Francia, España, Estados Unidos, China e Italia— están también entre los más afectados por la pandemia.
Pero ahora, después de una reducción drástica de las infecciones por coronavirus, tras un largo y difícil confinamiento, España da la bienvenida de nuevo a los turistas internacionales. O quizá sería más acertado decir que nuestro país “necesita desesperadamente” la llegada de turistas internacionales. Pero, ¿qué tal nos está yendo a los españoles en nuestro intento por atraer de nuevo visitantes a nuestro país?
El pasado 6 de julio, la cadena de televisión laSexta publicaba el siguiente dato: en la semana ant
Tras la dictadura de Francisco Franco, la transición democrática española fue posible, en parte, gracias a un pacto entre los dirigentes políticos, por el cual ciertas cosas iban a dejarse escondidas debajo de la alfombra. Entre esas cosas estaban, por ejemplo, los crímenes cometidos por el régimen durante los casi 40 años de dictadura. Y en gran medida allí han permanecido, bajo la alfombra, durante las más de cuatro décadas que llevamos de democracia. Un ejercicio de “amnesia nacional” en absoluto saludable, si me preguntan a mí.
La derecha política española ha demostrado repetidamente que no ve motivo alguno para cambiar las cosas; a los conservadores les parece perfectamente posible seguir disociando nuestro pasado de nuestro futuro. La izquierda tiene una actitud diferente.
Hace unos días, Pedro Sánchez, presidente del Gobierno y líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) acudía a una entrevista con eldiario.es. Preguntado por los escándalos del rey emérito, —que, como recordarán, hemos mencionado varias veces en nuestro programa— el presidente respondió que se trataba de informaciones “perturbadoras”. También se mostró partidario de reducir los aforamientos de los cargo
Como sabrán, Brasil es el segundo país del mundo más afectado por la pandemia de coronavirus. Según datos de la universidad Johns Hopkins, Brasil supera ya los 1,7 millones de infecciones y las 68.000 muertes. Al ritmo actual, prácticamente cada minuto que pasa el COVID-19 se lleva la vida de otro brasileño.
Desde el principio de la pandemia, el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, ha trivializado la severidad de la situación. Ha dicho que el COVID-19 no es más que una “pequeña gripe”. A finales de abril, presionado por un grupo de periodistas ante el creciente número de muertos diarios en Brasil, el político contestó: “¿Y qué? Perdón, pero, ¿qué quieren que haga?”.
Como otros conocidos líderes populistas, Bolsonaro parece inmune a la realidad, y al sufrimiento ajeno. Pero, al parecer, no es inmune al virus. El pasado martes, 7 de julio, el presidente anunciaba en rueda de prensa que había dado positivo por coronavirus. Y lo hizo continuando con la grotesca farsa que lleva protagonizando desde el comienzo de la pandemia. Dijo que estaba bien, que no había nada que temer. Y, para demostrarlo… se quitó la mascarilla, poniendo de manifiesto, una vez más, su falta de respeto por el bien