Papeles del Paraíso: la cocina donde se cuece la desigualdad
Nunca he sido un sindicalista y, hasta hace pocos años, tampoco me había interesado mucho el concepto de la lucha de clases. Seguramente porque, como tantos otros españoles de mi generación, nací en una familia de clase media donde no sobraba el dinero, pero tampoco faltaba nada.
Quizá incluso más importante que lo anterior, las perspectivas de la clase media eran ascendentes: seguir creciendo y obtener un mayor bienestar. Pero esta percepción de la realidad, reconfortante y optimista, se ha esfumado, como aquel que dice, de la noche a la mañana.
¿Debemos los españoles estar orgullosos de Inditex?
Uno puede inscribir su nombre en la posteridad de diferentes maneras. Algunos lo hicieron, por ejemplo, como figuras destacadas de las artes o de las ciencias. Otra categoría de “grandes nombres” bastante popular la componen los emperadores, genios militares y demás: Julio César, Napoleón, Atila…
Consideremos el caso de Julio César. Sin sus conquistas militares, que extendieron significativamente el imperio romano, probablemente no estaríamos hablando de él. La conquista de la Galia, en la actual Francia, y sus otras campañas militares, dejaron un impresionante reguero de muerte y destrucción. Y todo por qué, ¿por la gloria de Roma?
Gloria aparte… ¿contribuyó César a un mundo mejor? A nadie parece importarle; César fascina por el dominio que ejerció sobre otros, aunque fuera a cuchillo. En nuestra época, tenemos la misma fascinación ciega por los super-ricos. Nadie pregunta si estos multim
Árboles en el desierto
Las organizaciones ecologistas y del desarrollo saben bien que hablar de calamidades, futuras o presentes, —desastres medioambientales, hambrunas, violaciones de los derechos humanos— es necesario, y cumple su función para movilizar a la gente. Pero también han aprendido que, si se centran solo en lo negativo, la gente acaba cansándose y abandonando.
A los medios de comunicación, en cambio, parece que centrarse en lo negativo les funciona. Nos alimentan a diario con una dieta basada en lo nefasto, lo catastrófico, lo truculento. Una dieta informativa que, francamente, no puede ser buena. Al contrario; seguro que es tóxica para el espíritu.
La realidad cotidiana, incluso en zonas conflictivas, no es siempre el espectáculo dantesco que nos presentan. Los medios podrían y deberían buscar noticias positivas, que existen, y darnos una visión no necesariamente naíf, pero sí más equilibrada de la
El lío catalán, II
Visitando hace poco a un amigo en el extranjero, un vecino se interesó por el conflicto catalán. “¿De qué lado estás?” me preguntó, sin andarse por las ramas. Como si se tratara de un partido de tenis, o —mejor— de un combate pugilístico. Mal vamos, pensé.
Otros que, voluntaria o involuntariamente, añaden leña al fuego, son los del New York Times. Este periódico publicó, el pasado 1 de noviembre, un artículo de opinión firmado por Oriol Junqueras, el líder del partido independentista Esquerra Republicana de Catalunya. En la primera versión del artículo, el Times presentó al autor como el vicepresidente de Cataluña, una clamorosa omisión del hecho de que Junqueras fue cesado de su cargo hace ya varios días, junto con toda la cúpula del gobierno catalán.
El lapsus fue corregido, tras las protestas del embajador de España en EE.UU., Pedro Morenés, pero a mí me da que pensar, por ser un error
La modernidad que vino del frío
En términos de modernidad, en España con frecuencia confundimos el tocino con la velocidad. Si es la primera vez que oyen esta graciosa expresión, quizá estén preguntándose qué tiene que ver una cosa con la otra. Nada. Precisamente por eso, la expresión resulta tan apta para ilustrar que alguien está mezclando dos cosas totalmente dispares.
Un ejemplo. En pocos países, por no decir ninguno, he visto oficinas bancarias tan modernas como en España. En algunas, si uno bajara las luces creería encontrarse en algún lounge de moda. ¿Va eso de la mano de unos servicios innovadores, excelentes, nunca vistos en banca? Para nada. Los servicios bancarios en nuestro país siguen siendo… ¿cómo diría? La même merde. Disculpen mi francés.
Nos pierden las apariencias. Una cuestión que yo veo como sine qua non para considerar moderna a una sociedad —o para decir si avanza o, al contrario, retrocede— es la i