A veces me pregunto si existe algún país capaz de gestionar eficazmente la llegada de migrantes ilegales. Eficazmente, pero de acuerdo a la legislación internacional, para ser más específicos. Según el creciente grupo de detractores del nuevo plan del Gobierno británico para enviar solicitantes de asilo a Ruanda, el sistema pensado por el Ejecutivo de Boris Johnson no es ni lo uno ni lo otro.
El nuevo plan fue anunciado por la secretaria del Interior británica, Priti Patel, y el ministro de Asuntos Exteriores ruandés, Vincent Biruta, el pasado 14 de abril. La idea es meter en un avión con destino a Ruanda —con un billete solo de ida— a personas llegadas a Reino Unido de manera ilegal. Al preguntarle un periodista, durante el anuncio del plan, cuáles serían los criterios para reubicar gente a Ruanda, Patel contestó que ello podría afectar a “cualquier persona que entre en Reino Unido ilegalmente”, pero se negó a proporcionar más detalles al respecto.
Boris Johnson quiere quitarse de encima un problema. Y, por mucho que el plan incluya financiación por los “servicios prestados”, el nuevo sistema me parece un descarado intento por cargarle el problema a otro país. Peor aún, al tratarse
Gritos, lágrimas de emoción, incluso algún desfallecimiento al paso de las imágenes religiosas. Tambores y cornetas. Capirotes. Son las procesiones de Semana Santa, que, tras dos años de suspensión a causa de la pandemia de coronavirus, finalmente volvieron a recorrer hace unos días ciudades y pueblos de toda España.
Volvieron los costaleros, llevando sobre sus hombros las muy veneradas —e increíblemente pesadas— imágenes como las del Cristo del Socorro, la Macarena, la Esperanza de Triana o el Jesús del Gran Poder. Volvieron los nazarenos, cofrades y penitentes de multitud de hermandades, enfundados en sus capirotes y otras ricas indumentarias cargadas de simbología. Y volvieron también —con algunas limitaciones— las multitudes.
Para poder celebrar de nuevo esta tradición tan antigua y tan querida en nuestro país, diferentes regiones han establecido distintas normas. La más común ha sido, por supuesto, la obligación de ponerse mascarilla. En muchos lugares, los cofrades han tenido que llevarlas, y también el público, debido a las aglomeraciones de gente que suelen producirse. En principio, debían ponérselas incluso los costaleros, aunque, con el enorme esfuerzo que supone llevar a h
Barcelona será la sede de la Copa América de vela 2024. Los políticos —entre ellos, el presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, y la alcaldesa de la ciudad, Ada Colau— ya se han hecho la foto, pulgar hacia arriba, con el trofeo de la famosa competición deportiva. Se espera, obviamente, que el evento repercuta positivamente en la ciudad y algunos medios han publicado estimaciones según las cuales la competición supondría nada menos que 1.000 millones de euros en ingresos para Barcelona, con una inversión de solo 70. Negocio redondo, ¿no?
Algunas voces, sin embargo, ponen en duda estas estimaciones, así como el rigor de muchos de los estudios que estiman los beneficios que —sobre el papel– éste y otros grandes eventos internacionales, como el Mobile World Congress, suponen para la ciudad. Los beneficios, directos e indirectos, asociados a estos acontecimientos son, en realidad, difíciles de calcular. Y, sin embargo, como indicaba el economista Sergi Cutillas durante una entrevista con el diario Público el pasado 12 de abril, con frecuencia las cifras estimadas se publican sin ningún tipo de reserva. Una vez celebrado el evento, por supuesto, pocos recuerdan lo que se publicó, o es
Un extraño silencio en las calles, interrumpido puntualmente por gritos de emoción. En nuestro país, este curioso “fenómeno” solo puede significar una cosa: fútbol. Hace ya algún tiempo que no sigo mucho este deporte, pero el pasado miércoles, 13 de abril, supe que había algún partido importante. Pues sí: el Atlético de Madrid jugaba el partido de vuelta de los cuartos de final de la Liga de Campeones, contra el Manchester City.
El partido vino precedido de polémica. En el encuentro de ida, disputado una semana antes en Manchester, algunos aficionados “ultra” del Atlético fueron vistos haciendo el saludo nazi desde las gradas. La UEFA decidió penalizar al club madrileño, ordenando el cierre parcial del campo y la exhibición de una pancarta con el lema “No al Racismo”.
El Atlético de Madrid se quejó, alegando que la sanción era desproporcionada y, además, que con el partido de vuelta de los cuartos de final a una semana vista, la sanción era imposible de ejecutar. Al final, el TAS —el Tribunal de Arbitraje Deportivo— le dio la razón al club madrileño y suspendió cautelarmente el cierre parcial del estadio, al entender que no había tiempo suficiente para gestionar la devolución de las
Lo llaman el “príncipe oscuro” de la política ucraniana. El hombre de Putin en Ucrania. Se rumorea, incluso, que si el Kremlin hubiera logrado derrocar al Gobierno legítimo de Volodímir Zelenski, Medvedchuk podría haber sido el presidente del régimen “marioneta” de Putin en Kiev.
Pero el pasado martes, 12 de abril, Zelenski publicaba una foto de Medvedchuk vistiendo un uniforme militar ucraniano, esposado, desaliñado y con cara de estar pasando el peor día de su vida. El aliado de Putin, que desde el inicio de la invasión de Ucrania se hallaba en paradero desconocido, había sido capturado por las fuerzas del orden ucranianas, tras haber violado las condiciones de su arresto domiciliario. Medvedchuk está pendiente de ser juzgado por traición.
Al parecer, los servicios de inteligencia ucranianos temían que agentes rusos infiltrados intentaran sacar al político del país, pero los ucranianos lo capturaron a tiempo. Los medios han informado que las autoridades ucranianas ya han incautado más de 150 activos pertenecientes al oligarca, incluyendo decenas de coches, casas, terrenos y un yate.
Se dice que, antes de desaparecer, Medvedchuk pasaba su arresto domiciliario en una mansión de lujo e