En 2020, tras una serie de protestas y graves disturbios en todo el país, los chilenos votaron abrumadoramente a favor de elaborar una nueva constitución. Y, el pasado domingo, 4 de septiembre, la ciudadanía chilena volvió a enviar un claro mensaje: la nueva carta magna, redactada por un grupo de 154 personas elegidas directamente por el pueblo, no es lo que pedía.
A primera vista, el comportamiento de los chilenos podría parecer algo caprichoso. Y, sin embargo, no hay que ser un experto en derecho constitucional, creo, para darse cuenta de que las personas elegidas para redactar la nueva constitución, muchas de las cuales al parecer no pertenecían a la política, no han estado a la altura de las expectativas de muchos.
Puedo imaginarme pocas situaciones que exijan un mayor consenso que redactar la Constitución de un país. Y, sin embargo, en Chile, los representantes de izquierdas, que en 2020 obtuvieron más de dos tercios de los votos para formar parte del proceso constituyente, al parecer “secuestraron” la iniciativa e ignoraron en gran medida las aportaciones de los miembros conservadores de la convención.
El documento resultante ha tenido, según parece, muy poco consenso. Ha sido m
En los últimos tiempos, ha quedado claro que una serie de cosas que dábamos por sentadas podrían estar en peligro. Cosas importantes. Fundamentos de la sociedad del bienestar. En Estados Unidos, por ejemplo, el derecho al aborto está de repente en entredicho. Parece estar en juego, de hecho, la supervivencia de la democracia misma, bajo el asedio de un Partido Republicano, que, estoy de acuerdo con el presidente Biden, ha dejado de creer en la democracia.
En España, afortunadamente, la democracia no parece estar en peligro por el momento, aunque la disposición del grupo mayoritario de derechas, el Partido Popular, a pactar con la ultraderecha, me parece alarmante. Otro problema preocupante, e incluso más inmediato, son los ataques que está sufriendo otro de los pilares de nuestra sociedad: la Sanidad pública.
En los últimos años, las manifestaciones de los trabajadores sanitarios en nuestro país se han multiplicado. Piden más contrataciones, más recursos, mejores condiciones. Los sistemas de salud de otros países avanzados también están pasando por dificultades. Pero, como contaba la Cadena Ser el pasado 1 de septiembre, en España ahora algunos profesionales sanitarios están empezand
Europa atraviesa la peor sequía de los últimos 500 años, según un informe reciente de la Comisión Europea. Entretanto, como informaban diversos medios españoles el pasado 29 de agosto, los 109 campos de golf que hay en Andalucía consumen cada año más agua que una población de un millón de personas.
Dicen que el golf llegó a España a principios del siglo XX, de la mano del rey Alfonso XIII, que se había aficionado al deporte en Inglaterra. Pero, obviamente, Andalucía no es Inglaterra. Muchos de los campos de golf andaluces se encuentran en zonas con pocos recursos hídricos. En particular, en Andalucía escasea el agua de superficie y los acuíferos subterráneos tienen una gran importancia.
Como es fácil de imaginar, la enorme cantidad de agua que se requiere para mantener un campo de golf en una zona cálida como el sur de España pone una gran presión sobre los recursos hídricos subterráneos. Diversos grupos ecologistas aseguran que los campos de golf andaluces explotan los acuíferos a niveles que no son sostenibles, provocando su progresiva salinización. Además, al parecer, los fertilizantes y pesticidas utilizados para mantener el césped contaminan las aguas subterráneas.
La Real Federa
En un mundo desesperado por reducir las emisiones de CO2, se habla mucho de tecnologías de captura de carbono. Pero, como han apuntado otros, la naturaleza ya dispone de unas eficientes “máquinas” que realizan dicha función: los árboles. Al parecer, por muchos árboles que plantemos, desgraciadamente por sí solos no podrán procesar nunca la enorme cantidad de CO2 que la humanidad emite a la atmósfera. Y, sin embargo, todo ayuda.
¿Pero sabéis qué ayuda incluso más que plantar árboles? Conservar los que ya existen. Algo que, como doctor en Ingeniería Agrónoma, debería saber muy bien Francisco de la Torre Prados, el alcalde de Málaga. Pero, como contaba el diario El Salto el pasado 24 de agosto, en Málaga, y en otras ciudades andaluzas cada vez más orientadas al turismo, el respeto por los árboles deja mucho que desear.
A juzgar por sus políticas al frente del Ayuntamiento, el Dr. de la Torre no ve los árboles como un aliado en la lucha contra el cambio climático. Ni como una valiosa herramienta para convertir su ciudad en un entorno más habitable. Se diría que, para el alcalde de Málaga, los árboles son más bien un estorbo.
Una propuesta del consistorio malagueño que tiene alarmados a lo
La muerte de Mijaíl Gorbachov, último líder de la antigua Unión Soviética, el pasado 30 de agosto, fue una triste noticia. Nos dejó un hombre que luchó con valentía por la libertad y por darle un futuro esperanzador a su país. En otras circunstancias —unas circunstancias muy diferentes— estaríamos todos celebrando el legado de Gorbachov. Desgraciadamente, no es el caso. El Kremlin, por su parte, no parece muy inclinado a celebrar la vida del viejo dirigente soviético. Y, para el resto del mundo, aún entre quienes lo admirábamos, el legado de Gorbachov es difícil de ver con claridad; Vladímir Putin y los oligarcas rusos lo han pisoteado hasta dejarlo irreconocible.
Al poco de convertirse en secretario general del Partido Comunista de la URSS, en 1985, Gorbachov comenzó a hablar de reformas. Entre los aspectos más importantes de su plan de reforma estaban la glásnost y la perestroika. La glásnost —apertura—significaría abandonar progresivamente la censura estatal sobre medios de comunicación y ciudadanos. Por otro lado, la perestroika —reestructuración— implicaría descentralizar el control económico, e introducir ciertos elementos del libre mercado, con el objetivo de fortalecer la ec