Tras el Partygate de las últimas semanas en Finlandia, una cosa ha quedado clara: Sanna Marin, la primera ministra finlandesa, sabe divertirse. Aparte de eso, hay opiniones para todos los gustos sobre lo ocurrido. Imagino que muchos habréis visto el vídeo del escándalo, donde aparece Marin, de 36 años, bailando y cantando con un grupo de amigos en una fiesta privada. Ya conocéis el dicho: baila como si nadie estuviera mirando… pues así bailaba la primera ministra. Dándolo todo. Aunque, obviamente, sí que había alguien mirando. Es más, grabando.
Viendo el vídeo, parece indudable que la primera ministra sabía que alguien estaba grabando. ¿Se confió demasiado? No está claro quién, entre los asistentes a la fiesta, filtró las imágenes. ¿Se hizo con mala intención? Aunque quizá ni pueda hablarse de una “filtración”; es posible que el vídeo haya sido compartido para disfrute de quienes estuvieron en la fiesta, pero haya acabado en las manos equivocadas… como suele ocurrir en las redes sociales.
Marin dijo en unas declaraciones estar resentida porque se hayan difundido públicamente imágenes de su vida privada. En parte, estoy de acuerdo con ella: ser la primera ministra no debe implicar, cr
“Tenemos un rinconcito precioso”, me decía hace años un orgulloso mallorquín. ¿Quién podría discutírselo? Y, sin embargo, cada vez que visito Mallorca en verano encuentro un poco más difícil disfrutar de la isla. La masificación está llegando a un nivel exagerado. En Es Trenc, por ejemplo, una de las playas más bonitas de Mallorca, si uno llega después de las 8 de la mañana ya no suele encontrar sitio para el coche. Terrazas y cafés llenos, muchísima gente por todos lados…
Para algunos mallorquines, sin embargo, tener que madrugar si quieren ir a la playa en verano es la menor de sus preocupaciones. Un problema mucho más acuciante es… encontrar un sitio donde vivir. Muchos propietarios prefieren alquilar sus viviendas solo durante la temporada turística. Ganan más dinero alquilando a precios desorbitados durante los meses de verano que con inquilinos que buscan una casa para vivir todo el año.
Ahora, algunos pueblos de Cantabria, en el norte de España, están experimentando un fenómeno similar, pero, quizá de manera sorprendente, combinado con problemas de despoblación. Municipios cántabros como Comillas, San Vicente de la Barquera o Santillana del Mar multiplican su población hasta u
De niña, recuerdo la conmoción generalizada en la escuela cuando se anunciaba que alguien tenía que repetir curso. Nada impediría, en principio, poder seguir viendo al compañero por el barrio, o en el patio del colegio. Y, sin embargo, la sensación era otra; casi se hubiera dicho que al futuro repetidor lo acababan de desterrar, enviándolo, qué se yo, a Siberia; que había cometido alguna grave afrenta de la que no debía hablarse, —era un tema tabú— una afrenta por la que iba a perder a sus amigos, y por la que quedaría por siempre rezagado.
Escuchar a los conservadores españoles exigir “mano dura” en educación, mientras pregonan las supuestas bondades de la repetición como medida disciplinaria, me traslada a mi época de estudiante. Y, sin embargo, la obsesión de nuestro país con repetir curso no tiene parangón entre los países de la OCDE. Hasta donde sé, tampoco hay pruebas de que sea una medida eficaz; más bien parece al contrario.
En educación secundaria, por ejemplo, en el curso escolar 2019, los porcentajes de repetición en España, un 8,7% en secundaria inferior, y un 7,9% en secundaria superior, triplicaron o incluso cuadruplicaron las medias de la OCDE: un 1,9 y un 2,9% respect
Hace unos meses, los animalistas cosecharon una gran victoria en España. Como comentamos en el programa, las mascotas dejaron de ser legalmente “cosas” y pasaron a ser consideradas “seres vivos dotados de sensibilidad”. Una prueba más de que la ley siempre va por detrás de la realidad, pero en fin, la cuestión es que los animales de compañía se convertían así formalmente en miembros de la familia.
Este cambio perseguía, principalmente, ofrecer una mejor protección a las mascotas. Y, sin embargo, podría tener otras ramificaciones. El pasado lunes, 15 de agosto, más de doscientas personas se manifestaron en La Coruña para poder ir a la playa acompañadas por sus perros. En la actualidad, al parecer, solo 90 de las más de 3000 playas que tenemos en nuestro litoral permiten acceso a los canes.
Admitámoslo, la petición tiene una lógica aplastante. Como animales de compañía, los perros forman parte de la familia y, por lo tanto, cuando el resto de la familia va a la playa debería permitirse también el acceso a los canes. Sin embargo, siguiendo la misma lógica, ¿no tendríamos también derecho a ir acompañados de nuestros perros al supermercado, al cine, a los restaurantes…?
Sospecho que está l
Como sabéis, la guerra de Putin sigue causando muerte y destrucción en Ucrania. Y Occidente, además de proporcionar armas a Kiev, continúa buscando maneras de penalizar a Rusia. El doloroso proceso de reducir la importación de combustibles fósiles rusos sigue su curso. Pero, en Europa, partiendo de una situación de fuerte dependencia, quizá nos estemos acercando al límite de cuán rápido puede hacerse el cambio. Entretanto, ¿qué otras medidas pueden tomarse para ahogar económicamente la máquina de guerra rusa?
Pues, al parecer, existen opciones, porque, como estamos descubriendo, no solo de gas y petróleo vive el Kremlin. Como contaba el pasado 16 de agosto el New York Times, entre las principales exportaciones rusas no relacionadas con la energía están… las piedras preciosas. Una industria que, según datos del Gobierno estadounidense, el año pasado exportó productos valorados en más de 4500 millones de dólares.
Rusia resulta ser, por ejemplo, el mayor productor mundial de diamantes de pequeño tamaño, y ahora Estados Unidos y otros países están intentando que estos se etiqueten como “diamantes de conflicto”, o “de sangre”. En mayo, el Departamento de Estado de EE. UU. sugirió tal posi